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JORGE VILLAMIL CORDOVEZ (Compositor)
Colombia.com El periodista Vicente Silva Vargas* escribió para Colombia.com este perfil biográfico, sobre uno de los más grandes compositores que ha tenido el país.

Jorge Augusto Villamil Cordovez nació en Neiva, Huila, el 6 de junio de 1929, en la Hacienda de El Cedral, una gigantesca plantación cafetera de propiedad de su padre, don Jorge Villamil Ortega, uno de los fundadores de la Federación Nacional de Cafeteros.

Las difíciles condiciones del parto de doña Leonor Cordovez, quien antes había tenido seis hijas, hizo temer por la vida de la señora y la criatura, pero los cuidados y conocimientos de una veterana partera de la región lograron salvarlos. Ese hecho hizo que patronos y trabajadores aceleraran los preparativos de las fiestas de San Juan y San Pedro celebradas desde tiempos coloniales en el antiguo Tolima Grande y lo que pocas horas atrás parecía un velorio, mágicamente se transformó en una fiesta colectiva donde la música de flautas, cuerdas y tamboras, licores ilegales y baile de bambucos y rajaleñas interpretados magistralmente por recogedores de café, eran las auténticas atracciones.

A los cuatro años de edad y en ese ambiente agreste, prácticamente alejado de la civilización, el que se convertiría años después en uno de los más importantes compositores de Colombia aprendió a tocar música campesina en un viejo tiple prestado por los trabajadores, pero siempre con la vigilancia de su padre, un hombre estricto que vivió como perseguido político en el Amazonas, en donde las circunstancias lo convirtieron en un bravo cauchero. Pese a ser el consentido, en 1939 el niño fue separado de su casa y enviado con su hermana Graciela a Neiva para estudiar kínder y preparar la Primera Comunión. Dos años después los hermanos tomaron rumbos diferentes porque ella fue internada en Bogotá y él en el Colegio Antonio José de Sucre, en Garzón, en donde cursó segundo y tercero de primaria. En 1943 Jorge tuvo un nuevo traslado porque su papá decidió matricularlo en el Colegio Antonio Nariño, de Bogotá, institución que lo promovió automáticamente a primero de bachillerato.

A finales de 1948 terminó la secundaria y al año siguiente, como un homenaje al abuelo médico, Mateo Villamil Landínez, fue obligado por su padre a estudiar medicina en la Universidad Javeriana. Allí se hizo evidente su pasión musical no solo por la nostalgia de la tierra huilense sino por la afinidad que halló en otros jóvenes de provincia con quienes organizó una tuna estudiantil en la que Jorge sobresalía por su alegre interpretación de coplas sobre festejos campesinos, gentes de regiones ignotas y paisajes desconocidos.

Brota la inspiración

En esos años de vida universitaria afloraron sus primeras composiciones. Primero fue “Sampedreando” (1949), un sanjuanero instrumental que nunca ha sido grabado, y luego “La Zanquirrucia” (1950), un rajaleña que evoca a una campesina que participaba con desenfado en los festejos de El Cedral. Mas adelante creó temas antológicos como “Adiós al Huila”, “Por una eternidad”, “Vuelves”, “Amor en sombras” y “Neiva”, su primer porro. Al terminar sus estudios de pregrado en 1954, Villamil Cordovez se inscribió como interno de la Clínica de la Policía Nacional y simultáneamente decidió especializarse en Ortopedia y Traumatología, aunque su diploma de médico cirujano sólo lo obtuvo en 1958.

Al morir su padre, en 1958, El Cedral entró en decadencia debido a la notable baja de la producción cafetera y al deterioro del orden público en el sur de Colombia, especialmente por la evidente transformación de las guerrillas liberales. Por esos años el médico-compositor se reencontró con Pedro Antonio Marín, un antiguo jornalero de El Cedral que lideraba las cuadrillas de trabajadores reinsertados de la insurgencia y quien, según el maestro, ya perfilaba un claro liderazgo antisistema. Décadas después —ese hombre que se conocería como Manuel Marulanda y Tirofijo— y el músico, se volverían a encontrar varias veces para hablar sobre la reconciliación nacional, aunque su relación más cercana se produjo por “El barcino” (1969), un sanjuanero que recuerda a un toro de la familia Villamil y en el que el guerrillero es mencionado. Al período 1955-1958 corresponden cantos como “El retorno de José Dolores”, “Playas de San Andrés”, “La trapichera”, “Acíbar en los labios”, “La mortaja”, “Campanas de Navidad”, “Rajaleña No. 2” y “Vieja Hacienda del Cidral”.

