"Esa ráfaga, el tango ", dice Borges,
al hacer una mínima biografía del tango.
De la mano del creador gaucho, digamos que Juan Luis Londoño
de la Cuesta también fue una ráfaga de carne
y alma.
Este fórmula uno de la imaginación vivió
a mil, como para no desperdiciar un segundo. Vivió
sobregirado de vida. Hiperbólico a morir, tuvo
como divisa el mundo sólo recuerda a los exagerados.
Y a los imprescindibles como él, para decirlo con
Brecht.
El último sorbo de vida lo apuró en pleno
vuelo, entre su hábitat el cielo que había
convertido en oficina mientras iba con su talento y talante
paisa de aquí p'allá. Para equilibrar las
cargas, vivió con el polo a tierra, en medias o
con zapatos sin estrés para descansar caminando,
y en mangas de camisa. O de camisa corta de una vez.
Este hombre informal que comía paletas en la calle
(lo ví), era un moderno rey Midas del power point.
Lo que tocaba lo volvía imagen, gráfica,
para hacerlo más comprensible. Convertía
en gráficos una fórmula para educar más
gente, llegarle con salud a más pueblo, generar
más empleo, tres de sus propuestas que eran las
niñas de sus ojos.
Hablaba tan rápido como pensaba, o como actuaba.
Le exprimió el tuétano a su cuarto de hora
sobre la tierra.
"Londoño", se escuchaba al otro lado
del teléfono cuando llamaba. Su interlocutor quedaba
loco hasta que descubría quién estaba al
habla. Después echaba el rollo respectivo. "Listo",
era la última palabra. Tocaba hilar del delgadito
porque después preguntaría, siempre en monosílabos:
"Resultados".
Fue el inventor del optimistómetro: todo
lo veía a través de un prisma positivo.
Ni en los peores momentos de la campaña política,
cuando acompañó a Noemí Sanín,
bajó la guardia. A las encuestas descorzadonadoras,
como para tirar la toalla, seguía un sonriente
gráfico de Juan Luis, en el que veía la
cara favorable del asunto. Era un hombre llamado esperanza.
Utilizó la cátedra universitaria, el periodismo,
el Congreso, su entorno familiar, la tertulia de amigos,
como trinchera. También en estos escenarios sacó
un cinco admirado.
Lo mismo tiraba línea made in Eafit-Harvard
ante dos o tres constituyentes primarios de la llanura,
que ante másteres sabihondos o un auditorio repleto.
A todos enseñaba, de todos aprendía.
Sólo se enredaba cuando tenía que ejercer
el precario oficio de manzanillo que busca voticos.
Como era un ejecutivo de lavar y planchar, no había
que decirle doctor. Tampoco ponía ni tenía
cara de tal. Me pareció ver en él un híbrido
de Gilberto Echeverri, Fabio Echeverri y Simón
González: descomplicado, inteligente, creativo,
enérgico, alegre, mágico, estudioso, íntegro,
chévere, infatigable, de gran sensibilidad social,
enérgico, mamagallista. Su "muy querido"
que usaba para otros, era su propio carné de identidad.
Con su cabeza precozmente desentejada cual pupilo del
"mínimo y dulce" Francisco de Asís,
sabía ser general de tres soles que mandaba y soldado
de un sol que acataba órdenes. En ambos oficios
rendía.
El verbo servir, hacer las cosas bien, fue su norte, sur,
oriente y occidente. De lejos, puede dar un parte de misión
cumplida. Para su fórmula de trabajar, trabajar,
trabajar, el presidente Uribe tuvo en él la horma
de su zapato.
La noche que se confirmó la noticia de su partida,
Lalo Martel cantaba en la radio que "al mundo le
falta un tornillo". De nuevo tenía razón
esa ráfaga, el tango, que nos recuerda que
"el hombre dura menos que la liviana melodía",
que "nadie es eterno en el mundo", para decirlo
en letras de tango y de música de carrilera de
las que tanto disfrutaba en sus mínimas bohemias.
Le tiene que faltar un tornillo a un mundo que madruga
a quedarse sin Juan Luis. Bueno, nos deja su legado, la
forma que escogió para alcanzar la inmortalidad.
Por sus hechos lo conocimos.
Paz sobre la vida y obra de este espléndido exagerado
y de sus compañeros de vuelo final y de sueños,
que le hicieron la segunda con todas las de la ley. No
han muerto. Como en el verso de Geraldino, quedaron encantados.