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ALBERTO SALCEDO RAMOS (Periodista)
Colombia.com Una tarde soleada en Bogotá sirvió de escenario para que el cronista Alberto Salcedo Ramos hablara largamente con Colombia.com. Entrevista.

Alberto Salcedo, o el vicio de contar historias

Por: Katherine Moreno Sarmiento.
Cuando Alberto Salcedo Ramos sonríe (y lo hace frecuentemente) es como estar viendo una película en cámara lenta. El tiempo parece detenerse en su boca. Los ojos le brillan y el sonido se queda congelado en sus labios. Por unos segundos deja ver su dentadura y sobre todo, deja ver ese gusto que le da reírse a carcajadas. Es uno de los mejores cronistas que tiene el país en la actualidad y aunque él, con tono de modestia lo niegue, en el fondo sabe que es verdad.

- De pequeño tenía la curiosidad de contar historias. Había una gran dualidad entre dos seres que me habitaban, uno supremamente mentiroso que quería asombrar a los adultos con historias inventadas y truculentas. Y otro que quería contar las cosas que estaban pasando, un germen de reportero. Esa dualidad se ha resuelto a favor del periodismo porque tengo absolutamente claro que uno no puede utilizar los medios de comunicación para decir mentiras. A mí me encanta contar historias escritas, es lo que más disfruto y es lo que menos paga.

Para él sus crónicas son fuente de felicidad. Escribir es un placer del que no quiere alejarse. Su vida periodística empezó en prensa escrita, en El Universal de Cartagena, después de estudiar en la Universidad Autónoma del Caribe. Se graduó en el año de 1985 cuando tenía 22 (nació en 1963 en Barranquilla) y todavía recuerda con cariño que la primera tarea que le impusieron sus jefes fue entrevistar a la Señorita Atlántico de la época.

- Me sentí un poco preocupado y amargado por el tema. ¿Qué he hecho en la vida para que me castiguen con esto? Me sentía víctima del universo que conspiraba contra mí para aplastarme... Cuando voy a la casa de la reina encuentro una mujer muy bella, con una pantalonetica muy breve... Me siento a la mesa y me ponen un sancocho opulento con todo el color, toda la lujuria y toda la grasa del trópico. Un sancocho que se desbordaba del plato y a ella le ponen una insípida ensalada de coles, una triste y mustia ensalada. En el almuerzo ella estuvo mirando hacia mi plato con interés y yo hacia el de ella con desdén. Y ví con claridad lo siguiente. Yo comía con la impunidad que me daba no estar preocupado por conservar una figura y ella era rehén de su belleza, para ella ser bella era una cárcel y por ahí enfoqué la nota. No sé si fue buena o mala, lo que quería era contar que en un tema aparentemente pequeño uno puede de pronto, encontrar la manera de pasársela bien.

Buscando nuevas alternativas para “pasársela bien” ejerciendo el periodismo, la televisión sedujo a Salcedo y él aprendió a seducir a través de ella. Fue el promotor de varios programas claves de la pantalla chica como “Vida de Barrio”, “Ese mar es mío” y “A pulso”, entre otros. Sin embargo la idea de no contar historias a través de las letras le roba brillo a sus ojos.

Este hombre alto, grueso y risueño, que puede quedarse durante horas encerrado en una librería sin musitar palabra, dejándose únicamente cautivar por las obras, explica sin que se le pregunte que en los últimos años uno de sus objetivos periodísticos ha sido el de “centrarme más en la crónica escrita, porque la televisión tiene el riesgo de tragárselo a uno. Me encanta, hago esa aclaración, pero no quiero verme el resto de mis días como un cronista de televisión”. Por eso es colaborador permanente de revistas como ElMalpensante y Soho, y es corresponsal para Colombia de la Revista Ecos de España.

