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Esa mañana
de domingo la bruma cubría gran parte de los cerros que bordean
la Hacienda Anacaona. Desde el balcón posterior de la casa
el paisaje era pleno, si acaso melancólico, de pronto tranquilo,
con seguridad un ambiente cargado de espiritualidad. Magnífico
para el descanso y la reflexión.
Tras algunos días de visita en San Agustín, aún
no me daba la oportunidad, gustosa por demás, de recorrer con
paciencia la Hacienda Anacaona, una casona muy al estilo de las fincas
del Eje Cafetero en donde me encontraba hospedado. Un lugar adornado
con pulcritud donde no se escatimaron detalles para el placer del
turista.
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El gran
atractivo de Anacaona es encontrarse a las afueras del pueblo pero
muy cerca del mismo, a dos kilómetros en la ruta que de San
Agustín va hacia el Estrecho del Magdalena
y a otros sitios como La Pelota, El Purutal,
La Chaquira y El Tablón, imprescindibles
en el recorrido de quien visita este rincón de oro de la cultura
colombiana.
Un servicio de colectivo o transporte urbano desde el casco urbano
del pueblo me llevó por mil pesos, moneda corriente, y en cinco
minutos hasta la Hacienda, el primer día que arribé
a San Agustín. En el hostal me recibió doña Amparo
Lebasa con una buena taza de café. Reconfortante tras un largo
viaje en flota desde Bogotá. |
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Objetos
de la tierra y del fuego |
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La
repisa no es sino uno de los tantos elementos llamativos que embellecen
el lugar y, a pesar de que pequeñas esculturas en piedra (no
auténticas) y objetos de cocina con representaciones de la
cultura agustiniana se imponen por aquí y allá, muchos
sitios de la hacienda albergan antigüedades y objetos comunes
pero deteriorados.
Un teléfono inalámbrico literalmente achicharronado
se posa sobre un saliente de la chimenea. Cuenta Héctor que
se le cayó en el fuego y no se quiso deshacer de él.
Al aparato desbaratado le hace juego una vieja plancha de carbón,
también chamuscada. |
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En
un par de rincones exteriores, en la base de un poste que sirve de
pilar de la casona, máquinas de escribir de antaño fueron
sembradas en materas. Por entre sus teclas y palancas metálicas
culminadas en una a, b ó c se asoman florecillas amarillas
y maticas silvestres.
Y las materas de barro, grandes, pequeñas, medianas, se encuentran
por doquier. La Hacienda Anacaona descresta por sus cuidados jardines,
sus enredaderas de flores naranjas torciéndose en los balcones,
sus árboles de barbas que traen a la memoria el Parque Gallineral
en San Gil, Santander. Justamente en uno de ellos encontré
aferrada una orquídea, inalcanzable por las manos, la única
en Anacaona. |
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Al
calor de la guadua, al frío de San Agustín |
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En
las habitaciones sobresale la guadua y el bambú. William, hijo
de Héctor y trabajador del hotel, cuenta que las camas y otros
muebles de las habitaciones las fabricaron de palos de guadua, con
sus propias manos. Del mismo material son las escaleras y los armazones
de los techos.
Son sólo seis cuartos los disponibles en Anacaona, pero son
tan amplios que pueden albergar a un grupo de 12 personas. Cuentan
con dos niveles y baño privado. Y por las frías noches
y madrugadas de San Agustín no hay preocupación porque
su estructura les permite ser bastante calurosas.
A mediados de año, durante los meses de junio y julio, en San
Agustín es temporada invernal o por lo menos es tiempo de frecuentes
lluvias. Justo cuando llegué el pueblo. Eso tiene su encanto,
es increíble cuánto puede cambiar un paisaje sí
hace sol o cae siquiera el sereno: los colores son otros, otros los
aromas, otros los sentimientos que se despiertan.
Ese domingo el clima fue propicio para descansar, tomar un tinto y
embelesarse con la neblina que poco a poco se desprendía de
las colinas cercanas a la Hacienda Anacaona. Sus balcones desprendían
el olor a madera mojada y otro espíritu se apoderaba del ambiente. |
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| Precios
(por persona)*
Temporada baja $25.000
Temporada alta $35.000
*Pueden variar de acuerdo con la administración del hotel
Km.
2 Vía al Estrecho
San Agustín, Huila
(88) 379390
contact@anacaona-colombia.com
www.anacaona-colombia.com
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