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Distintos
personajes de la economía en el mundo han visto con
preocupación cómo las políticas del FMI han impactado
de forma negativa el desarrollo social y humano de las
naciones donde ha promovido su recetario salvador. Indicadores
gordos y niños hambrientos, podría ser la conclusión
que se saca luego de estas apreciaciones.
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EL
DESASTROSO ELIXIR DEL FMI
(Editorial
publicada en el Wall Street Journal el 8 de mayo del
2000)
Steve H. Hanke
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El
Jefe de Prensa del FMI, Thomas C. Dawson, respondió a su editorial
del día 19 de abril, titulada "Crecimiento Desequilibrado"
con una Carta al Editor incompleta y a la vez ilusoria. El
señor Dawson evitó referirse a las principales acusaciones
expresadas en la editorial, principalmente que "los consejos
sobre manejo de tipo de cambio habitualmente han multiplicado
los problemas de los países pobres" y que la Crisis Asiática
comprueba ese punto. Desafortunadamente, la editorial falló
en sostener sus puntos con evidencias.
El Baht tailandés colapsó el 2 de julio de 1999 y el sudeste
asiático entró en una debacle económica. No pasó demasiado
tiempo para que apareciera el FMI al rescate, premunido de
un supuesto elixir: los tipos de cambio flotantes. Con la
excepción de Honk Kong que rige su moneda con un sistema de
Caja de Conversión y un tipo de cambio fijo, los países de
la región permitieron que sus monedas flotaran. ¡Y claro que
flotaron, pero hacia abajo! Desde fines de 1966 hasta diciembre
de 1999, la Rupiah indonesa perdió algo más de un 66% de su
valor relativo al dólar. Los otros "flotadores" también sufrieron
sendas devaluaciones. Estas variaron de casi un 26% en Corea
del Sur a cerca de un 33.5% en Malasia.
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Dinero,
dinero...pero para quien, y a costa de quién
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El
desastre acarreado por estas devaluaciones puede medirse por
el cambio en el PIB per cápita medido en dólares. En el período
cubierto entre 1996 a 1999, el daño fue mayor en Indonesia
(- 35.5%), el país que sufrió la mayor devaluación, y menor
en Corea del Sur (-18.4%), en donde se llevó a cabo la devaluación
menos extrema. El panorama no es de lo más auspicioso.
Eso
no es todo. Las devaluaciones afectan en forma desproporcionada
a los pobres. En Indonesia, por ejemplo, los aumentos en los
precios que siguieron la devaluación masiva de la Rupiah afectaron
mucho más fuerte a los pobres, particularmente a aquellos
que viven en zonas urbanas. Esta cara poco conocida de este
tipo de medidas se muestra contraria al convencionalismo que
plantea que los pobres vivirían en una indigencia tal, que
estarían aislados de los shocks devaluadores.
¿Y cómo anduvo Hong Kong, el marginado? Hong Kong, con su
sistema de Caja de Conversión, no devaluó su moneda. En consecuencia,
fue capaz de mitigar el daño de la tormenta. En el período
de 1996-1999, su PIB per cápita calló en forma considerablemente
menor que la de sus vecinos (-5.6%).
Y como si la omisión anterior no fuera lo suficientemente
terrible, el señor Dawson confunde a los lectores al invocar
al premio Nobel de este año, Robert Mundell y su trabajo sobre
la "trinidad imposible". Pero lo que el señor Dawson omite
son las conclusiones del señor Mundell. El señor Mundell ha
sido partidario en varias ocasiones de las Caja de Conversión
y los tipos de cambio fijo, no los flotantes, para todos los
países con economías emergentes (ver "Amenaza a la Prosperidad",
The Wall Street Journal, 30 de marzo del 2000), contrariando
así las implicaciones del señor Dawson.
Esto es sólo el par de la cancha. EL FMI siempre tiene la
razón, incluso cuando las cosas salen mal, como generalmente
ocurre. Al respecto, el FMI tiene mucho en común con el pedante
General Prusiano Phull, quien, estando al servicio del Zar
de Rusia en 1812, habría ganado todas las batallas que perdió
si sólo sus tropas hubiesen seguido sus tácticas y estrategias.
El razonamiento rápido y suelto del General Phull fue inmortalizado
por Tolstoi en "La Guerra y la Paz". El señor Dawson también
tiene la misión de justificar al FMI, pero debería evitar
la deshonestidad intelectual.
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