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El lúcido José de Portugal

Colombia.com (12/11/2004) : Otra vez en Colombia uno de los grandes hombres de los siglos XX y XXI: José Saramago, Premio Nobel de Literatura 1998, quien vino para presentar su más reciente novela: Ensayo sobre la lucidez, de Alfaguara. Habló del peligroso Bush (“el hombre más mentiroso del mundo”, según él) quien estuvo ayer en Cartagena. Homenajeó a los maestros colombianos, a quienes llamó los auténticos héroes de nuestro tiempo. Se reunió en rueda de prensa con los reporteros y de nuevo atizó el fuego de los grandes temas contemporáneos. Cronopios recordó aquella vez que en charla con el autor del Cerco de Lisboa y La caverna, entre muchas otras obras maestras, habló de su niñez y de recuerdos por los que casi nunca preguntan sus perseguidores cotidianos. El reportaje original se hizo en 2001, durante la anterior visita de Saramago a Colombia. Lo repetimos por palpitante y vigente.

Texto: Ignacio Ramírez (Director de Cronopios)*

Parece que no le quedara bien a un marxista confeso hablar de una estrella de la infancia que de alguna manera se relaciona con la estrella de Belén, que guió a los reyes magos en el camino a la cuna de Jesús. A José Saramago, el escritor portugués, autor de numerosos libros de enorme éxito y repercusión mundial, le ocurre, con una pequeña diferencia: es, en efecto, un mago, pero de las palabras; la estrella es el vivo y permanente recuerdo de su infancia y la orientación para la búsqueda, no fue para el hallazgo del hijo de María y José, sino de otro polémico redentor de la humanidad: el libro.

En una maratón incontenible que persiguió sin tregua al autor del Evangelio según Jesucristo durante su rauda visita a Bogotá para presentar su más reciente novela, auditores y periodistas, críticos y curiosos solo le prestaron atención al insistente izquierdista que alela a muchedumbres con el prodigio de su elocuencia, que por supuesto agita los temas actuales del neoliberalismo, la globalización, el consumismo, los supermercados, los códigos de metamorfosis naturales que se producen en el encuentro de milenios como el que ahora andamos, pero que también recalca la necesidad de acceder al mundo de los libros, "donde todo nos espera".

En Bogotá, en una súbita rendija de tiempo encontrado para hablar de la importancia del libro, Saramago hizo una hermosa evocación de su infancia y de los elementos y avatares en su destino de escritor. A eso ningún comentarista le prestó atención; y en esa indiferencia frente al otro yo de Saramago, parece que "los árboles no dejaron ver el bosque". Sólo la HJCK, el mundo en Bogotá, una emisora que lleva 50 años promoviendo la cultura, le dedicó un espacio breve en su edición especial de los domingos.

Con esa música de fado -mezcla de saudade con alegría- que identifica a la charla de los portugueses que hablan bien el español, José Saramago se mostró muy orgulloso de provenir del más agreste campo de su tierra lusitana: "de un pueblo de gente sencilla", dijo, y recalcó el inmenso capital humano que mora en el espíritu de los campesinos, especialmente de aquellos que pasan la vida en los pueblos anónimos cuyos nombres casi nadie conoce y a veces ni figuran en los mapas.

Dedos en las llagas

"Todos analfabetos, pastores, elementales y buenos", según dijo levantando levemente las manos hasta tocarse con ellas la frente, en un ademán de aquellos que todos los seres humanos acostumbramos cuando sentimos que fluyen los recuerdos.

Habló entonces de los inmigrantes, los desplazados, esos seres acosados por la miseria o perseguidos por la indiferencia de los gobiernos, deslumbrados a veces por las luces de la ciudad, pero siempre vacíos de lugar, porque los campesinos son la misma tierra, en cualquier sitio del mundo. Sus campesinos portugueses. Nuestros desplazados campesinos colombianos.

"Mis padres se fueron a Lisboa, emigraron de la aldea a la capital. Y yo tuve, hasta la edad adulta, una relación muy fuerte, muy intensa, con el campo. Y por eso comprendo a la gente que se queda sin nada cuando por cualquier razón tiene que irse".

En Colombia, país de desplazados, de territorios evacuados para la "distensión" que se convierte en la tensión del desgobernado pueblo, esas palabras hubiesen podido calar más que sus disertaciones una y mil veces repetidas acerca de la globalización o de los otros fenómenos posmodernos que vendrán con su pan bajo el brazo, como ha ocurrido siempre en los vericuetos de la historia. Pero no. Nadie prestó atención al significado de semejantes dedos en las llagas.