El director de la revista Soho, Daniel Samper Ospina describe a Salcedo como “un periodista con mucho rigor a la hora de hacer reportería, de investigar. Tiene una capacidad claramente literaria de narrar eso que ha investigado con rigor, eso es lo que más me agrada”.

Sus alumnos también elogian su cátedra. En los últimos tiempos ha decidido apostarle a la academia (da clases en las universidades Javeriana y Sergio Arboleda). Desde allí puede retroalimentarse, sorprenderse y en su apartamento, ubicado al norte de Bogotá, sacarle tiempo a la escritura.

- Yo el tiempo pa’ escribir me lo he ganado a la brava. Mejor dicho, no puedo tener una disponibilidad total para escribir porque tengo que ganarme la vida, tengo la obligación de trabajar en televisión mientras se pueda porque eso me permite asegurar las cosas prácticas, cubrir las necesidades. Pero muchos de los que escribíamos o escribimos, en algún momento de la vida hemos tenido vínculos con la televisión, está el caso de Heriberto Fiorillo o de Antonio Morales, por nombrar algunos.

Crónicas a pie

Y mientras hacía para televisión “Vida de Barrio”, con el que ganó nada menos que el Premio de Periodismo Rey de España (1998) gracias al programa "A pie por El Cartucho", emitido en Señal Colombia, escribió sin prisa “De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho y otras crónicas”, su segundo libro. El primero lo publicó años atrás en compañía de uno de sus amigos periodistas, Jorge García Usta. Los dos, apasionados por la vida de los músicos populares, escribieron “Diez juglares en su patio” (1991).

“Hasta donde recuerdo –dice Jorge García-, cada quien comenzó a trabajar reportajes sobre músicos populares costeños por su cuenta, en El Universal, sacando el tiempo a la servidumbre diaria del trabajo periodístico de molienda. No recuerdo quién lo hizo primero, ni creo que importe mucho. En cuanto tuvimos un camino andado notamos que las visiones eran afines, que habíamos hecho una especie de gran crónica sobre la grandeza y la pesadumbre de ser músico en el Caribe colombiano. Y que en esos músicos, mejor que en otras figuras, la región tenía sus mejores modelos de ser, de resistir y de hacer parte de lo que ahora llamamos nación”.

El escritor Eduardo Galeano, no sólo disfrutó del libro sino que escribió sobre él lo siguiente: "Por mi oficio debo leer decenas de libros de testimonio que, a pesar del valor de su información, son textos que no poseen otra trascendencia. Pero este libro que he leído en Cartagena, ‘Diez juglares en su patio’, escrito por los periodistas colombianos Jorge García Usta y Alberto Salcedo Ramos, es, sin duda, una contribución importante al rescate de la memoria entrañable de esta tierra".

El periodista Juan Gossaín también se refirió a él de la siguiente manera: "Un día le dije a Salcedo que este libro para ellos dos, sus autores, más que una bendición, está condenado a convertirse en una maldición: tendrán que publicarlo toda la vida, una vez tras la otra, pero aumentándolo sin correcciones, al contrario de lo que aconsejaban las antiguas casas editoriales. Está escrito con periodismo y con poesía, que es la mezcla de la cual debería estar hecha la vida".

Fue después de escribir sobre “Juglares” cuando Salcedo le apostó a la televisión pero sin dejar de lado su apasionamiento por la escritura y en junio de 1999 presentó un nuevo texto, calificado como una muestra clara Periodismo Literario.

- El libro esta compuesto por historias que fui encontrando y que me fueron encontrando a mí. Como andaba tanto. Yo siempre he hecho periodismo a pie, como artesanal, como de frente a la gente, no sé si he andado mucho, no sé qué tanto he andado pero lo que he andado lo he andado a pie y así me he encontrado las historias. Y andando, haciendo “Vida de Barrio” recorrí todo el país y ahí aparecieron muchas historias que se convirtieron en el libro ese. ¿A qué horas las escribía? De noche o un día libre de la televisión se lo dedicaba al libro. No es fácil pero no me las voy a dar de mártir, porque no me siento torturado cuando lo hago, lo hago con gusto, lo que pasa es que no siempre lo puedo hacer porque el tiempo no está.