Primeras grabaciones y proyección nacional

En 1959, los famosos Emeterio y Felipe —Los Tolimenses—, descubrieron en Manizales algunas composiciones del neivano y viajaron al Huila para conocerlo y pedir su autorización para grabar obras como “El retorno de José Dolores”, “Adiós al Huila” y “La Zanquirrucia”. Al tiempo con la composición, Jorge Augusto alternó sus actividades de ortopedista y traumatólogo con su gestión como mediador de paz entre el gobierno de Alberto Lleras Camargo y las guerrillas del sur del país y gracias a sus viajes por zonas rurales se interesó en el estudio de las tradiciones populares.

Su relación directa con los campesinos, entre 1958 y 1962, le permitió hacer “El matuno”, “El guacirqueño”, “La vaquería”, “El betaniense” y “Los pescadores”, entre otros temas, pero también lo convenció de la necesidad de revivir a nivel popular las fiestas de San Juan y San Pedro. Su papel en ese entonces fue decisivo en la creación del Festival Nacional del Bambuco.

Hacia 1962, debido a una decepción amorosa, se inspiró en un paseo al río Magdalena y compuso “Espumas”, el romántico pasillo que lo convertiría en un hombre famoso en América hasta el punto que el mexicano Javier Solís, el más importante vocalista de habla hispana en los años 60, lo grabó como bolero ranchero. De esta canción, según el compositor, existen más de 80 versiones en todo el mundo, aunque en Colombia la mejor interpretación corresponde a Garzón y Collazos a quienes el músico recuerda como sus más grandes impulsadores.

En 1964 Villamil se consolidó como gran cronista musical al componer “El embajador”, un jocoso sanjuanero que relata las peripecias de un avivato que engañó a la alta sociedad neivana presentándose como representante diplomático de la India. Por esos días, siendo un autor conocido en su región, decide estudiar música en el Conservatorio de Bellas Artes del Huila pero es expulsado por su director, el sacerdote italiano Andrés Rosa, con el argumento de que un músico empírico se dañaba al someterse a los rigores de la academia. Desde entonces se dedicó a hacer canciones humorísticas sobre hechos reales del Huila o de Colombia. Entre otras se destacan “El tigre de Zalamea”, “Afánate Afanador”, “El barbasco” y “El detenido”.

Siendo un médico prestigioso y un artista galardonado internacionalmente, también hizo, en menos de cinco años, casi una decena de melodías de gran belleza poética como “Noches de La Plata”, “Sabor de mejorana”, “Noche de azahares” y “Amor de hiedra”. Igualmente, empezó a hacerle canciones a diferentes regiones, en las que sobresalen una precisa descripción del paisaje y las referencias a personajes significativos.

La primera fue “Mirando el Valle del Cauca” y luego siguieron, en diferentes épocas, “Señor de Monserrate”, “Si pasas por San Gil”, “Balcón de la Sierra”, “Portón de la Frontera”, “Aguas mansas”, “Al sur”, “Popayán”, “Luna roja”, “Ibagué primaveral”, “Quindío es un paraíso”, “La Mestiza”, “Alma chitarera”, “Estás en Cartagena” y muchas más.

Su paso por México

A mediados de 1965 se residenció en Bogotá y se vinculó al Instituto Colombiano de Seguros Sociales que tres años más tarde lo envió a México para ampliar su especialización médica. En Ciudad de México prevaleció, nuevamente, la música y la medicina fue relegada a un segundo plano, aunque nunca dejó de atender a sus pacientes del Centro Cuauthémoc. Allí se volvió amigo de famosas figuras del espectáculo como José Alfredo Jiménez, Pedro Vargas, Mario Moreno Cantinflas, Marco Antonio Muñiz, Los Panchos, Consuelo Velásquez, Armando Manzanero, Lola Beltrán, Amalia Mendoza La Tariácuri, Estela Núñez, Tony Aguilar y Vicente Fernández. Durante su permanencia de año y medio en tierras mexicanas hizo unas 15 canciones, siendo las más notables “El barcino”, “Oropel”, “Penas al viento”, “Sólo recuerdos”, “Entre cadenas”, “Ocasos”, “Soñar contigo” y “Soy cobarde”.

