SONIA CORREDOR
Ingeniera Civil colombiana. Trabajaba en la compañía Washington Group International, que funcionaba en el piso 91 de la torre sur. Su instinto de conservación la salvó de morir.
Quiero agradecer la invitación a este maravilloso y civilizador congreso. Soy ingeniera civil, egresada en 1991 de la Universidad Javeriana. Trabajo en la multinacional Washington Group Internacional, con presencia en 30 países del mundo. Desde que yo llegué a Bogotá mi visión sobre este flagelo del terrorismo ha cambiado. Y aunque muchas veces he repetido la frase “Gracias Dios por tenerme viva hoy”, hasta ahora escuchando el testimonio de todas las víctimas del terrorismo es que esta frase, en verdad, tiene un sentido más profundo en mi vida, y la repito con otro sentimiento: “gracias por tenerme con vida y tenerme bien”.
¿Cómo viví ese día? La oficina donde yo trabajaba quedaba en el piso 91 de la torre sur, que fue la segunda en ser impactada, pero la primera que cayó. Siempre mi día empezaba a las ocho de la mañana. Cerca de las 8:45 escuchamos un estruendo grandísimo que me recordó exactamente a las bombas que sufrimos en Bogotá a finales de los 80 y que muchos de ustedes también vivieron. Yo pensé desde el minuto número uno: esto es un ataque, tengo que salir de acá. Me paré del asiento, lo primero que vi fue una bola inmensa de fuego, con humo, papeles por todo lado. Cogí mi bolso y salí para el piso 78 que era donde uno tenía que ir a tomar el elevador para bajar hasta el piso número uno. Cuando llegué a ese lobby del piso 78, estaba inundado de gente, creí que nunca iba a coger un elevador ahí. Los elevadores eran bastante amplios, cabían alrededor de 30 personas. Pude subir a un elevador que sólo bajaba hasta el 44. Nadie quería ir al 44 y entonces tuve esa oportunidad y entre. Iba con una compañera.
En el 44 tratamos de encontrar otro elevador pero había mucha más gente y no sabíamos que hacer. Reinaba la confusión, el caos, nadie sabía que estaba pasando. Preguntábamos al personal de seguridad y nadie sabía que teníamos que hacer, para donde teníamos que ir. Decidimos bajar por las escaleras. Las personas que estaban alrededor mío lucían bastante relajadas, había personas con el desayuno o el café en la mano y comían. No tenían ese temor que yo estaba sintiendo, tenía que salir, estaba pasando algo malo. Por qué. Porque en Estados Unidos siempre había ese sentido de seguridad, de que está pasando algo y tenemos que evacuar. Pero en diez o quinces minutos vamos a volver a nuestro piso.
Íbamos alrededor del piso 20 cuando hicieron el anuncio, trágico anuncio, que podíamos volver a nuestras oficinas, la torre dos estaba segura. Yo no hice caso del anuncio, tenía mucho afán por salir. Pero mi jefe, y apartándome un poco de mi historia, era un hombre de 76 años y no escuchaba muy bien. Ya estaba en el lobby del piso 78 a punto de coger el elevador junto a otros dos compañeros y al momento del anuncio no entendió y le preguntó a las personas que estaban al lado y ellos lo repitieron exactamente. Él no lo pensó dos veces, dio la vuelta y se fue en elevador a arriba. Él murió y los dos compañeros con los que estaba se salvaron. Muchas personas murieron por este anuncio.
Nosotros seguimos bajando, aproximadamente cuando estábamos en el piso 15, el segundo avión impacto la torre donde estábamos. Fue como un temblor. Lo primero que pensé fue que me tenía que colocar debajo de una viga. En ese momento sabíamos que algo muy malo estaba sucediendo. El pánico se apoderó completamente de nosotros. Se movió tanto la torre que desde el piso 15 al 14 nos toco correr y balancearnos. En ese momento el pánico estaba dentro de nosotros.
Nos pidieron a las mujeres quitarnos los tacones, sin pensarlo dos veces lo hice y bajamos corriendo. Nos íbamos dando aliento los unos a los otros: faltan diez pisos, nueve, ya vamos llegando. Unos ayudaban a quienes iban más lento. En ese momento pensaba en mi hijo que tenía cinco meses, rezaba, trataba de salir.
Cuando alcanzamos el primer piso encontramos a alguien que nos guió para salir. Alrededor de una de las puertas caían personas que se estaban lanzando. Salimos a la calle, mucha gente se quedó mirando, mucha se quedó tomando fotos. Dentro de esa urgencia mía sentía que algo más iba a pasar. Me volví a acordar de mi Bogotá querida, en los tiempos de violencia, caminaba por la mitad de la calle evitando que si había una nueva explosión cayeran los vidrios sobre mí. Lo único que hice fue correr. Volví a mirar las torres un par de veces, pero nunca me quedé quieta.
En los teléfonos públicos había filas para llamar seguramente a decir que estaban bien. Luego supe que uno de mis compañeros murió por llamar a decir que estaba bien. Yo no llamé, primero porque pensé ahora estoy bien, después llamo. Me alejé lo más que pude de las torres y caminé hacia un ferry que me lleva donde yo vivo. Estábamos en la estación del ferry cuando sonó una explosión inmensa, que fue la caída del edificio, pero nadie sabía que estaba pasando. Todos corríamos tratando de salvarnos. Nadie sabía que eran dos aviones que nos atacaban. Creí que estaban bombardeando a Nueva York. El pánico se apoderó de nuevo de ese lugar.
