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Carlos A. Moya Rabelly
Era un día de mercado –quizás domingo en la mañana- como cualquier otro, tal vez soleado, sin embargo, este día llevaba en el aire sueños horribles y pesadillas amables, ansias de aquello que quien sabe si existirá, y muchos años que se perdieron en la hojarasca de las revueltas; grandes hombres, grandes mujeres, lideres que se sabían desconocidos.

El colorido era rebosante, frutas, verduras, mantas, un montón de sal por acá, olor a tabaco, olor a café por allá, música del altiplano, hermosas mujeres de recio carácter, miradas sinceras, hablar franco; hombres de sombrero, ruana y machete, caballos y caballeros, niños de rodillas lastimadas que reían y corrían de aquí para allá, indígenas que llegaban a intercambiar; malditas ventas de esclavos, perros y gatos, ratas de basurero, figuras todas que se movían sin cesar, pues, en el aire algo imperceptible los hacia voltear saboreando un “algo va a pasar”, y sintiéndose perseguidos por aquello que quien sabe si existirá.

Era temprano y se estaba esperando la llegada de un hombre que iba a negociar apoyo. Es un gran hombre, decían unos; es como todos los que vienen, hablan, prometen y se van… decían otros, pero por el se pidió prestado un florero a un chapetón con casa de esquina, de balcones de ensueño y techo de barro. El florero era, dizque para adornar una mesa; ¿porque no pidieron una escoba para barrer en el recinto? ¿Porque no pidieron dos candelabros de tres velas cada uno? probablemente si hubieran pedido un chiro rojo para limpiar el polvo de la mesa, habría sucedido lo mismo… el inicio de aquello que quien sabe si existirá.

Se negó el préstamo, se dijeron duras palabras, se dieron golpes y los criollos empezaron a unirse, pues, algo estaba pasando. Alguien aprovecho el momento de “efervescencia y calor” y grito de una manera elocuente, algunos escuchaban palabras, otros simples rumores, pero estaba claro que lo que empezaba iba a durar.

No están para saberlo ni yo para contarlo, pero, se dice que ese día en toda nuestra tierra había grupos de campesinos con la misma idea, hombres con días de 25 horas, cansados de vender su trabajo por centavos, de ver morir a sus hijos de hambre, y a sus mujeres… morir de tristeza. Cansados de haber muerto antes de morir por buscar algo que quien sabe si existirá.

Señores hay muchas dudas, varias historias, algunas que convienen otras prohibidas, sin embargo, el 20 de Julio de 1810 lo recordaremos año con año pues al igual que aquel clavo por el que se perdió un reino, pues, dizque por un florero se independizo mi tierra en busca de aquello que quien sabe si existirá, LIBERTAD.

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