Beatriz estaba en su lecho de muerte. Su esposo, José, mantenía constante vigilia a su lado. Él sostenía su frágil mano, y mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas, él oraba por su esposa. Ella lo miró y sus pálidos labios comenzaron a moverse quedamente:
Mi amado José -susurró.
Calla mi amada. -dijo él- Descansa. Shhh. No hables.
Ella, insistentemente, dijo con cansada voz:
Tengo algo que confesarte.
No hay nada que confesar -dijo sollozante José- Todo está bien, duerme...
No, no, yo debo morir en paz, José. Yo me acosté con tu hermano, tu mejor amigo y tu padre.
Ya lo sé, ya lo sé -replicó José- ...por eso te envenené!... |