“De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho y otras crónicas” fue elegido por la Cámara Colombiana del Libro como el “Mejor Libro de Periodismo”, del 99, valga la redundancia. Luis Fernando Afanador escribió en esa época para la Revista Semana: “(...) El lector encontrará en todas las buenas crónicas de este libro: historias de vida, de gente anónima y golpeada que increíblemente no renuncia al duro oficio de vivir. Dolores, sueños, alegrías individuales y concretas: lo que siempre hemos reclamado que nos cuente un verdadero periodismo. Como lo hace este libro”.

Haber elegido el periodismo literario como su forma de expresión ha obligado a Alberto Salcedo como él mismo lo dice, a caminar a menudo sobre una cuerda floja. “Los escritores nos enrostran que no somos escritores y los periodistas nos acusan de no ser periodistas. A mí me parece una discusión bizantina, porque se trata de dos actividades que pueden convivir perfectamente, en la medida en que estén claras las reglas de juego, es decir, tú puedes escribir muy bonito pero tienes que darme la información que necesito como lector, o puedes ser un gran cazador de datos pero eso no excluye la necesidad de escribir con encanto”.

Y agrega: “Quisiera creer que cuando el escritor Albert Camus dijo que el periodismo es el oficio más bello del mundo, estaba pensando en la información como posibilidad narrativa”.

“El Viejo Mile”

Fue esa necesidad de escribir la que lo llevó a realizar una de sus mejores historias: “El Testamento del viejo Mile”, aplaudida en México, en la ceremonia de entrega de los Premios de Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano Cemex-FNPI 2004, que se realizó el 31 de agosto de 2004, en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey. De los 637 trabajos que se presentaron en la categoría de texto, el de Salcedo logró ubicarse como uno de los cinco finalistas.

La historia fue elogiada por el periodista francés Jean Francois Fogel y por la escritora puertorriqueña Mayra Montero, miembros del jurado. El primero aseguró que “El Testamento del viejo Mile es una pieza bellamente escrita, con una sorprendente armazón estructural”.

Mientras que Montero dijo: “Presente queda la socarrona resistencia que opone el viejo Mile a los tiempos que corren, efectivismo rebelde que declara: ‘No teníamos nada pero al mismo tiempo lo teníamos todo’. Habla sin pretensiones el viejo Mile, y sin embargo, nos pone y se pone en perspectiva: su mundo, tan luminoso, ha quedado atrás, y es obvio que para el autor de la entrevista, tirar del hilo de la memoria es también una forma intachable de combate”.

Sólo hay que nombrarle la historia para que de inmediato vuelva a aparecer una sonrisa en su rostro y recuerde sin detenerse, y con detalle, cómo llegó a ella, cómo la escribió y por qué la quiere tanto.

- Es muy complicado encontrar un trabajo que me haya hecho más feliz que ese, me hizo supremamente feliz. Emiliano Zuleta es un viejo que siempre se está riendo, que tiene el don de la risa. El don de reírse y de hacerte reír. Es un viejo que representa lo mejor de lo que somos nosotros como país. Cantó para alegrar su propia vida aún siendo un hombre anónimo. Cantó cuando nadie lo conocía. No se le quitaron las ganas de cantar porque nadie lo conociera. Eso me parece bello, ahí hay una lección. Y entrado en los ochenta y pico de años conoció la fama universal a través de la versión que Carlos Vives hizo de “La gota Fría”. Versión espléndida, hermosa. Y empezó a ganar dinero. Sólo en el primer año de la “Gota Fría” el viejo se ganó 400 millones de pesos, que él no los había visto en toda su vida. Nunca. La canción la grabaron después Paloma San Basilio, Plácido Domingo, Julio Iglesias, la Orquesta Sinfónica de Francia, pero lo bello del cuento es que cuando el viejo coge los 400 millones, cuando empieza su consagración merecidísima, no cambió, no se enfermó, no se agrandó y siguió en una montaña con un machete trabajando su tierra... Es un viejo tan formidable que no necesitó del papel para proteger sus canciones del olvido, como lo digo en la crónica. Él iba por el mundo cantando sus versos y esos versos sólo por ser cantados, sin que nadie los escribiera, se defendieron y perduraron en el tiempo. Eso me parece una maravilla.

