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UN
DELITO CULTURAL
Corría el siglo
XVI, en aquel entonces América era de interés
europeo gracias a la riqueza que pasaba inadvertida
entre los antepasados que habitaron en éste,
el denominado "nuevo continente". Viajeros,
misioneros, científicos y ladrones atraídos
por la inexplorada y joven América, iniciaron
con la larga historia del saqueo de objetos autóctonos
y tradicionales de estos pueblos, conocidos como bienes
culturales, y que siglos después, este tipo de
actos son considerados como delitos, que lo convierten
hoy, en la tercer actividad de tráfico ilegal
en el país, después de los estupefacientes
y las armas.
Lucrarse de la compra
y venta de bienes pertenecientes al patrimonio cultural,
que son la memoria de la historia de los antepasados
colombianos y los mismos americanos, es un delito que
aunque está plasmado en la Constitución
Nacional, (art. 72), no es reconocido como tal, teniendo
en cuenta que las raíces de este ilícito
están sembradas en los mismos antepasados y hoy
se convierten en un problema cultural.
En época de conquista
hacia América llegaron numerosas expediciones
con el propósito de encontrar esas abundantes
riquezas: fueron llevadas esculturas, oro, objetos artesanales,
y además, removieron montículos y lugares
claves que arqueólogos de generaciones posteriores
no pudieron explorar a cabalidad.
Lucrarse con este tipo
de "negocio" no se quedó en la conquista.
El denominado "guaqueo" tiene un capítulo
importante en la historia de los países suramericanos;
Colombia ha vivido la tradición de buscar tesoros
escondidos, incluso, sobre ello se han recreado historias
que han pasado de generaciones en generaciones y que
hoy son mitos y leyendas, de las cuales se han alimentado,
en buena medida, la literatura nacional.
Por décadas,
en Europa, los aventureros que llegaban a las nuevas
tierras, por fama y riqueza, traían consigo la
esperanza de hallar "El Dorado", sumergido
en una inmensa y profunda laguna que por mucho tiempo,
los aborígenes rendían culto a sus dioses
con ofrendas en oro y demás objetos de gran valor
para los recién llegados del Viejo Continente.
Esta historia motivó a muchos a aventurarse,
sin encontrar el valioso tesoro. "El dorado",
se convirtió en una leyenda que llegó
intacta a nuestros días.
La tradición
de la "guaquería", no se ha perdido
y actualmente aún se ven familias y comunidades
en varias regiones de Colombia que viven de la búsqueda,
compra y venta de elementos antiguos, que llaman la
atención de extranjeros, y de personas que han
convertido este "negocio" milenario en una
modalidad de tráfico que le deja millonarias
ganancias a redes aún no establecidas, que pone
en peligro la memoria de un país, en este caso
Colombia.
Por desconocimiento
de las leyes, la falta de concientización y la
misma forma de vida, es común ver en regiones,
tales como el eje cafetero, Villa de Leyva, San Agustín
entre otras, ventas al mejor postor de este tipo de
objetos, que permitirían alimentar los datos
existentes sobre las costumbres de los antepasados.
Irónicamente
museos lograron tener sus colecciones adquiriendo de
forma ilícita las piezas patrimoniales. En el
siglo XX muchos lugares de Colombia y de América,
fueron víctimas del saqueo organizado por los
mismos museos europeos que pretendían aumentar
sus colecciones. El parque San Agustín en el
departamento del Huila, Colombia, considerado como patrimonio
de la humanidad no se escapó de esta actividad
delictiva.
En la década
del 80 salieron del país varias piezas, algunas
de más de 700 kilos de peso, que las autoridades
aún no se explican cómo pudieron ser sacadas.
Lo cierto es que algunas, fueron encontradas en una
elegante mansión francesa ubicada en Nantes y
algunas otras en la calle del Cartucho de Bogotá.
La recuperación
de estas piezas precolombinas se realizó en 1996,
cuando las autoridades decomisaron cuatro estatuas de
San Agustín en una de las propiedades del francés
Patrick Bidoleu, a quien el tribunal de la provincia
del mismo lugar inició un proceso penal en su
contra. Dos años después, en 1998 regresaron
al parque arqueológico en Huila.
Sin embargo, recuperar
las piezas que han sido sacadas ilegalmente del país
no es tarea fácil, teniendo en cuenta que pocas
son las denuncias y el conocimiento de las leyes que
protegen el patrimonio cultural colombiano.
Actualmente el Ministerio
de Relaciones Exteriores, la DIAN (Dirección
de Aduanas e Impuestos Nacionales) y el DAS, (Departamento
Administrativo de Seguridad) adelantan un proceso de
reclamación de una escultura que fue hurtada
el 31 de diciembre de 1998 y fue localizada en un catálogo
de subastas de la Galería Brunn Rasmussen de
Dinamarca, de gran prestigio por la calidad de sus colecciones
y por llevar varios siglos de existencia.
Uno de los obstáculos
ha sido, que este país no ha ratificado el Convenio
Internacional de la Unesco, por lo tanto, no es país
miembro en materia de protección contra el tráfico
ilícito de bienes culturales.
El arte del narcotráfico
A finales de los ochenta,
y principios de los noventa, una de las actividades
ilegales que influyó en todos los aspectos de
la sociedad colombiana fue el narcotráfico; el
arte y la cultura no fueron ajenos a él.
El afán de los
narcotraficantes de demostrar su opulencia, era el comportamiento
más común. En sus mansiones llenas de
mármol, canecas de lingotes de oro y dineros
ocultos en túneles también había
espacio para costosas obras de arte.
El dinero que manejaba
el narcotráfico en ese entonces, generó
el crecimiento en el mercado ilícito de las obras
de arte, que se vendían a precios exorbitantes.
La situación
era de ida y vuelta; pues no sólo eran obras
de los antepasados latinoamericanos los que se negociaban,
sino lo mejor del arte europeo e incluso el asiático.
Desafortunadamente para
ellos, no se asesoraron de curadores profesionales,
y las redes de tráfico de bienes culturales,
les vendieron obras que resultaron ser falsas.
Sin embargo y aunque
los grandes carteles desaparecieron, ahora es materia
de investigación el detectar si la exportación
ilegal de obras patrimoniales tiene vínculos
con el narcotráfico y el lavado de activos.
Lo cierto es que, aunque
en la década del treinta del siglo pasado se
comenzó a tomar conciencia sobre la importancia
de los bienes culturales, pues se empezaron a ver como
la memoria de un país y no como objetos de arte
exótico; sólo hasta ahora se inician campañas
de prevención, educación y propuestas
legislativas para luchar contra este flagelo.
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