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Los
inversionistas responden a los resultados no a las tradiciones.
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El
1 de septiembre de 1998 Malasia anunció su decisión de impedir
que los capitales que habían entrado en el país para ser invertidos
en la bolsa, u otros activos financieros, pudieran abandonar
el país antes de un año. Al mismo tiempo, el gobierno de Kuala
Lumpur decidió establecer un tipo de cambio fijo entre el
dólar y la moneda nacional, el ringit, e impedir que su divisa
se negociara fuera de sus fronteras. La reacción del Fondo
Monetario Internacional (FMI) fue adversa y los analistas
consideraron la medida como un paso atrás en la liberalización
de los mercados de capital. Sólo algunos economistas como
Paul Krugman defendieron los controles en ciertas condiciones.
La inversión extranjera a corto plazo en Malasia a finales
de agosto pasado era de 13 mil millones de dólares. Se temía
que cuando llegara el 1 de septiembre y los capitales pudieran
salir del país, más de 5 mil millones de dólares huirían de
Malasia, provocando una crisis bursátil, lo que demostraría
lo equivocado de las medidas adoptadas por el gobierno de
Mohamed Mahathir en medio de esa crisis. Sin embargo, pasado
ya un mes, sólo unos 800 millones de dólares han sido retirados.
La economía, que en 1998 se contrajo en un 6,7%, ha crecido
un 4,1% en el segundo cuatrimestre de este año.
Las autoridades del FMI tuvieron que reconocer que el régimen
de control de capitales establecido por el gobierno de Malasia
produjo resultados más positivos de lo que esperaban inicialmente.
Joseph Stiglitz, economista jefe del Banco Mundial, aseguró
en ese momento que se experimentaba un "cambio fundamental
en las actitudes que se tenían hacia los mecanismos de control
de capitales de corto plazo". Sentado ese precedente, se plantea
ahora la cuestión de si hoy esos controles se convertirán
en una de las recetas habituales para hacer frente a la crisis.
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Malasia
le apostó a su mano de obra no calificada y ganó.
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En
principio, el éxito de Malasia, como antes ocurrió en Chile,
hace que ya no se puedan descartar de antemano. Sin embargo,
hay que tener en cuenta las circunstancias. La economía del
país antes de la crisis de 1997 había crecido a una media
del 8% en los últimos cinco años, especialmente en sectores
de alta tecnología; su situación fiscal era solvente y su
endeudamiento escaso. La inflación era del 2,1% y sus reservas
de divisas se mantenían altas. En realidad, la crisis de la
región no tenía por qué haber afectado a Malasia en primer
lugar: únicamente el pánico financiero hizo que la crisis
tailandesa contagiara a los malayos.
Malasia, por otra parte, sólo aplicó controles a las inversiones
extranjeras a corto plazo, en su mayoría especulativas, y
no a la inversión extranjera directa en las empresas. El gobierno
aprovechó, además, el respiro creado por los controles de
capitales para sanear el sistema bancario, reducir las tasas
de interés y estimular la economía. En febrero, se eliminó
el plazo de un años para que los capitales pudieran salir
del país, sustituyéndolo por una tasa del 30% sobre los beneficios
obtenidos. A finales de septiembre, esa tasa se redujo al
10%.
Sin embrago, el FMI quiso que Malasia tomara la misma receta
que el ente multilateral le tenia preparada a Indonesia, Tailandia
y en general a todo país que requiera ayuda. De no haber decidido
los malayos por sí mismos su fórmula el Fondo hubiera hundido
al país en una crisis ilógica a la economía fuerte y sana
que mostraba esta nación oriental.
A propósito de el ejemplo malayo de decisión y buen juicio
un periodista cubano hizo una breve reseña al respecto.
Joaquín
Rivery
Enviado especial de Granma, Cuba.
KUALA LUMPUR.-Un par de años después de la crisis económica
asiática, bastó una semana de encuentros en instituciones
de esta capital para apreciar un país en franca recuperación,
con tasas de crecimiento que distan de las conocidas en América
Latina, salvo excepciones.
Por cualquier carretera que se tome para alejarse algunas
decenas de kilómetros de Kuala Lumpur y en la misma capital,
se reinicia la construcción de carreteras, puentes, edificios,
que revela al extranjero las ansias de recuperación de este
país de Asia sudoriental.
La crisis de 1997 en el sudeste asiático golpeó fuertemente
la economía malasia. El ringgit, su moneda, fue devaluada
en un 40 por ciento; la recesión provocó una caída del Producto
Interno Bruto (PIB) de más del siete por ciento en 1998; las
obras de todo tipo se paralizaron; hubo que tomar medidas
fuertes y al mismo tiempo flexibles para poder poner al país
en ritmo de nuevo avance.
En una semana de estadía aquí, sin embargo, la percepción
es de un recuperado vigor económico, sobre todo cuando se
sabe que el PIB aumentó en 1999 un 5,6 por ciento y se planifica
para el 2000 un 5,8, según las cifras de la Unidad de Planificación
Económica del Departamento del Primer Ministro.
Incluso, el Instituto Nacional de Investigaciones Económicas
pronostica un auge del 7,8 por ciento basándose en el ritmo
de un 11,7 alcanzado en el primer trimestre del año.
Mientras, América Latina tenía un crecimiento cero el año
pasado y se espera solo un pequeño levante en el presente
siguiendo las líneas del FMI, Malasia ya muestra sensibles
avances aplicando, precisamente, recetas propias a contrapelo
de las indicaciones del organismo financiero mundial.
El Fondo exigió a las naciones afectadas por la crisis -y
a todo el Tercer Mundo- una apertura absoluta al capital transnacional,
incluyendo el especulativo. Malasia hizo lo contrario: dictó
medidas de control del capital y dio otros pasos que desagradaron
al FMI; entre otras cosas, no quiso acogerse a los famosos
fondos de ayuda que implicaban condicionamientos onerosos
y podrían haber causado graves problemas sociales como en
otras naciones.
El primer ministro Mohathir Mohamad declaró no hace mucho
tiempo que lo que se pretendía con la apertura al capital
en medio de la crisis era permitir a las grandes transnacionales
comprar barato las empresas locales, debido a que la crisis
de la bolsa había hecho caer las acciones en forma general
en un 70 por ciento. Al controlar el ingreso de capital especulativo,
se evitó ese mal.
Un libro sobre la crisis, llega incluso a preguntarse si la
hecatombe del sudeste asiático fue provocada por las grandes
corporaciones para obligar a algunos países a permitir la
entrada del gran capital que hasta entonces tenía dificultades
para ello.
Y no se puede calificar a Malasia como un ente distinto por
completo a los demás afectados; en una obra sobre el sistema
de gobierno en su país, Mohathir Mohamad lo describe como
una nación capitalista de mercado libre, pero el Primer Ministro
malasio se opone tajantemente al tipo de globalización que
tiene lugar en el mundo, donde todas las ventajas están a
favor de los más ricos.
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