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El
Hojarasquín del
Monte
Se alimenta
de flores y de bayas doradas
de los bosques prdeundos.
Tronco de guayacán
con cabeza de hombre cubierta
de chamizos y salvajina,
el deicio del hojarasquín
es cuidar el bosque y
los animales selváticos.
Atento al chillido de
las golondrinas en los
farallones del río,
sabe cuando se acerca
el depredador de la flora
y cuando debe auxiliar
al sabanero, anhelante
víctima de los
perros del cazador. Amante
de los vuelos, el Hojarasquín
algunas veces se cansa
de ser árbol y
entonces disputa con los
loros, intenta saltar
con los venados en las
tardes de sol.
Los campesinos
saben de estos movimientos
por la algarabía
de los arrendajos y pájaros
tijeras, por la inmensa
batahola de los samanes
con el viento. Amo de
las hojas y el rumor de
las aves en las montañas,
el Hojaraquín muere
cuando hay talas o destrucción
de los montes. En forma
de tronco seco, permanece
oculto hasta cuando resurge
la floresta.
Los Duendes
Son enemigos del orden
y la domesticidad: donde
quiera que exita una casa
hermosa y un maniático
del orden y el trabajo,
allí aparecen los
duendes, estos pequeños
hombre vestidos de trajes
de hojas verdes y rojas,
cubiertos de sombreros,
como inmensos hongos de
maldad. Se suben a los
techos y construyen grandes
aposentos de paja y huesos
de mirlas. Amigos del
sabotaje y el enredo,
inician entonces desde
allí la debacle,
la burla maligna: esconden
las escobas y los zapatos
y ríen en la medianoche.
Pero su disparate mayor
consiste en apedrear los
techos, en desatar verdaderas
tormentas de piedra que
provocan espanto.
Grandes
cabalgadores de pájaros,
los Duendes se divierten
oteando las estrellas
sobre las hojas de los
yarumos, jugando al trampolín
entre los guaduales. Pero
la diversión mayor
está en perturbar
a las doncellas. Les arrojan,
en el sueño, terrones
de cal, manchan los vestidos,
las persiguen y si están
enamorados pueden llegar
al acoso obseno y el ultraje.
Aunque algunas noches
se apaciguan y con flautas
y tiples entonan canciones
dulces y lejanas.
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