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Gerardo Reyes:
"A los periódicos no los recuerdan por sus primicias sino por sus denuncias"
Colombia.com (24/Jun/2004): Gerardo Reyes es un buen conversador. Su voz suave y su sonrisa discreta contrastan con sus afirmaciones punzantes, ya sea sobre la personalidad de Julio Mario Santo Domingo, uno de los hombres más ricos de América Latina, o sobre la credibilidad en las crónicas de Gabriel García Márquez, de quien discrepa en un tono profesional sin desconocer la genialidad literaria del creador de Macondo.

Reyes pertenece a esa estirpe poco cultivada en Colombia que se conoce como periodista investigativo. Sus crónicas sobre el fraude electoral en las elecciones a la alcaldía de Miami en 1997 le significó tanto a él como a su equipo de trabajo el Premio Pulitzer de periodismo, considerado como el Premio Nobel para la narrativa de no ficción. Y ahora en esta semana ha sido galardonado con el Premio María Moors Cabot, de Estados Unidos, por sus aportes al método de investigación periodística, del cual ha sido su principal exponente en América Latina.

Trabajó durante un tiempo en la Unidad Investigativa del diario El Tiempo hasta que fue contratado por el Nuevo Herald de Miami, en cuyas páginas ha revelado los escándalos más sonoros del narcotráfico y de la corrupción política de América Latina en la última década.

Es autor también de una biografía no autorizada sobre el industrial colombiano Julio Mario Santo Domingo, dueño y señor de casi todo cuanto existe en el país: desde la cerveza Águila y medios de comunicación, hasta restaurantes, jugos Tutti Fruti, aerolíneas, senadores de la república y muchísimas cosas más.

Una biografía polémica, producto de una documentación exhaustiva y escrita con un lenguaje de una profunda riqueza literaria. Gerardo Reyes aceptó hablar en exclusiva para Colombia.com sobre estos temas pero también sobre su oficio periodístico, sus lecturas favoritas y sus reflexiones sobre el poder.

Usted se ha destacado entre otras cosas por sus investigaciones y perfiles de los hombres más poderosos de América Latina. ¿Qué le seduce del poder?

Gerado Reyes: Del poder me seduce su capacidad subliminal y a veces imperceptible de influir en las gentes, de cambiarles la vida sin que se den cuenta. Y creo que eso surgió de haber leído a un periodista americano que se salió del periodismo porque le parecía una experiencia mediocre y además limitada, se llama Robert Caro.

Él se dedicó a estudiar el poder a través de personajes como Lindon B. Johnson o el urbanista de New York Robert Moses, quien trazó una calle para sus intereses particulares. La cosa fue así: Un día Robert Caro se quedó mirando una calle y descubrió que esa calle le hace más largo el camino a la gente. Se puso a pensar por qué y cuál era el sentido de esa calle y se dio cuenta que era una calle que se trazó para favorecer con su paso a algunas construcciones que tenía ese urbanizador allí.

Entonces, desde ese punto de vista hasta las cosas más transcendentales se manejan de esa manera. Y no sólo esto se aplica al poder empresarial. También al poder del narcotráfico que tiene un poco más de adjetivo novelesco, porque es un poder subversivo, que no está establecido pero que de hecho maneja unas relaciones a tal punto que se burla de las cosas ya establecidas.

¿A partir de los personajes que usted ha entrevistado (capos de la mafia o grandes empresarios) ha logrado establecer su propia teoría sobre el poder?

G. R.: No, no creo que se pueda establecer un mínimo común múltiplo sobre el poder.

Ha podido encontrar alguna relación, digamos, entre el poder de Julio Mario Santo Domingo y el de la Mamá Grande, el personaje ficticio de García Márquez que es dueña absoluta de todo cuanto existe.

G. R.: Sí, el fenómeno es el mismo. Pero a mí lo que me entusiasma es la manifestación física o subliminal del poder.

El discreto encanto del lenguaje

Las crónicas que usted publicó sobre la mafia en Miami tienen una característica y es el riguroso cuidado literario del lenguaje. ¿Esto es deliberado o inconsciente?