De nuevo en su país impulsó a nuevos artistas como Silva y Villalba a quienes entregó buena parte del material compuesto en México, circunstancia que le ocasionó serios reparos de sus viejos amigos Garzón y Collazos, quienes, al igual que Los Tolimenses, le siguieron grabando algunos temas que por fortuna también fueron exitosos. Las buenas relaciones con los mexicanos también le sirvieron para fortalecer sus criterios sobre los derechos de autores y compositores de música y poco después de su regreso a Colombia, le propuso a algunos colegas modernizar a Sayco, tarea en la que lo acompañaron, en los años 70, personajes prestigiosos como José A. Morales, Rafael Escalona, Lucho Bermúdez y José Barros.

Renuncia a la medicina

En 1976, siendo médico en ejercicio, colono de tierras selváticas y alto ejecutivo de Sayco, Villamil fue detenido y acusado de auxiliar a las guerrillas de las Farc. El incidente se originó en su mediación para lograr la liberación del holandés Erick Leupin, secuestrado en el Cauca. Luego de su detención de una semana e invocando el juramento hipocrático, fue dejado en libertad por un juez.
Ese año, convencido de que su vida estaba en la música, renunció para siempre a la medicina, argumentando que «médicos hay muchos, pero compositores muy pocos».

Aunque los tres duetos colombianos más prestigiosos lo dieron a conocer en otros países, quien lo ratificó como artista de talla universal fue la caleña Isadora quien al grabar “Llamarada” le dio un nuevo aire justamente cuando muchos pensaban que su vena compositiva se había agotado. Por esa versión, Villamil ganó en 1978 el Premio ACE como Compositor del Año, un galardón conferido por la Asociación de Cronistas del Espectáculo de Nueva York.

Desde entonces se le llama “Compositor de las Américas y el mundo hispano”. Aquel fue un año de subidas y bajadas para el maestro. Por un lado, se consagró internacionalmente y se le reconoció en el campo nacional al recibir codiciadas condecoraciones como la Cruz de Boyacá, y por otro, perdió en una absurdo accidente doméstico en Bogotá a su esposa Olga Lucía Ospina, de quien ya estaba separado.

Entre 1980 y 2000, se dedicó a liderar con mayor ahínco el remozamiento de Sayco y junto con destacados artistas buscó ante el Gobierno y el Congreso de la República la aprobación de nuevas leyes que dignificaran a los compositores. Al mismo tiempo, visitó muchas regiones de Colombia para participar en eventos artísticos y folclóricos que también le sirvieron de motivación para nuevas obras. En este largo período compuso “Insidia”, “Que sea un motivo”, “Ciudad de los Puentes”, “Cruz sin nombre”, “Recordando a Popayán”, “Cantemos a la paz”, “Tierra grata” (un reto musical a Rafael Escalona), “Sol de invierno”, “Rucio moro”, “La estampida”, “El nariñense”, “Bogotá es para todos”, “Los aserríos”, “El ñeque ñeque”, “Abandonada”, “Palmares de Casanare”, “Fantasía sabanera”, “Ciudad de torres blancas”, “Tepeyac” y unas 15 canciones más.

Desglose de su obra

El cancionero de Jorge Villamil Cordovez es complejo debido a la variedad de ritmos y temáticas que ha manejado. De acuerdo con el libro biográfico “Las huellas de Villamil”, sus canciones se pueden estudiar en seis grandes apartados: clásicas (Oropel, Al sur, Espumas, Llamarada), románticas (Acuérdate de mi, Soy cobarde, Brumas, Noche de azahares), descriptivas (Portón de la Frontera, Así es Colombia, Mirando el Valle del Cauca, Si pasas por San Gil), crónicas (Llano Grande, El embajador, El caballo colombiano, El detenido), folclóricas (Llegó el San Pedro, El huilense, La mistela, La barbacoa) y las elaboradas en compañía de otros autores o con base en otras obras.