En ese momento se abrieron las puertas del barco y entramos corriendo. Adentro del barco ya el humo y el polvo estaba rodeándonos y no se podía ver nada. Muchas personas y yo nos pusimos los salvavidas esperando que algo más pasara. Fue un momento de mucha angustia. Este fue el último ferry que salió de la isla por eso no estuve ahí, gracias a Dios.
Trece personas de mi oficina murieron, todos los días se sentaban cerca de nosotros y conocíamos el trabajo que hacían. Uno de ellos, mi jefe.
Después del 11 de septiembre, después de un ataque terrorista, hay muchos efectos. Muchas personas han tenido problemas de salud, han vivido con el recurso pegado a su cuerpo, hemos tenido que lidiar con la pérdida de nuestros compañeros. Saber que a mi compañero al que le entregaba los dibujos ya no estaría ahí. Era mucha la confusión, sin saber que va a pasar a las dos semanas.
Nos dividieron en grupos después de los ataques, nos acomodaron en algunas oficinas, trabajando con gente que nunca habíamos visto, fue difícil y el miedo, que es el que me ha afectado a mí, es sentir que algo malo va a pasar en el día. Me levanto y me despido de mis hijos de una manera diferente, porque creo que puede pasar algo. Yo trabajo en Nueva York en uno de los blancos: en el Madison Square Garden. Debajo queda una estación de trenes y buses, se mueven 600 mil personas debajo de mi edificio. Tengo que manejar esa sensación de miedo. Todos los días salgo al trabajo porque tenemos que seguir nuestras vidas, tenemos responsabilidades personales, profesionales y no puedo echarme a la pena.
También hubo efectos financieros. Se perdieron alrededor de 180 mil empleos, solamente respecto al septiembre 11. Uno de los afectados fue mi esposo, duró un buen tiempo buscando empleo y no se encontraba. El Gobierno ayudó pero de todos modos es mucha la confusión.
El Gobierno ha ayudado económicamente a las familias de los desaparecidos y eso crea una gran diferencia con respecto a las personas con las que yo he hablado desde ayer. Me he llenado aquí de tantas historias que me digo “caramba tú pierdes tu cabeza de familia, pero te dieron un buen dinero, que puedes comprar tu casa, o darle educación a tus hijos. Pero cuando eso no existe tienes que sobrevivir, empezar de ceros. No me puedo imaginar cuan duro es.
Los seguros de vida ayudan mucho, los desempleados los recibieron. En el caso de mi oficina, tiene una fundación que dio aportes, así como la compañía misma contribuyó a las familias. Continuaron con el seguro de vida, un aspecto muy importante para nosotros, especialmente para los afectados en la salud y en forma sicológica. Siempre se mantienen en contacto y es bonito saber que te recuerdan y que no te echaron al olvido.
Como ingeniera, les voy a decir cómo afectó mi trabajo. Perdimos mucha información, cálculos invaluables, personas que estaban trabajando en proyectos grandísimos y desde hace años. Eran cálculos manuales que hemos estado recuperando por tres años para poder seguir operando. Mientras tanto seguimos trabajando con clientes nuevos. Ha sido complicado.
La compañía para la que trabajo y los gobiernos siempre han colaborado en la seguridad pero ahora se están enfocando más en eso, en modernización de instalaciones militares, embajadas, proyectos de seguridad para transportes públicos, evaluación de amenazas, análisis de seguridad, a resistencia de misiles, simulaciones tácticas de seguridad, entre otros.
Yo había escrito mis conclusiones antes de venir aquí pero esta experiencia me ha servido mucho y me ha sensibilizado mucho más, aunque he sido víctima también. Voy agregar algo, ese apoyo constante a las familias de los desaparecidos, a los afectados, es la herramienta número uno para sobrepasar un atentado terrorista, para empezar una vida de nuevo y para volver a encajar las cosas. Es muy difícil la pérdida de una persona, es muy difícil la pérdida de tu salud, pero por lo menos, es un apoyo. Eso lo necesitamos.
Para los gobiernos es un punto clave invertir en la seguridad, porque es mucho mejor prevenir y así salvar muchas vidas.
Los terroristas buscan el caos, el miedo, la zozobra, que no podamos vivir nuestra vida común y corriente, que no estemos tratando de hacer las cosas normales, lo que quisiéramos hacer. Pero tenemos que continuar nuestra vida, echar para adelante. Y eso va a ser un arma contra ellos. Personalmente, yo tengo que coger el tren diariamente para ir al trabajo, antes debo pasar por el segundo puente más largo de los Estados Unidos, tengo que tomar un túnel, de aproximadamente dos millas, llegar a la estación, la segunda más grande después de Nueva York y trabajar ahí, y el pánico se apodera de mí todo ese camino, todos los días. Pero ahí estoy, hago lo mejor que puedo, soy la mejor persona que puedo ser y eso lo tenemos que hacer todos, por más que ellos estén tratando de influenciar en nuestras vidas.
Hay una campaña en Nueva York que me pareció importante traer: “Si usted ve algo, diga algo”, tan pequeño como eso. Personas que han sido víctimas o no, miremos quién está sentado al lado de nosotros, qué están haciendo, miremos si nuestro vecino es alguien extraño, digamos lo que vemos, participemos como comunidad.
En tanto el Gobierno tiene que educar a las personas para que tengamos esa sensibilización, porque uno no puede ser ajeno. Las cosas pueden atacarlo a uno en cualquier momento, así que mejor prevengamos y colaboremos. No desfallezcamos ante la acción de estos violentos, digamos no al secuestro, no a la extorsión, unámonos como unidad internacional, como una gran familia afectada por el terrorismo para derrotarlo, unidos lo podemos lograr. Viva Colombia. |