Rodrigo
Rivera
Programa político
Principios
Valores: creemos en una política guiada por valores y principios,
no en valores que se acomoden a la coyuntura política.
Visión: pensamos y trabajamos
pensando en la próxima generación no en la próxima
elección.
Autonomía: queremos que las
regiones se autogobiernen y autogestionen su desarrollo, no en el
centralismo.
Unidad: creemos en los consensos nacionales
para garantizar la profundidad y continuidad de las reformas estratégicas
que Colombia requiere.
Institucionalidad: Creemos en la necesidad
de instituciones fortalecidas porque ellas evitan el abuso de poder.
Renovación: el 12 de marzo
el liberalismo escogerá entre quedarse estancado en el pasado
o avanzar hacia el futuro.
Propuestas concretas
VIOLENCIA
Consolidaremos los avances en seguridad y los convertiremos en Política
de Estado.
Durante años he insistido en la Unidad Nacional para conducir
el orden público, la política exterior y las garantías
básicas de la democracia. El peor error político de
la última década ha sido la polarización extrema,
extendida a temas sagrados como esos.
La polarización es particularmente
funesta en orden público. Creo que la interlocución
política y el diálogo son una concesión y no
una obligación; que deben corresponder a una política
de Estado y no de gobierno; y que sólo pueden otorgarse a
cambio de un cese al fuego y de hostilidades serio y verificable.
Depongamos legítimos intereses
políticos, y acordemos los mínimos de una política
de Estado para manejar, al menos, los temas de secuestro, alzamiento
armado y terrorismo. Esta es la única manera de reconstruir
la confianza perdida, de evitar que se repita una campaña
interferida por los violentos y de blindar la democracia contra
el riesgo de que otra vez, sectores narcoviolentos saquen provecho
político, económico o judicial del insólito
hecho de que de este lado de la democracia, sigamos convertidos
en una Torre de Babel
Romperemos el eje mafia-violencia-política. Al narcotráfico
tratamiento judicial, no político.
La guerrilla es un enemigo desenmascarado, frente al cual funcionan
los anticuerpos de la sociedad y del Estado. Por el contrario, el
narcoparamilitarismo es un enemigo que finge ser amigo. Que se disfraza
de amigo, de defensor de la sociedad. Y, por lo tanto, contra él
no funcionan los anticuerpos del Estado.
Por este motivo el paso a seguir en
materia de seguridad, es romper el matrimonio entre narcotráfico,
violencia y política. Al narcotráfico debemos darle
un tratamiento judicial, de sometimiento a la justicia. A la insurgencia
o a la contrainsurgencia, un tratamiento militar o político
según las circunstancias. Pero no podemos mezclar lo uno
con lo otro.
Tengo que advertir que la capacidad
de perturbación y de desestabilización de la amenaza
paramilitar, es mucho mayor que la capacidad de perturbación
de la guerrilla en Colombia. Y esta sociedad anestesiada está
avanzando, ignorando esa circunstancia, hacia convertirse en una
narcodemocracia. De lejos, ese es el principal desafío que
tenemos que afrontar los colombianos.
CORRUPCIÓN
Perseguiremos a los corruptos en sus
fortunas y no solo en sus personas. Quien no logre explicar la fuente
lícita de su fortuna la perderá a favor del Estado.
Propongo un acuerdo eficaz contra la corrupción que destierre
el tráfico de puestos, contratos y partidas presupuestales,
nos blinde contra el soborno internacional y enfrente con la extinción
de dominio el enriquecimiento ilícito derivado de la corrupción.
POBREZA
Implementaremos un Plan Nacional contra el Hambre, como inversión
prioritaria, incluyente, no asistencialista, donde se entregue un
ingreso básico para alimentos a cambio de trabajo, capacitación
o estudio
El Plan Nacional contra el Hambre consiste en una política
nacional prioritaria, no
asistencialista, gerenciada por el
Presidente de la República, que incluya recursos públicos
y privados, nacionales y extranjeros, de Entidades Territoriales,
Iglesias, Organizaciones no gubernamentales y Empresas, que garantice
que ningún colombiano carezca de la provisión mínima
de alimentos.
La política tiene qué
ser nacional para que no produzca efectos demográficos perversos
como ocurre hoy, en contra de las ciudades más solidarias.
La estrategia nacional será liderada por el Presidente para
que encauce la solidaridad nacional e internacional, centralice
y depure la información de los beneficiarios, y logre economías
de escala; será prioritaria, de modo que desplace otros destinos
de gasto en escenarios de recursos limitados. En educación,
primero restaurantes escolares que otros gastos sin importancia
vital, y en salud pública, primero alimentación que
costosas campañas publicitarias. No hay mejor política
de prevención en salud que alimentar a quien está
muriendo de hambre.
Esta política debe ser transformadora
y no asistencialista, para que no genere hombres dependientes de
la caridad pública sino que los transforme en hombres productivos
socialmente. Cada niño que reciba la ayuda tendrá
qué ir a la escuela. Si es joven, al colegio o a centros
de capacitación para el trabajo, si es adulto, tendrá
qué trabajar en proyectos comunitarios o sociales y si es
anciano, asesorar o enseñar a las nuevas generaciones lo
que aprendió en la vida.
CENTRALISMO
Recuperaremos la presencia política y económica del
Estado en el territorio con Autonomía de Departamentos y
Municipios.
Preservemos lo que se inspiró en la Constituyente de 1991:
fortalecer Municipios y Departamentos en competencias y recursos,
y suprimir el gasto nacional en asuntos que puedan asumir las entidades
territoriales.
Repensar la presencia de entidades
nacionales desconcentradas en la provincia. Los Departamentos, asumirían
funciones de control que hoy ejercen ineficientemente algunas superintendencias
encastilladas en Bogotá. También funciones de promoción
del desarrollo regional y cabal aprovechamiento de los recursos
regionales. A la par se reforzaría el poder nacional con
tres potestades de control: ambiental, anticorrupción y de
responsabidad fiscal.
El fortalecimiento de la institucionalidad
territorial, y no su desconocimiento, será la clave para
que Colombia recupere la soberanía económica y política
que ha dejado de ejercer en vastas zonas de nuestra geografía.
La autonomía será esencial
para adelgazar el gobierno central y fortalecer los gobiernos territoriales.
Para enfrentar la inviabilidad fiscal crónica del centralismo
y emplear la soberanía fiscal territorial como un poderoso
instrumento para apalancar el desarrollo. La autonomía permitirá
incrementar la seguridad de los colombianos, al dejar en manos de
gobiernos locales el cuidado del espacio público, escenarios
deportivos e infracciones de tránsito y concentrar en el
Estado nacional la lucha contra el crimen organizado y la corrupción.
La autonomía afianzará
la promoción del desarrollo en el Estado Departamental y
Distrital y el cuidado del medio ambiente en el Estado Nacional.
Mantendrá en el poder nacional la defensa del país,
la conducción macroeconómica y la política
exterior, pero convertirá a los gobiernos territoriales,
a través de la soberanía fiscal, en socios del pleno
y sostenible aprovechamiento de su riqueza y no en testigos mudos
del enorme desperdicio o saqueo de su riqueza natural.
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