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La
Llorona
Entre
los cafetales y los yarumos,
en las noches de luna
llena, se escucha el grito
de la Llorona. De rostro
cadavérico, cubierta
de harapos pringados por
la lluvia y el sol, la
Llorona alguna vez fue
una mujer hermosa de ojos
audaces que enloquecía
a los hombres de los pueblos
con su cuerpo de acróbata
del placer. Ahora, desprovista
de esplendor, deambula
sin sosiego por las veredas,
atormentada por la culpa
del crimen y los delirios
de una madre que cree
llevar entre los brazos
a un niño imposible.
Plañidera,
diosa de los tábanos
y el desconsuelo, la Llorona
como algunas aves de la
espesura, jamás
cesa en su canto fúnebre;
aunque, intente olvidarlo,
atraída por el
silencio de las cañadas,
por el tejido invisible
de las mariposas en el
aire de los ríos.
Algunas noches, incluso
lo intenta, rodando las
ventanas de las aldeas.
Allí se detiene,
perdida en el dolor y
la sombra, mientras escucha
las guitarras, las voces
que con aroma de aguardiente
y tabaco ahuyentan el
alba.
Dama
de hiel, vagabunda del
alarido, la Llorona tiene
cualidad de espejismo.
Algunos, la han contemplado
con el lamento infanticida,
bella como antes del maleficio.
Otros, con el rostro de
calavera, los ojos ardientes,
el pelo alborotado y el
quejido que sacude la
montaña. Cualquiera
que sea la aparición,
nadie desea ver a la Llorona.
Basta con reconocer el
olor, el grito desesperado,
para saber que algo terrible
se esconde en la maleza.
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