Deberíamos recordar, por ejemplo, cuando en México, en 1998, año en el cual le concedieron el Nobel, un vocero oficial mexicano le advirtió al novelista radicado en las "tierras" volcánicas de Lanzarote, España: "que se limite a hablar sobre cuestiones específicas de literatura." Y agregó después: " se mantenga dentro de las leyes de México, tierra en la que responderá muchas preguntas, para que no tenga problemas". Aquí, en situación por lo menos similar, pero de todas formas más aguda por el fragor de la guerra, nadie tuvo en cuenta el poder político del personaje, de quien los medios simplemente destacaron su visualización de la aldea global que quisiera detener y cuyas claves y símbolos palpitantes en sus confesiones personales, al parecer nadie advierte.

El mecánico que se nobelizó

En Bogotá, Saramago repitió que los más fuertes y trascendentales recuerdos de su vida son los relacionados con el tiempo en que permaneció en la aldea. Y aunque es en apariencia un hombre citadino, la energía que proyecta cuando se refiere a ella es como si le produjera una instantánea transformación del alma. Ese hombre circunspecto, rígido, de muy seria apariencia, que acepta repetir conferencias, aburridas y fatigosas sesiones de firma de sus libros o enfrentarse a nubes de reporteros que siempre le preguntan lo mismo, de verdad se transfigura en un niño cuando habla, por ejemplo, del tiempo que vivió con sus abuelos en la campiña portuguesa y menciona su destino como algo que aún no comprende bien.

"Porque en mi casa no había ni siquiera un libro y porque además, como ya lo señalé, los habitantes de mi pueblo no sabían leer". Se siente afortunado de haber hecho la primaria y accedido al Liceo (el bachillerato), pero cuenta asimismo que nunca pudo asistir a la universidad, "por pura pobreza", porque los campesinos nunca tienen más que la comida que les da la tierra.

"Finalmente, me quedé con una preparación técnica, de mecánico". Y todo eso ocurría en la casa de sus padres, donde no había ni un libro y donde Saramago aprendió a leer prestando atención a las formas como las letras configuraban palabras en los escasos periódicos que llegaban al villorrio o preguntando en qué consistían los misterios de la lectura a las pocas personas que los conocían, así fuera de manera superficial.

"Así aprendí a leer como a los siete años. Y luego, cuando tenía 16, ya en la ciudad, descubrí las bibliotecas, que me inspiraron natural respeto y reverencia. Y en ellas me quedaba todo el día y hasta la hora de la noche en que estuvieran abiertas y me fuera permitido permanecer allí. Era habitual que no entendiera nada, pero no me importaba, porque sabía que estaba en un proceso que había de llevarme a desentrañar un enigma. Aunque no entendiera, me gustaba estar en ese continente prohibido. Me sentía un navegador por el océano del libro, donde todo era nuevo, donde se me provocaba la sed del conocimiento, que es una sed extraña porque aunque no se calma nunca, tampoco mortifica".

Los primeros libros que tuvo Saramago, entre 10 y 15, según recalca, "pude adquirirlos con dinero ajeno. Un amigo que me llevaba como veinte años, me lo prestó, viendo el afán que yo tenía por sentirme dueño de algún volumen, de algún título. Esa fue mi primera biblioteca, la mejor, la más querida. Hoy, que poseo tantos libros que compro, que me regalan y que me llegan, aquella biblioteca sigue siendo mi preferida. No me pregunten cuáles libros eran. Eran libros, es todo. En cambio, sí recuerdo cómo miraba casi con reverencia los catálogos que encontraba y cuyos títulos anunciados no podía adquirir. Y comenzaba entonces la aventura que yo ni siquiera sabía que estaba viviendo. Por eso ni siquiera ahora me explico cómo fue aquello de haberme hecho escritor cuando yo lo que quería era leer. Mi vida era ser mecánico todo el tiempo del día y en cada oportunidad, incluyendo el tiempo que debía al sueño, pasar las noches leyendo, levantarme y volver a leer. Nada extraordinario".

Monólogo de los de afuera

Ni los dos mil colombianos que se acomodaron la noche del jueves 22 de febrero del año 2001 en las butacas del teatro Jorge Eliécer Gaitán de Bogotá, ni los mil que no pudieron entrar porque ya no cabían, pero que de todas maneras permanecieron todo el tiempo a las puertas del teatro, como si tuvieran la esperanza de ver y oír a través de los muros, se enteraron de las evocaciones que de la infancia y de los libros, del campo y la ciudad, los miserables desplazados y los civilizados ricos que aquí les hemos relatado.

Allí, frente al teatro, ocurrió lo que siempre sucede en el corazón de las multitudes. La gente vociferó contra los administradores de la sala, que no sabían cómo multiplicar las sillas ni impedir que escribieran grafitis a veces ofensivos, a veces cómicos y a veces airados sobre los muros de los alrededores.

