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El ejemplo argentino
Una bomba de tiempo social, antes un alumno ejemplar

Los argentinos han pasado de la hiperinflación de los años 90 a la deflación del nuevo siglo. Experimentaron la transición hacia una democracia, débil, paro democracia, luego de una dictadura miope y derrochadora que los dejó en la ruina. De la estabilidad económica de inicios del siglo XX a la incertidumbre y el incierto futuro del XXI. La economía de los río platenses ha sido sostenida por el mundo gracias a su historia y al peso específico de su mercado en el continente, en esta plataforma artificial el Fondo Monetario jugo como alcahueta. Apertura sin límites de los argentinos hacia los mercados del globo, privatizaciones a manos llenas (Argentina fue el segundo país en el mundo en masificar las privatizaciones de los activos públicos después de Inglaterra, y el primero, con mucha antelación, de Latinoamérica) y por último fue la primera gran economía que equiparó su moneda con el dólar. Esta última medida avalada por el FMI y según los analistas causante en gran parte de la debacle que hoy deprime a los hijos de Dios.

Argentina es uno de los países que celebró mayor cantidad de acuerdos con el FMI y otros organismos financieros internacionales, desde la postguerra. El FMI fue indiferente entre prestar a gobiernos civiles o militares. A su vez, unos y otros acudieron siempre a los préstamos internacionales para resolver las crisis "transitorias" de la economía.

En 1957 se firmó un acuerdo "para volver a los cauces de una mayor libertad económica"; en 1958, se solicitó un crédito un mes antes del anuncio del Programa de Estabilización para la Economía Argentina, para sostener el plan antiinflacionario; en 1959 para apoyar la balanza de pagos; en 1960 y 1961 para aumentar las reservas internacionales.

En 1962 el gobierno de Guido concertó un nuevo stand by , prorrogado en 1963, debido a la caída de las reservas internacionales y al déficit fiscal.

El presidente Illia debió también recurrir al FMI para robustecer las reservas de oro y divisas, peligrosamente débiles; igualmente lo hizo el gobierno militar que lo depuso, con el fin de contener la inflación y acumular reservas.

Paradójicamente, el gobierno que cuestionaba la permanencia argentina en el FMI, en 1974 canceló anticipadamente sus obligaciones con el FMI.

En 1976 la dictadura militar firmó un nuevo acuerdo con el FMI para recomponer las reservas y sostener el plan de estabilización implementado en marzo de ese año, que básicamente consistía en liberar los controles de precios y congelar los salarios.

Hasta 1980, la abundancia de petrodólares sustituyó al Fondo por los bancos comerciales para alimentar las reservas, sostener la apertura de las importaciones y la tablita cambiaria.

Pero en 1981 la fiesta terminó, dejando a la Argentina con una deuda externa de más de u$s 40.000 millones y las reservas exhaustas por la fuga de capitales. A pesar de complicados malabarismos financieros, incluyendo seguro de cambio para la deuda privada, el país entró en una virtual cesación de pagos, y luego del conflicto de Malvinas nuevamente recurrió al FMI.


Aunque la mayor parte de la deuda correspondía a acreedores privados, los bancos exigieron que Argentina acordara un programa de ajuste con el FMI, que asegurara que el país haría los esfuerzos necesarios para honrar sus compromisos. Con la crisis de la deuda, la relación con el FMI se tornó cotidiana. En 1982 el FMI concedió dos préstamos, a cambio del compromiso de reducir la inflación, lograr la reactivación económica, bajar el desempleo y mejorar el sector externo. Pero los desembolsos se suspendieron en 1983 por incumplimiento de las metas, en medio de cuestionamientos sobre la legitimidad de la deuda externa.

Ruinas sin par y deudas gigantescas
La llegada de la democracia no deparó mejor suerte en las negociaciones. El único ministro que intentó escapar de las condicionalidades del FMI igualmente debió aceptarlas. Bernardo Grinspun trató de negociar directamente con los bancos y limitar los pagos de la deuda a los recursos disponibles, pero la comunidad financiera internacional exigió la firma previa de un stand-by con el FMI, y en diciembre de 1984 se aprobó el préstamo, incluyendo las clásicas metas de ajuste de la economía, muy diferentes de las del programa económico del gobierno que asumió en 1983.

El Plan Austral se negoció con el FMI en los meses previos a su lanzamiento, en junio de 1985, continuando el préstamo stand by. Pero el Austral se quebró, y el FMI tomó participación directa mucho más activa.

En 1987, en el marco del Plan Baker, se firmó un nuevo acuerdo con el FMI para controlar la inflación y mejorar el balance de pagos, ante la caída de las exportaciones y las reservas, pero, como en los anteriores, sus metas no se cumplieron, y en 1988 Argentina comenzó a caer en mora en la atención de su deuda con los bancos comerciales. A pesar de obtener financiamiento del Banco Mundial para profundizar la apertura y sostener el Plan Primavera hasta las elecciones de 1989, en febrero quedó suspendido el flujo financiero desde Washington, desencadenándose la cadena de devaluaciones y aumentos de precios que llevaron a la primera hiperinflación. Muchos dijeron que la ruptura con los organismos financieros internacionales fue una de sus causantes principales.

En los '90 Argentina intensificó sus relaciones con el FMI y los demás organismos financieros internacionales, que cumplieron un rol clave en mantener la estabilidad. En 1991 el gobierno implementó el plan de convertibilidad, respaldado por un acuerdo de derechos de giro aprobado por el FMI; obtuvo un acuerdo de facilidades extendidas entre 1992 y 1994, y su ampliación en 1995. En 1998 se aprobó un nuevo acuerdo ampliado hasta el 2000, y acaba de firmarse otro convenio.

La historia es repetida, y siniestra en su recurrencia. Los compromisos asumidos bajo estos acuerdos son más o menos los mismos que en los años '50: baja inflación, límites al déficit fiscal, , reforzar las reservas internacionales, profundizar la apertura comercial, "reactivar la economía", y en los últimos años, mejorar la competitividad, incluyendo la flexibilización laboral. Este es también el contenido del último acuerdo, vigente para los próximos tres años.

Es evidente que estos planes nunca llevaron a un despegue definitivo de la Argentina: las recetas del FMI son de corto plazo, y sólo pueden ser un complemento -un remedio amargo- de una política de estado que construya el país sobre bases productivas ciertas e instituciones estables. Esta es la deuda de los gobiernos argentinos a su gente.