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Por Andrés Gómez V.
"El Pibe, un pequeño dios"
Al Pibe lo vi hacer jugadas mágicas, como un mago con su cubilete que descresta a un público que se ha acercado para verlo y que a pesar de saber de la magia no puede sino aplaudir, incrédulo, ante lo que acaba de suceder en sus propios ojos.

El Pibe tuvo ese talento único que sólo los grandes poseen para poner el balón en el lugar y en el tiempo perfecto, pequeño dios, y retar a duelo a una tribuna que no creía en lo imposible hasta que lo veía jugar.

El primer recuerdo que tengo de él, de su cabellera ensortijada, fue vestido con la camiseta de Millonarios, golpeando el piso, maldiciendo su suerte, en un tarde bogotana de 1984. Un compañero suyo, a quien el tiempo me ha hecho olvidar, le acababa de negar un claro pase gol en las cinco con cincuenta. Carlos Valderrama, por entonces un samario más en la capital, había conocido el egoísmo en pleno partido.

Nunca lo olvidaré, como un niño pequeño, descargando su furia contra el césped. Ese día, cuando aún jugaba con la camisa por fuera, y las medias abajo, su sello por entonces, lo vi sufrir como nunca en un campo de juego. Él quería la fama de los goleadores, el quería acaparar los titulares de la prensa al día siguiente al marcar un gol, pero quiso el destino, ese mismo que lo haría triunfar en medio mundo, que esa tarde quizá replanteara su juego.

Yo creo que ese día el Pibe entendió que era más hermoso entregarle el balón de gol a un compañero que hacer el mismo la anotación. Ese día, estoy seguro, el Pibe se hizo una promesa que cumplió: jamás le negaría el balón de gol a un compañero.

Por eso creo que lo he visto celebrar pocos goles, uno ante Argentina, otro de cabeza ante Chile y unos más en la MSL, pero en cambio lo he visto hasta el cansancio poner balones de gol. Si algo le debe el fútbol mundial a Valderrama es haberlo hecho más amistoso, menos egoísta, menos indiferente y más caritativo, más generoso, más fraternal. Para mí el fútbol mundial tiene una deuda con el Pibe. Alguna vez un técnico afirmó de Valderrama que era el perfume del fútbol y no se equivocó, pero no porque impregnara el balón con su talento, sino porque logró que ese olor, que esa capacidad, que salía del guante que usaba por guayo, en cada pase, no muriera nunca.

Hoy cuando veo a un jugador hacer un pase magistral de gol, no puedo sino pensar en esa remota tarde cuando el destino quiso que de pronto un mediocre volante se convirtiera en un excelso jugador. Hoy cuando recuerdo al Pibe y le rindo homenaje, no puedo sino sonreír porque él, pequeño dios, venció para siempre al egoísmo a punta de fútbol.

Comentarios a: confesionesdeunhincha@yahoo.com

 

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