Era una noche de fuerte aguacero bogotano, pero tampoco importó mucho a quienes no querían perder la ocasión de darle la mano, pedirle un autógrafo, escuchar o siquiera ver de lejos a la luminaria de la literatura. Sirvió, eso sí, para escuchar los más antagónicos conceptos acerca del arte de vivir de las palabras: "Saramago es un mago" dijo una muchacha con abrigo de piel, que aseguraba haber estado en Estocolmo la noche de la "coronación" del escritor. "Yo lo adoro porque habla muy bello", afirmó Guillermo Castellanos, un joven estilista que peina a las señoras bien del norte de Bogotá y que además tiene fama de ser un gran lector, "Yo en cambio lo detesto por mamerto" aseguró Stella Pinilla, estudiante de sicología de la Universidad Católica de Bogotá, "pero vine a verlo para analizarlo"; "A mí me da tristeza habérmelo perdido por llegar tan tarde" repetía una señora que llevaba en la mano un ejemplar de La caverna. Tenía la ilusión de al menos lograr que el escritor portugués se lo firmara a la salida, "mientras pasa este monólogo de los de afuera".

Adentro, Saramago tenía con la boca abierta a los afortunados que lograron entrar. Sus palabras les conmovían de tal manera, que mirar a sus rostros semejaba imágenes propias de los conciertos, cuando la gente tiene muchas ganas de aplaudir pero no puede porque no han llegado a su final y el protocolo impide interrumpir el éxtasis.

El discurso contra la globalización, la escenificación de la vida en los supermercados, el fuego fatuo visible por los lados del neoliberalismo y todas esas pequeñas cosas que en el empate de los milenios son la vida, eran el tema del Señor de Portugal. Con él, fulgía su estrella.

Señas de identidad

La literatura en lengua portuguesa -en sus diversas modalidades: portuguesa, brasileña y portuguesa africana- presenta hoy aspectos de inusitada novedad y propuestas muy válidas para la narrativa del siglo XXI. La riqueza y diversidad de ambientes reflejados en estas narrativas, junto con la plasticidad idiomática que se manifiesta en formas dialectales de especial riqueza, hacen de la literatura creada en lengua portuguesa una de las más sorprendentes y cargadas de novedad en el mundo actual.

La figura de José Saramago -nominado un año tras otro para el Premio Nobel de Literatura, y el escritor portugués de mayor proyección fuera de las fronteras de su país- es testimonio de esta creatividad idiomática, riqueza y variedad de temas que caracterizan a la narrativa portuguesa de hoy.

José Saramago nació en 1922 en una aldea de Ribetejo, en el Portugal profundo, en una familia de labradores y artesanos. Su carrera literaria se inicia en 1947. Trabajaba entonces como administrativo en una Caja de Pensiones. Había terminado en 1939 sus estudios medios y, por dificultades económicas, no pudo proseguir los universitarios, como nos lo cuenta en el reportaje de CRONOPIOS. Posteriormente trabajó como traductor, asesor editorial, corrector y periodista. Publica algunos libros que anticipan lo que va a ser su obra fundamental a partir de 1975. José Saramago, entonces ya notable periodista y militante conocido en el PC portugués, se quedó sin trabajo -paradójicamente con el triunfo de la Revolución o, por mejor decir, de la posrevolución. Fue entonces cuando se convirtió en escritor profesional.

La novela Manual de Pintura y Caligrafía(1977), obtiene un gran éxito de público y de crítica, pero es Levantado do Chao (Alzado del suelo) la obra en que revela Saramago su madurez estilística. Obra de denuncia social centrada en la represión salazarista contra los campesinos y los sindicatos agrarios, muestra la emergencia de un gran escritor y su constante compromiso con los oprimidos.

Seguirán luego Memorial do Convento (1982), Io da morte de Ricardo Reis (1984), A Jangada de pedra(1986), fábula en la que el autor plantea sus dudas sobre la Unión Europea y propone una vinculación de la Península Ibérica a su área natural de integración: a África y América. Historia do cerco de Lisboa (1989) y Evangelio según Jesucristo, (1991), esta última rodeada de una escandalosa polémica, obtienen premios relevantes en todos los países donde fueron publicadas y revelan a Saramago como uno de los narradores más interesantes y comprometidos de la literatura europea de todos los tiempos.

El hombre duplicado y este Ensayo sobre la lucidez, mediaron entre 2001, cuando se hizo originalmente este reportaje, y hoy, 2004, cuando Saramago ya más que duplicado es automultiplicado permanente, por su palabra, y por su lucidez, que fulgura entre tanta nadería contemporánea.

Con información del Diario Virtual Cronopios.
* Ignacio Ramírez, periodista colombiano, director de Cronopios.


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