En el libro, publicado a finales de 2002 y cuya segunda edición salió al mercado a comienzos de 2004, se afirma que Villamil también es el compositor colombiano que ha cultivado el mayor número de ritmos nativos y algunos de carácter internacional. Las melodías que oficialmente tiene registradas como autor y compositor se dividen, rítmicamente, así: 31 valses, 24 pasillos, 24 sanjuaneros, 23 bambucos, 17 boleros, 15 rajaleñas, 8 pasajes, 5 guabinas, 5 bambucos fiesteros, 4 cañas, 4 porros, 3 paseos, 2 cumbias, 2 baladas, 2 boleros morunos, 1 bolero ranchero, 1 calipso y 1 pasodoble. De las 178 melodías que conforman su cancionero, él es autor de la letra y la música de 172. Cinco más fueron hechas con Luis Carlos González, Lucho Bermúdez (dos), Julia Barrós de Ucrós y Luis Eduardo Luna. La restante es Reflejos, un pasillo clásico de Pedro Morales Pino, compositor de principios del siglo XX al que por petición de la familia Morales el maestro le colocó la letra.

El colombiano más cantado

Jorge es el compositor colombiano más cantado en su país y el exterior y sus intérpretes superan los 200. Empezando por los duetos, el listado nacional es extenso: Emeterio y Felipe, Garzón y Collazos, Silva y Villalba, los Hermanos Martínez, Arteaga y Rosero, el Dueto de Antaño, los Hermanos Tejada, los Hermanos Calero y Lucho y Nilhem. Lo mismo sucede con tríos y grupos: los Románticos, Cantoral y Martino, de Colombia; las Shy Girls y los Tres Caudillos, de México; Las Dominicas, de Cuba, y los Chalchaleros, de Argentina. A nivel orquestal son reconocidas las versiones de Paul Mauriat, Ramón Lefebvre, Frank Pourcel y Jean Michel Caravelli, de Francia; las sinfónicas de Moscú, Tokio y Colombia, y la Orquesta Venezolana de Aldemaro Romero. También se destacan las agrupaciones de Raúl Rosero, Quique Fernández, Manuel J. Bernal y la Sinfónica de Vientos del Huila; el conjunto típico argentino de Roberto Mancini y Juan Carlos Godoy; el Mariachi Vargas de Tecalitlán, Tijuana Brass, de Estados Unidos y los Wara Wara, de Bolivia.

En Colombia son memorables las versiones de Carlos Julio Ramírez, Víctor Hugo Ayala, Jaime Mora, Billy Pontoni, Alci Acosta, Lucho Ramírez, Julio César Alzate, Régulo Ramírez, Eugenio Arellano, Óscar Javier, Juan Carlos Coronel, Eddy Guerra y Raúl Brito con el acordeón de Egidio Cuadrado. En el campo femenino las grabaciones más conocidas las hicieron Matilde Díaz, Berenice Chávez, Helenita Vargas, Isadora, Carmenza Duque, Claudia de Colombia, Vicky y Beatriz Arellano.

A Villamil le han grabado solistas internacionales de gran fama como Javier Solís, Tony Aguilar, Vicente Fernández, Alejandro Fernández, Manolo Muñoz, Lucha Villa, Amalia Mendoza, Lola Beltrán, Flor Silvestre, María Elena Sandoval y Chavela Vargas, de México; Emilio José, Lorenzo Santamaría y Juan Erasmo Mochi, de España; Soraya, colombo-americana; Olimpo Cárdenas, Julio Jaramillo y Patricia González, de Ecuador; Manuel J. La Roche y Felipe Pirela, de Venezuela; Jerónimo y Leo Marini, de Argentina; Olga Guillot y René Cabell, de Cuba; Daniel Santos, de Puerto Rico; Tito Ypanqui, de Bolivia; Palmenia Pizarro, de Chile; Teresita Velázquez, de Perú; Eddy Herrera, de Estados Unidos; Lindomar Castilho, de Brasil y Salvatore Castagna, de Italia.