G. R.: Es un respeto grandísimo al lector. Es una gran consideración que tengo por el lector que está siendo bombardeado todos los días de imágenes y de cosas muy estimulantes que lo quiero mantener leyendo, dándole ese lenguaje que tú llamas literario y apoyándolo en documentos o en investigaciones que le den la credibilidad, que es el combustible de la crónica. Si no se le dan detalles a la gente, si no se le dice: mire, eso que le estoy contando yo me lo podría inventar, pero resulta que ocurrió en tal sitio, a tal hora, si no se le dice eso, uno pierde al lector. Porque el lector quiere aprender de cosas que realmente ocurrieron.

Sus trabajos están muy cerca de lo que en la década de los sesenta en los Estados Unidos se llamó El Nuevo Periodismo. ¿Se siente usted continuador de esa escuela?

G. R.: Yo no sé si soy una continuación del periodismo literario norteamericano con Wolfe y Capote a la cabeza, lo que si sé es que yo vengo de una escuela de periodismo de investigación. Yo vengo del Lead directo, por ejemplo, se tumbaron un banco y yo tengo que averiguar aspectos técnicos (quienes fueron los responsables de los autopréstamos, etc.) y ahí trato de humanizar la noticia para que el lector la lea de principio a fin.

¿Cómo es el proceso de investigación para una crónica periodística?

G. R.: Es una obsesión desde que empiezo con el ciclo de entrevistas. Estoy buscando qué imagen (si es un perfil) me va a servir para vaciar en esa imagen lo que es esa persona o no es. Por ejemplo, la imagen de la serpiente
en el perfil de Julio Mario Santo Domingo yo la tenía al final y la cambié un mes antes de cerrar el libro. El libro comenzaba con Julio Mario sentado respondiendo preguntas incómodas ante unos abogados que lo interrogaban por
cosas que no quería responder o que no sabía de sus empresas. Pero cuando encontré la imagen dije ¡aquí hay una historia!

¿Ha sabido alguna opinión de Julio Mario Santo Domingo sobre su investigación biográfica?

G. R.: Sí, cuando empezó a
leerlo le gustó, le gustaron los primeros capítulos que reflejaban su vida bohemia en Barranquilla, sus años con Alvaro Cepeda Samudio, el periodista de La Cueva, sus ínfulas de escritor surrealista y combinando esto con los negocios de su padre. Pero ya cuando entró en la etapa de la conquista de Bavaria, de esa conquista agresiva que hicieron, de
cómo se quedaron con una de las empresas más democráticas que había en este país (todo el mundo tenía acciones de Bavaria, hasta las muchachas de servicio; a los niños le regalaban en la primera comunión acciones de Bavaria: todo el mundo era dueño de Bavaria. Y estos señores se apoderan de la empresa) ahí, entonces, comenzó, Julio Mario a molestarse con el libro y al final creo que le pidió a sus amigos y a la gente que lo rodea que no le volvieran a hablar de la biografía.

¿Suprimió algo del libro porque le pareció muy peligroso?

G. R.: Sí, quise ser lo más justo, lo más desapasionado, lo más imparcial, entonces para lograr eso hay que eliminar muchos adjetivos. Porque además me di cuenta de que los hechos mismos hablaban por sí solos. Que no tenía que decirle al lector: ¡qué tal este colmo! Creo que lo utilizo en dos o tres ocasiones. Por ejemplo cuando cuento que la señora de Santo Domingo ganaba una prima de carestía como cónsul en Estados Unidos para lograr que no le cobraran impuestos a su marido. Es decir, en un país como estos donde la esposa del hombre más rico de Colombia recibe una prima de carestía del ministerio de Relaciones Exteriores para lograr que no le cobren impuestos a su marido, me parece el colmo.

¿Para la investigación sobre Santo Domingo usted tuvo la oportunidad de entrevistarlo?

