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| El aparato que nos cambió la vida
Colombia.com (6/15/2004)
: En los 50 años de la televisión colombiana, el diario virtual Cronopios, publica este artículo escrito por el periodista Ricardo Rondón. Un interesante recuerdo de la "caja mágica".
El aparato que nos cambió la vida
Eran los tiempos de El Llanero solitario, Los tres chiflados, Bonanza, Animalandia y Naturalia. Nostalgia en blanco y negro.
"Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro". (Groucho Marx).
Dicen que en esa épocas, cuando hacía menos miedo que ahora, y cuando Bogotá era apenas una aldea naciente, fría, con gente que deambulaba embutida en pesados sobretodos, sombreros y paraguas, las señoras dejaban quemar el arroz, y los cuellos almidonados de las camisas de sus maridos quedaban reducidos a un pegostre ocre y humeante como una bola de neme. Todo por culpa de la televisión.
Las señoras de hoy en día, que ya no son tan señoras como las de antes, todavía dejan quemar el prodigioso cereal, no tanto por culpa de la telenovela del medio día sino por la cantidad de aparatejos que se han inventado los alucinados cerebros de la informática.
En mis tiempos de adolescente, que florecieron por allá en la década de los 70's, la televisión era una idea ordenada de acuerdo al rendimiento académico, a horas estrictamente determinadas por el jefe de hogar, o en su ausencia, la ama de casa, a no ser del día domingo, que era el premio mayor a una semana productiva, regida por los cánones de la obediencia y de la buena urbanidad.
Hoy, ni obediencia ni buena urbanidad. Y menos control. O control, sí, pero el automático, que maneja a sus anchas un párvulo de 8 años, con el que viaja a su aire por más de 200 canales, en una maratón contra las leyes de la tolerancia y del equilibrio humano, donde se observa de todo: desde las películas más violentas y macabras de Arnold Shwarzzenneger, Silvester Stallone, Jean Claude Van Dame, Steven Seagal y Denis Rodman, hasta las últimas tendencias seudomasoquistas de los bares swingers que ofrecen al mejor postor el sexo cibernético.
En mi época, lo más violento que se veía eran las películas de vaqueros protagonizadas por John Wayne y James Dean, o Bonanza, con toda esa algarabía de indios apaches que dejaban una nube de polvareda con sus caballos, en sus trepidantes batallas a pelo por las agrestes praderas del Cañón del Colorado. Siempre ganaban los cowboys, y eso era lo que no me gustaba.
O el Llanero Solitario, mi héroe, ese enmascarado al que nunca le conocimos mujer ni amante, y que sospechosamente libraba sus gestas contra los forajidos de camino, con la complicidad de un indio llamado Toro.
Y Bat Masterson y Los Vengadores y las series inteligentes de Misión Imposible, y el detective McGarret de Hawai 5-0, con el que empezamos a descubrir la maldad del género humano, las tretas de los primeros narcotraficantes y contrabandistas, y esa lucha de poderes entre el bien y el mal, con la desafortunada moraleja de que el pez grande se come al chico, y que no hay remedio.
Por la televisión en blanco y negro que acostumbrábamos a encender a las cinco de la tarde después de haber hecho con juicio las tareas del día siguiente, nos soslayábamos con una de las series más bellas y divertidas de todos los tiempos, la de Los Beatles, en dibujos animados, con sus melenas rebeldes, sus pantalones entubados y sus boticas puntudas, y ese estribillo del ¡Yea, yea!, y el 'Let it be' y el 'Yelow submarine', que terminó alucinándonos el alma. ¿Se acuerdan? Ringo Star salía en camilla y vendado hasta la nariz, luego de sobrevivir a la trifulca de sus alocadas admiradoras.
O el humor de Los Tres Chiflados, tan ingenuos y tontos, pero espléndidos y maravillosos como nuestras primeras travesuras.
Cuando se apagaba el aparato aparecía un puntillo blanco en el centro, como un lánguido lucero, que era la señal patética de que la breve diversión había finalizado, y que como lo ordenaba el Teletigre, teníamos que disponernos a vestir el pijama, lavarnos los dientes, y seguir soñando, desde la oscuridad de nuestras cobijas, con esas fragorosas contiendas entre pistoleros y pielrrojas, con el anhelo perpetuo de que los vencedores por fin fueran los indios. Pero no había caso, siempre fuimos derrotados.
En un rincón privilegiado de la sala, de la alcoba, o en la sala de estar, el armatroste televisivo erigido sobre dos enormes patas, se instalaba como el electrodoméstico más preciado del hogar, el consentido. Era el centro familiar. Y el objeto del deseo de los vecinos que todavía no habían podido adquirirlo (los aprendices de agiotistas cobraban cinco centavos por cabeza de niño para acceder a la pantalla).
Diariamente le limpiábamos el polvo, le poníamos un peluche o una flor encima, o la tarjeta del Día de la Madre; lo mirábamos apagado, observábamos nuestro reflejo en la pantalla, y los más pequeñines de la casa lo auscultaban por detrás con la ingenua convicción de que allí pernoctaba esa tropa
de galanes y de mujeres hermosas que de la noche a la mañana habían cautivado a nuestras mamás.
