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Recojo
dos lecciones:
1. La política fiscal debe estar al servicio
de las necesidades de la economía, y no
al revés. La disciplina fiscal no significa
trazar metas imposibles.
2. La suscripción de acuerdos con organismos
internacionales no supone, inevitablemente, renunciar
a la defensa de los intereses económicos
nacionales.
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Se
anuncia que el gobierno nacional y el FMI acordaron
nuevas metas, más altas, de déficit
fiscal para este y los próximos años.
Si ello es cierto, significaría un viraje
en la orientación de la política fiscal
colombiana. Por largo tiempo, el diagnóstico
oficial se redujo al lema: "El déficit
fiscal es la causa de la recesión, así
que la eliminación de la causa hace desaparecer
el efecto". Por eso, el gobierno se dedicó
a conseguir el llamado ajuste fiscal, con resultados
totalmente nocivos para el empleo y los ingresos.
Lo importante era alcanzar la meta de déficit,
al margen de lo que sucediera con la economía.
El medio se convirtió en el fin.
Mi propósito es darle un claro contenido
social a la política económica. Ello
no significa desconocer las leyes económicas
y la dura realidad de las restricciones presupuestales.
El cuantioso déficit del gobierno nacional
ha puesto a la economía colombiana en una
situación muy vulnerable. Los faltantes se
financian con deuda, y cuanto mayores sean los desequilibrios,
más dependemos de los prestamistas y de la
confianza que tengan en nuestra capacidad de pago
futura.
Las tasas de interés se ven presionadas al
alza por las crecientes demandas de recursos financieros
por parte del Estado, lo cual afecta los planes
de inversión privada. El pago de intereses
de la deuda pública se convierte en una pesada
carga para el presupuesto nacional. Claro que es
mejor tener responsabilidad fiscal que no tenerla.
Pero ser responsable no equivale a ser ingenuo.
La falla del gobierno en los últimos años
consistió en que solo tuvo en cuenta los
efectos del déficit fiscal sobre el comportamiento
de la actividad económica, ignorando sus
efectos en la dirección opuesta. Una recesión
como la vivida en Colombia a finales del siglo XX,
de la que no nos hemos recuperado, golpea los bolsillos
de los contribuyentes y reduce los ingresos del
fisco. El déficit fiscal termina creciendo.
Aumentar la carga tributaria y recortar el gasto
público, especialmente si se hace de manera
abrupta, como se intentó hacer a comienzos
de la administración Pastrana, es, en condiciones
de recesión, nadar contra la corriente.
La meta de crecimiento económico para 2001
era inicialmente de 4%, en tanto que la meta del
déficit del sector público no financiero
era (y todavía es) de 2,5% del PIB (4,2%
del PIB en el caso del gobierno nacional). Por desgracia,
la economía se expandirá a un ritmo
inferior al esperado. La nueva meta de crecimiento
del PIB fijada por el gobierno es de 2,4%. La tentación
hubiera sido mantener inalterada la meta de déficit
fiscal, como si nada hubiera pasado con la actividad
económica, repitiendo la experiencia de 1999.
Esta vez al parecer se va a resistir la ingenua
tentación. El FMI ha aceptado que un menor
crecimiento de la economía requiere un déficit
fiscal mayor que el inicialmente programado.
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