Fue la pionera,
la primera y por lo tanto el contraste mayor. La gente aún no
creía el "despeje" de los miles de vendedores y la plaza recuperó
su esencia. Con un bonito espejo de agua y una serie de palmeras
y jardineras, dio otras posibilidades a un lugar antes condenado
al hacinamiento.
La Mariposa
desplegó sus inmensas alas azules de hierro e hipnotizó a una
ciudadanía amnésica de arte de calle con en otras grandes ciudades.
Desde uno de los extremos del lugar, domina imponente el ahora
amplio espacio.
Gracias
a su tamaño y forma, permite una natural manipulación por parte
de los visitantes y niños especialmente, permite atravesarla
y la presencia de curiosos es una de sus constantes.
La Plaza
de San Victorino estuvo completamente abarrotada de locales
comerciales durante más de venticinco años y nadie jamás se
imaginó que alguien pudiera lograra su recuperación.
Desde que
La Mariposa de Edgar Negret decidió vivir en la plazoleta de
San Victorino, los niños del sector se han dado cuenta que,
además de adornar con sus colores la fuente de agua, sus alas
son un estupendo rodadero.
Es un espectáculo
increíble, un ejemplo de la manera como los ciudadanos se apropian
de las expresiones artísticas, eso es arte público; mejor aún,
arte en espacios públicos. La Mariposa ha tenido suerte. Los
niños dejaron de verla como un objeto ajeno al lugar, para convertirlo
en un amigo más. Eso no les ha ocurrido a los bustos que decoran
la ciudad.
Un
buen ejemplo es el Bolívar de bronce de la Plaza. Fue el primer
monumento público que tuvo Bogotá, en 1846 y a pesar de la grandeza
con la que fue creado por el italiano Pietro Tenerani, con el
paso del tiempo se convirtió en un habitante más del sector; en
la foto obligada de los turistas y en el compañero silencioso
de los desprotegidos, los huelguistas, los estudiantes inconformes.