Salcedo habla con tono jovial. No es para menos, durante una década tuvo el deseo insistente de escribir un trabajo sobre Emiliano Zuelta y un día, cuando acaba de terminar para Colombia la ilusión de ser grande en el Mundial de Fútbol 94, él se tropezó por casualidad en el aeropuerto ElDorado, con Zuleta.

- Fui al aeropuerto de Bogotá a esperar a mi papá que venía de viaje y me encontré con el viejo Emiliano que llegaba de Venezuela en compañía de Lorenzo Morales. Morales es el hombre con el cual el viejo se enfrentaba a verso. Fue el hombre que inspiró “La Gota Fría”: “...Morales mienta mi mama solamente pa’ ofender, pa’ que también se ofenda ahora le miento la de él”. En aquella época se odiaban; ahora son amigos y dan conciertos juntos, y hasta ganan dinero con sus peleas, una pelea que tiene cincuenta y pico de años, la pelea más rentable de la historia de Colombia. Este país que tanto se ha desangrado con peleas estúpidas se da el lujo de exhibir una pelea que no mató a nadie y al contrario ha producido riqueza, a mí me parece una putería de historia.

- Los ví y me le acerque al viejo Emiliano, hablé con él. Es extraño pero desde niño siempre he tenido una gran curiosidad por los juglares esos… Básicamente en la vida me he ocupado de personajes populares, algunos anónimos y otros conocidos, pero populares. Creo lo que dice Hemingway: “Escribe sobre lo que conoces”, y yo en la vida me he limitado a escribir sobre lo que conozco: boxeo, música popular, cultura popular y cuando digo conozco no lo hago de una manera pedante o como experto, lo conozco porque lo he vivido, más que por ser un erudito. Yo sé lo que es estar en un patio bajo un palo de mango a las cuatro de la madrugada en una parranda. Puedo contar eso porque he estado ahí.

Necesitó de cuatro encuentros para tener el material suficiente que le permitiera escribir sobre Emiliano Zuleta. “Entre el momento en que concebí la historia y el momento en que apareció publicada pasaron ocho años”, dice sorprendido. El primero fue en el aeropuerto de Bogotá; después decidió costearse un viaje hasta Urumita, el pueblo de La Guajita donde vivía el maestro y que es epicentro de su canción más famosa “La Gota Fría”. Más tarde lo acompañó cuando estuvo en la capital asistiendo a un concierto de homenaje, que se organizó en el teatro Jorge Eliécer Gaitán y finalmente lo visitó en Valledupar, cuando había cambiado su residencia luego de que los doctores le pusieran un marcapasos.

Tenía el material completo pero decidió dejarlo “engavetado”, como él dice o en reposo. Intentó escribir, sí, pero no le salió nada. Un año después le contaron que Zuleta había vuelto a hablar con Carmen Díaz, la mamá de Los Zuleta, la mujer que más quiso pero de la que terminó alejándose inevitablemente.

- Carmen Díaz enfermó y cumplió años, y el regalo que los hijos le dieron fue llevarle al viejo. Se lo llevaron, partieron una torta juntos, echaron un discurso, lloraron y tengo esa fiesta grabada. Cuando vi eso me senté a escribir en seguida y lo hice de chorro.