También figura como autor de temas centrales o melodías integradas a las bandas sonoras de las películas “La víbora”, “El río de las tumbas”, “Un ángel de la calle”, “Los dos rivales”, “Canaguaro”, “Caminos de gloria” y “El embajador de la India”.

Todos los honores

En Colombia ha recibido las más importantes distinciones
que se le pueden otorgar a un ciudadano, desde la Cruz de Boyacá, la Cruz de Comendador del Congreso de la República, la Orden de la Democracia de la Cámara de Representantes y la Orden al Mérito de la Presidencia de la República, hasta entrañables reconocimientos de pueblos y ciudades.

En el campo musical cuenta con cinco discos de oro otorgados por Sonolux, un disco de platino entregado por el sello Musart de México, la Estrella de Oro de Phillips, la Orquídea de Plata Phillips, el Premio Mejor Compositor de 1975 conferido por El Tiempo y el Premio Aplauso 1998, máxima condecoración en el mundo de las bellas artes en Colombia.

Internacionalmente fue distinguido como Compositor del Año 1978 (Compositor de las Américas y el mundo hispano), en Nueva York; La Palma de Oro, en Hollywood; el Gallo de Oro, en Brasil; la Placa de Oro de la Asociación Columbia Spirits Inc., de New Jersey. A los anteriores reconocimientos se agregan el homenaje rendido por la Organización de Naciones Unidas, ONU, en 1985; la Placa Valores Humanos de América, en New York; el título de Huésped Distinguido de la URSS y las condecoraciones de los gobiernos de Argentina, Chile, México, Puerto Rico, Panamá y Venezuela.

Su legado

Villamil Cordovez está radicado en Bogotá y pese a una vida sosegada en los últimos años, la diabetes mellitus diagnosticada en 1975 lo ha atacado con fuerza en los últimos años. En 1997 fue operado de los ojos y su condición física mejoró notablemente, pero en 2004 fue necesario hospitalizarlo en la Fundación Santa Fe de la capital colombiana en tres oportunidades. Pese a sus dolencias, conserva la plenitud de sus facultades intelectuales y con buen humor y silbando, como hace siempre cuando se le aparece la musa, sigue componiendo con gran finura, como en sus primeros días de inspiración.

A manera de herencia para las nuevas generaciones, aparte de la inmensidad de su obra, el maestro tiene lista la publicación de un álbum de cuatro compactos con sus mejores composiciones folclóricas. También tiene preparado un disco en inglés con sus temas clásicos interpretados por la vocalista británica Anggie. Además, anunció la donación de sus más preciados efectos personales —muebles, cuadros, discos, casetes, fotografías, recortes de prensa, diplomas y condecoraciones— para que sean exhibidos en forma permanente en un museo que funcionará en Neiva.

Al contrario de lo que manifiesta en su legendario bambuco Vieja Hacienda del Cedral, el maestro no quiere que lo sepulten en la que fuera la casa paterna porque ese predio ya no pertenece a su familia, pero también porque la construcción de cedro fue derruida. Por eso desea ser cremado y que sus cenizas se esparzan por el Magdalena, el río que le sirvió de inspiración a tantas de sus canciones y que en lugar de llanto y tristeza la gente tome aguardiente lance voladores al aire y cante “Espumas” y “El Barcino”.

Texto: Vicente Silva Vargas* fue periodista de las cadenas radiales GRC, Todelar y RCN y los noticieros de televisión Telediario, Siete Días, Promec, Nacional y QAP. Se desempeñó como Gerente de Audiovisuales, Consejero Presidencial para las Comunicaciones, Director de Inravisión, Secretario de Prensa de la Presidencia de la República y asesor del canal Teveandina. En 1989 obtuvo el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar por una crónica radial sobre el primer matrimonio civil realizado en una notaría. Escribió el libro "Las huellas de Villamil" y en la actualidad es columnista del diario La Nación y dirige la productora Televiso.

Fotos tomadas del libro "Las huellas de Villamil" de Vicente Silva.
 
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