Fue entonces cuando descubrimos que teníamos alma y que las lágrimas las producía una proteína llamada catecolamina, y que ésta se activaba con las emociones del corazón, cuando deseábamos la chica improbable y no éramos correspondidos, o cuando lográbamos conquistarla y de repente se desaparecía sin motivos, o nos dejaba por otro. Así empezamos a interpretar el esquivo sentimiento del amor y el universo indescifrable de su tragicomedia, visto desde el ángulo romanticón de la telenovela.
Vimos a nuestras madres llorar como Magdalenas, capítulo a capítulo con Simplemente María, Natacha, Destino, la ciudad, Un largo camino, El diario de una enfermera, y con el correr de los años, La tregua, Pero sigo siendo el rey, San Tropel, Caballo Viejo, En cuerpo ajeno, Café, hasta Yo soy Betty la fea, esa telenovela que paralizó todo un país, con los mismos efectos de una fiebre macondiana.
Aprendimos a ser devotos con El Minuto de Dios. Aún sobrevive la cruz de palo de café que respaldaba el mensaje diario del Padre Rafael García Herreros, primero, con su solemne sotana, después, casi que de paisano, con su eterna ruana blanca, sorteando entre salmos la caridad de un país que siempre ha sido caritativo, y con su Banquete del Millón con el que levantó tantos techos para los más indefensos.
De los recuerdos más generosos que tengo de la televisión en blanco y negro -en mi modesto parecer la mejor de todos los tiempos- conservo en la memoria uno de los programas más divertidos y aleccionadores de la franja familiar: el de Animalandia, cuando Pacheco entre semana hacía de torero, de bombero, de paracaidista, y los domingos se desplazaba a los estudios del Can para abrirle el portón grande de la lúdica a los niños de la gran ciudad, con la llave maestra de su genio improvisador, su calidez humana, su amor y ternura por los animales.
Desfilaban por el set con sus pantalones bombachos, sus tirantes, sus camisas pepiadas y sus enormes zapatos: 'Bebé', 'Tuerquita' y 'Pernito', que repartían dulces y premios de consolación, mientras a uno se le salía el corazón cuando el propio Pacheco tomaba entre sus manos nuestra mascota ganadora, y nos llamaba a su lado para que nos enfocara la cámara.
-¡Te vimos en televisión!-, exclamaban alarmadas nuestras tías chapinerunas, y nosotros no nos cambiábamos por nadie. Habíamos cumplido nuestro sueño: salir con Pacheco.
Naturalia fue vital y poderosa para pasar en limpio Geografía y Ciencias Naturales. Confieso que Gloria Valencia de Castaño fue mi mejor maestra en el aprendizaje de botánica y zoología. En los escasos libros de estas áreas, nunca había visto un mandril ni un gorila de Borneo, ni mucho menos un marsupial, y eso de los cocodrilos, las hienas y los tigres de Bengala, nos parecía una ficción más de Julio Verne o de los Hermanos Grimm.
Luego, aprovechando la coyuntura de Naturalia -el programa bandera de la televisión-, una firma de chocolates se las ingenió para lanzar un extraordinario álbum de monas de animales y plantas que coleccionábamos aplicadamente, y que quien escribe esto guardaba celoso debajo del colchón. Eran otro tipo de caramelos (así les llamábamos), totalmente opuesto a las figuras infernales que se inventó la monstruosa industria japonesa con sus íconos depredadores y apocalípticos como Pokemón, los Power Rangers, las Tortugas Ninjas, Yugi Oh, y todos esos esperpentos que ahora coleccionan nuestros hijos.
Y los musicales. Quienes crecimos en la otra orilla de la sensibilidad artística, no nos perdíamos los espacios donde nacieron las consagradas figuras del espectáculo criollo: El Club del Clan y Claudia de Colombia; Espectaculares Jes y Oscar Golden, Harold, Billy Pontoni, Jesús David Quintana; El Show de Jimmy y su Onda 3, Tierra Colombiana, con Eucario Bermúdez; Embajadores de la Música Colombiana y El Show de las Estrellas, de la mano de ese guerrero imparable llamado Jorge Barón, una suerte de Aquiles, un verdadero Barón, y uno de los inderrotables de la crisis económica que, como una plaga exterminadora, acabó con numerosos espacios.
Hoy observo a mi hijo frente a su televisor de 56 canales, aferrado al control, con los otros controles de ese otro fabuloso aparato llamado 'Play station', y me pregunto si valió la pena haber avanzado tanto; si es verdad que el desaforado avance de la tecnología nos aniquila, nos individualiza, nos intimida, nos somete; si ese gigante de la globalización y su compinche el marketing nos ha convertido en una decadente tribu de autistas, esclavos de la publicidad y el consumismo; si en definitiva todo tiempo pasado fue mejor.
Por favor, no me tilden de anacrónico ni pesimista. Es que yo prefiero seguir cabalgando en Plata, el corcel amado del justiciero Llanero Solitario. Y todavía abrigo la utopía de que un día, no muy lejano, ganarán por fin los indios.
* Ricardo Rondón Ch., periodista colombiano, editor cultural del diario El Espacio, de Bogotá. |
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