Tres meses pegado a su computador dieron como resultado 41 cuartillas que publicó sin miedo la revista ElMalpensante, en su edición número 36 (febrero 1 - marzo 15 del 2002). Confiesa que la historia era mucho más larga pero que él suele dejar enfriar sus escritos y luego hacerles una poda con ojo crítico.

- Siempre que escribo al final, impajaritablemente, me pregunto qué puedo quitarle a lo que he escrito. Uno al comienzo tiende a encariñarse con todo pero tiene que aprender a borrar. Una vez le escuché a Ernesto Sábato una frase tan certera que me pareció escalofriante, una sentencia maravillosa. Él decía: “No conozco un escritor por lo que escribe sino por lo que borra”. Dice que hay que aprender a aplicarse la tijera uno mismo. A podar la frondosidad, especialmente cuando es inútil.

Hay un corto silencio. Y como si pensara en voz alta, con el ceño fruncido, sentencia: “Estaba condenado a escribir esa historia”. La afirmación no suena como una carga sino como una declaración de alegría. Exaltado explica que no sólo el encuentro sorpresivo en el aeropuerto con Emiliano Zuleta o la reconciliación de éste con su primer amor se le atravesaron en el camino. En Argentina un botones del hotel donde se alojaba, cuando viajó a cubrir las elecciones presidenciales de 1995 para el Noticiero Mundo 3, le llevó un papel y un bolígrafo para que le copiara la letra de “La Gota Fría”.

- Para mí esa canción resume parte de lo que ha sido nuestro país, un país peleador, de conflictos, solo que en la época del viejo Emiliano se peleaba con versos y hoy, desgraciadamente, lo hacemos de otra forma. Sin que seamos tal vez muy concientes, nos hemos pasado la vida aplicando el estribillo de la canción: “me lleva él o me lo llevo yo, pa que se acabe la vaina”. Eso es lo que hacemos todo el tiempo, en la calle, en las filas del cine. Tal vez es eso lo que le permitió a la canción atravesar todo ese pantanal, todas las generaciones y mantenerse, y que ahora la cante un peladito de seis años.

Cuando Alberto habla lo hace con tanto ritmo que parece construyendo en voz alta una de sus crónicas. Tal vez, gran parte de su encanto es que cuando se leen sus escritos es fácil sentir que Salcedo está conversando con sus lectores con ese mismo apasionamiento.

De buen humor

Después de dos tintos y ningún cigarrillo (porque ese vicio ya fue desterrado de su vida) este barranquillero de voz gruesa y conciliadora, hijo de uno de los grandes periodistas del país -Andrés Salcedo-, todavía tiene energías, historias y sonrisas. El humor es uno de sus rasgos particulares. Rasgo que comparte con su padre y que está presente no sólo cuando habla sino cuando escribe.

- Creo que el humor es un recurso defensivo que uno utiliza para que le paren bolas. Todos los que buscamos el humor fuimos niños que queríamos que los adultos nos escucharan y hacíamos gracias, chistes, echábamos cuentos. El humor es parte esencial de la mirada de un cronista. Es más, yo creo que un atributo fundamental para contar buenas historias es tener humor. El humor te permite explorar la realidad, ver más allá de lo aparente o descubrir lo que ocurre en la vida cuando mezclas una cosa con otra, con la que aparentemente no tiene relación. Alfred Hickok decía que “el cine es la vida misma, pero sin los momentos aburridos”. A mí me gusta de vez en cuando robarle esa frase, para definir la crónica.

Mientras habla del humor Salcedo frunce el ceño. Está serio. Algo solemne. Pero el tono sobrio de su voz le dura poco. Continuamente tiene un apunte inteligente, una voz chistosa para recrear con mayor dinamismo sus relatos.

Este costeño, que golpea las palabras, se roba letras cuando habla, adora los domingos con fútbol y le gusta comer bien, aclara que un cronista no sólo debe saber utilizar bien el humor sino debe hacer buen uso de la literatura. Le ofenden sobre manera aquellos que encuentran en la retórica excesiva un recurso para seducir al lector.

