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San Andrés y Providencia

 

Aunque Colombia tiene varias docenas en ambos océanos, cuando aquí se habla de "las Islas", suele tratarse de San Andrés, Providencia y Santa Catalina. Aparte de detentar superlativamente la proverbial belleza de las caribeñas, fueron escenario del más extenso "libro de aventuras" imaginable. Están situadas al Noroeste, muy lejos de la geografía nacional (a más de 800 Kms. de Urabá), frente a las costas de Nicaragua.

Se trata de islas muy distintas entre si. San Andrés es baja y bien protegida, aunque tiene un pintoresco sector elevado -La Loma-, donde se asienta la comunidad más raizal. Es de origen coralino y está rodeada por una barrera de arrecifes, blanquísimos cayos y un mar de incomparables colores. Bulliciosa y muy animada, recargada de tiendas y almacenes, no dispone de amplias fuentes de agua dulce (el consumo humano depende en buena parte de plantas desalinadoras). Tiene una extensión de 26 Kms. cuadrados, casi totalmente cubierta por cocoteros; y una longitud (en forma de caballo de mar) de 12,5 kilómetros. Su vida económica está en el turismo y el comercio, los servicios relacionados con éstos y la burocracia. La belleza natural contrasta con la arquitectura reciente, de pésima calidad promedio, y con un urbanismo desordenado y carente de gracia.

En cambio, la Vieja Providencia -que por cierto aparece hoy en segundo plano cuando históricamente fue el centro del Archipiélago-, es una isla un poco más pequeña, de origen volcánico, muy montañosa y con fuentes naturales de agua, por lo cual tiene vocación agrícola y ganadera. Antiguamente fue famosa por la calidad de su fibra de algodón y por el cultivo de cítricos. Sus habitantes son una rara mezcla de marinos- montañeses, poco interesados en el comercio o en el turismo masivo: desean preservar un hábitat apacible y provinciano, como hasta hoy. La población misma esta muy desconcentrada en pequeños poblados y diseminada por toda la isla. Providencia está separada de Santa Catalina apenas por un estrecho canal. Cuenta con playas no muy grandes y un gran arrecife que segmenta una zona de mar de extraordinaria transparencia, muy apetecido para el buceo.

Los nombres y las tradiciones principales en ambas islas provienen del inglés antillano, que es la lengua de sus habitantes, más emparentados con Jamaica o Islas Caimán que con el continente. Pero no siempre fue así. Las Islas fueron españolas desde los albores del siglo XVI, y pronto sufrieron abandonos y ocupaciones sucesivas: varias veces las tomaron súbditos ingleses, formalmente a nombre de la Corona o como base clandestina para las actividades corsarias. Francis Drake, por ejemplo, merodeó por la zona en el siglo XVI. Un siglo más tarde, Henry Morgan y Edward Mansfield (o Mansveldt) tomaron brevemente las islas en l.660, y luego el segundo de nuevo en l.670, por un período mayor, durante el cual atacó a Panamá y saqueó a Santa Marta. De esa fase quedan varios vestigios militares y fértiles leyendas, muchas de poco crédito.

La Vieja Providencia había sido antes escenario de otra interesante y poco conocida historia, cuando un grupo de nobles puritanos, opositores del régimen absolutista de Carlos I de Inglaterra (el Conde de Warwick, el vizconde Saye y Sele, Lord Brook, John Pym, entre otros), se ocuparon durante los once años del cierre del Parlamento Largo, de fundar y administrar una "Compañía de Aventureros de Providencia" que sentó reales en la Isla en l.631, apenas diez años después del desembarco de los peregrinos del "Mayflower" y de la fundación de la colonia de Massachusetts.

Esta Compañía, junto con las de Virginia y Saybrook, fueron la base de la estrategia inglesa en América y el germen que resucitó la vieja piratería isabelina contra España, en apoyo a los planes de Cromwell. (El propio Cronwell hizo parte del grupo gestor de la Compañía). Providencia fue por un tiempo, pues, la clave inglesa en las Indias Occidentales, con San Cristopher y Barbados, y aun antes que Jamaica. Entonces llegaron junto a tres centenares de colonos ingleses los primeros esclavos, para sembrar algodón. La experiencia duró apenas una década, puesto que los españoles retomaron Catalina -después de un intento fallido- en l.641, con una flota expedicionaria despachada desde Cartagena.

Los cambios de dominio no se dieron siempre al mismo tiempo, dado que las islas tuvieron historias separadas en diversas épocas. Al menos una vez fueron holandeses los intrusos. En l.789 la Corona española recuperó por última vez el archipiélago y dejó allí como Gobernador a Thomas O'Neille (su nombre irlandés confunde aun hoy a mucha gente acerca de este período, que se recuerda como de gran estabilidad y progreso.) España concedió no obstante tierras al inglés Francis Archibold para mantener una plantación de algodón en Providencia, en función de la cual hubo una última importación de esclavos, origen de gran parte de la población actual.

Ya por el tiempo de la Independencia, las islas cayeron bajo el mando del aventurero francés Louis Aury, quien pretendía anexarlas -vaya usted a saber cómo- a la nuevas Repúblicas de Buenos Aires y Chile. Aury adhirió finalmente a la causa de Bolívar y a la Constitución de Cúcuta. (Este hecho y otro ya referido -en el sentido de que Panamá y la costa Mosquitia centroamericana, más las islas, fueron puestos por la Corona bajo dependencia del Virreinato de Santa Fé en Noviembre de l.803-, son la razón de que Colombia siga siendo dueña legítima de las islas, aunque la parte continental de Centroamérica haya tomado después otros rumbos.)

El Archipiélago tuvo una vida muy olvidada y remota durante los primeros ciento cuarenta años de la República. La autonomía que de allí derivó se tradujo en un afianzamiento de la identidad cultural y religiosa, muy ajena al continente. Un logro especialmente meritorio es el grado de educación que alcanzó la comunidad isleña, totalmente alfabeta desde el siglo pasado. Y una ventaja hacia el futuro: haber mantenido estrechos nexos con las demás islas del Caribe angloparlante y con Panamá. Hoy en día el Archipiélago está bajo el mando de un Gobernador de elección popular y goza de un estatuto especial, con ventajas de Puerto Libre en San Andrés - la isla principal -, sistema que desde los años cincuenta se implantó como estrategia para activar las relaciones con el continente.

Ello provocó una fuerte inmigración de gentes para atender funciones comerciales y toda suerte de oficios -desde albañiles hasta dependientes de bancos-, lo cual ha venido creando alguna tensión con los antiguos nativos, que ya han quedado en minoría y tienden a la marginalidad. El crecimiento desmedido de la población generó también mucha presión sobre el espacio urbano en West End (poblado principal de San Andrés), que presenta un panorama de desorden, escaso planeamiento, insuficiencia de ciertos servicios y alta congestión vehicular. Las medidas de apertura económica le han hecho perder competitividad al Puerto Libre, por lo cual se espera que el futuro de las islas vuelva a valorizar más su belleza natural, en favor del turismo recreativo, en lugar del interés por las compras. Entre tanto, el Gobierno está aplicando desestímulos a la inmigración, entre ellos el cobro de un impuesto de entrada a las islas.