G. R.: No. No me dio entrevista. Fui hasta su apartamento del 740 de Park Avenue en Nueva York. Lo cité en el looby. Yo sabía que él estaba ahí, le mandé una nota y me quedé esperando una hora y nunca llegó. Después supe que él alardeó, diciendo que me había citado y me había dejado metido.

¿Cuáles son los autores que usted lee con más frecuencia?

G. R.: El periodista español Antonio Muñoz Molina: escribe para periódicos y también es novelista. Y se nota además que su vida está muy cerca del periodismo. Aunque no ha hecho mucha crónica ni ha sido un periodista que ha
empezado en la calle con grabadora.

También leo a los periodistas anglosajones: Robert Caro, Tom Wolfe, Capote, Mailer, en fin, a toda esa generación. Robert Caro desplazó a todos los biógrafos e historiadores cuando escribe la biografía periodística de Lindon B. Johnson. Caro es de esos escritores en los que la literatura y el periodismo se entrecruzan.

En la mesa de redacción

¿Qué recomendación le daría usted a un joven colombiano que se inicia en el periodismo?

G. R.:Hay que leer mucho para aprender a escribir y para adquirir su propio estilo.

En los últimos meses muchos periodistas norteamericanos han sido acusados de inventar noticias y esto vislumbra una profunda crisis en uno de los periodismos más serios del planeta.

G. R.:El periodismo norteamericano está en crisis. Antes del 11 de Septiembre, por ejemplo, los periodistas norteamericanos que venían a foros a América Latina venían con discursos sobre la necesidad de la independencia del
periodista frente a los gobiernos. Y vino el 11 de septiembre y las salas de redacción de los periódicos americanos se llenaron de banderas americanas. Y si eso fuera lo único uno dice ¡bueno! Pero se empezó a hacer
un periodismo patriotero que demostró que lo que aquí se hacía (cuando la gente tomaba partido en el periodismo por uno u otro de los bandos en conflicto) es una cosa hasta primaria, comparado con columnistas que salieron a decir que había que renovar las medidas de la CIA, de matar a los
enemigos de los Estados Unidos. Y eso puso al periodismo americano frente a una circunstancia que nunca había vivido: el terrorismo en la casa. Y lo puso ante su propia credibilidad.

Pero creo que esto, de lo que tú hablas sobre los inventos en el periodismo, es por la gran presión para historias de impacto en la primera página y de darle gusto al editor, de darle todo. Entonces, ante una competencia (incluso en televisión) que está haciendo lo mismo, el periodista llega al error de echarle mano a la ficción.

El valor agregado del periodismo impreso es el periodismo de investigación. Creo que es el medio ideal. Uno no puede releer en televisión. En prensa si la gente dice que no entendió tal cosa o quiere volverse a indignar con tal
informe simplemente vuelve atrás. Y yo creo que a los periódicos no los recuerdan por sus primicias sino por sus denuncias.

¿Considera a García Márquez ejemplo del buen periodismo?

G. R.: Tengo problemas con la rigurosidad de García Márquez. Gabo se inventaba cosas y las daba como ciertas. Ese es mi problema con García Márquez cuando lo ponen como ejemplo de buen periodista. El relato de un náufrago está
escrito en una primera persona en la que nadie hablaría así. Esa primera persona es García Márquez, no es el náufrago. Y lo presentaron en un periódico en que la gente cuando lo leía pensaba que el que hablaba era el náufrago. Yo sé que García Márquez diría a esto que estoy siendo muy
especializado. Pero no, y me pregunto ¿estamos hablando aquí de periodismo o de literatura?

Hay quienes afirman que los malos sueldos que reciben los periodistas en Colombia contribuye a que exista un pésimo periodismo.

G. R.: No creo que el sueldo influya en que haya malos periodistas. Yo creo que es una actitud hacia la profesión lo que determina eso. Tampoco es el medio.
Hay medios de comunicación muy malos con periodistas muy buenos. El periodismo regional es muy bueno y sin embargo vive marginado por los medios capitalinos.

Texto Especial del periodista literatio Renso Said S., para Colombia.com.

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