- La retórica gratuita equivale a que usted ponga en televisión un personaje y se siente a conversar con él, y mientras él le dice cosas maravillosas la cámara está enfocada en una preciosa flor roja que está en la ventana. La postal es muy bonita pero no tiene nada que ver con el cuento. Entonces creo que la literatura no es sinónimo de postal ni de retórica barata, la literatura es un cierto tipo de belleza que tiene la realidad misma y que simplemente hay que encontrar, saber crear las atmósferas, saber hacer trascender lo que aparentemente es pequeño... El cronista debe ser capaz de hacer trascender lo cotidiano, lo común y corriente, ese es su gran reto.

Jorge García Usta, su amigo, asegura que Salcedo es “uno de los mejores escritores y periodistas colombianos actuales. Supongo que no le gustará lo de ‘escritor’, pero a mi parecer más que la cacareada narrativa actual, son los cronistas los que están renovando el lenguaje contemporáneo y construyendo la más profunda visión sobre el país. Lo otro es, en su mayoría, bullaranga mediática”.

En los últimos años este barranquillero ha logrado quedarse con tres Premios Nacionales de Periodismo Simón Bolívar. El último lo recibió en el 2003 en la categoría de Mejor Artículo Deportivo, con el trabajo “El árbitro que expulsó a Pelé”, publicado en la Revista Soho. También fue galardonado con el Premio al Mejor Documental en la II Jornada Iberoamericana de Televisión, celebrada en Cuba y tuvo el honor de ganar el Premio de Periodismo Rey de España.

Esto no es todo. Varios de sus escritos han sido incluidos en antologías nacionales e internacionales. Por ejemplo, la Universidad de Rütgers se interesó por su crónica "La víctima del paseo" y la publicó en su libro "Citizens of fear" (ciudadanías del miedo). La editorial alemana Spotlight Verlag incluyó "La niña más odiosa del mundo" en la antología "Amores". Trabajos suyos también aparecen en las antologías "Años de fuego" (de Editorial Planeta y la revista Semana), “Antología de Grandes Reportajes Colombianos” (Daniel Samper Pizano, Editorial Aguilar) y “Antología de Grandes Crónicas Colombianas” Tomo II (Daniel Samper Pizano, Editorial Aguilar). Estos reconocimientos hablan por sí solos y demuestran que su trabajo está dejando huella, como lo asegura Usta.

Samper Ospina, director de la Revista Soho, explica que Salcedo sabe combinar su talento profesional con sus calidades humanas. “Para mí, más que hacer reportajes lo que él hace es viajar al fondo de las cosas y de las personas, y esa manera de combinar el periodismo con la literatura se une a su calidez, a su sencillez y a su cultura”.

Alberto Salcedo Ramos no escribe por reconocimiento. No le interesa que en las calles la gente le pida autógrafos. No está esperando que alguien le de palmadas en la espalda felicitándolo por sus escritos. Ni si quiera le preocupa que sus alumnos no sepan que él ha ganado innumerables premios, ha hecho televisión o ha publicado en importantes revistas. Él como uno de sus juglares favoritos, el viejo Emiliano Zuleta, no deja de escribir cuando le falta el dinero o por que nadie le pida una historia. Escribe porque es una forma de vida. Porque es la mejor manera que conoce para alegrar su alma, para llenar su espíritu, para expresarse, para retratar lo que a diario le sorprende del mundo. Lo hace porque a través de sus crónicas puede robar sonrisas, conmover, maravillar y presentar imágenes e historias, que a veces pasan desapercibidas frente a los ojos de los lectores e inclusive, frente a los de otros cronistas.

Texto Katherine Moreno Sarmiento.
Fotos: Archivo Particular.

Disfrute de sus historias:
“El árbitro que expulsó a Pelé”
 
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