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Por: Johanna Guevara
www.colombia.com
Febrero 7 de 2003
 
 
 
ADIOS, JUAN LUIS, ADIOS
Por Oscar Domínguez G.

"Esa ráfaga, el tango…", dice Borges, al hacer una mínima biografía del tango. De la mano del creador gaucho, digamos que Juan Luis Londoño de la Cuesta también fue una ráfaga de carne y alma.

Este fórmula uno de la imaginación vivió a mil, como para no desperdiciar un segundo. Vivió sobregirado de vida. Hiperbólico a morir, tuvo como divisa el mundo sólo recuerda a los exagerados. Y a los imprescindibles como él, para decirlo con Brecht.

El último sorbo de vida lo apuró en pleno vuelo, entre su hábitat el cielo que había convertido en oficina mientras iba con su talento y talante paisa de aquí p'allá. Para equilibrar las cargas, vivió con el polo a tierra, en medias o con zapatos sin estrés para descansar caminando, y en mangas de camisa. O de camisa corta de una vez.

Este hombre informal que comía paletas en la calle (lo ví), era un moderno rey Midas del power point. Lo que tocaba lo volvía imagen, gráfica, para hacerlo más comprensible. Convertía en gráficos una fórmula para educar más gente, llegarle con salud a más pueblo, generar más empleo, tres de sus propuestas que eran las niñas de sus ojos.

Hablaba tan rápido como pensaba, o como actuaba. Le exprimió el tuétano a su cuarto de hora sobre la tierra.

"Londoño", se escuchaba al otro lado del teléfono cuando llamaba. Su interlocutor quedaba loco hasta que descubría quién estaba al habla. Después echaba el rollo respectivo. "Listo", era la última palabra. Tocaba hilar del delgadito porque después preguntaría, siempre en monosílabos: "Resultados".

Fue el inventor del optimistómetro: todo lo veía a través de un prisma positivo. Ni en los peores momentos de la campaña política, cuando acompañó a Noemí Sanín, bajó la guardia. A las encuestas descorzadonadoras, como para tirar la toalla, seguía un sonriente gráfico de Juan Luis, en el que veía la cara favorable del asunto. Era un hombre llamado esperanza.

Utilizó la cátedra universitaria, el periodismo, el Congreso, su entorno familiar, la tertulia de amigos, como trinchera. También en estos escenarios sacó un cinco admirado.

Lo mismo tiraba línea made in Eafit-Harvard ante dos o tres constituyentes primarios de la llanura, que ante másteres sabihondos o un auditorio repleto. A todos enseñaba, de todos aprendía.

Sólo se enredaba cuando tenía que ejercer el precario oficio de manzanillo que busca voticos.

Como era un ejecutivo de lavar y planchar, no había que decirle doctor. Tampoco ponía ni tenía cara de tal. Me pareció ver en él un híbrido de Gilberto Echeverri, Fabio Echeverri y Simón González: descomplicado, inteligente, creativo, enérgico, alegre, mágico, estudioso, íntegro, chévere, infatigable, de gran sensibilidad social, enérgico, mamagallista. Su "muy querido" que usaba para otros, era su propio carné de identidad.

Con su cabeza precozmente desentejada cual pupilo del "mínimo y dulce" Francisco de Asís, sabía ser general de tres soles que mandaba y soldado de un sol que acataba órdenes. En ambos oficios rendía.

El verbo servir, hacer las cosas bien, fue su norte, sur, oriente y occidente. De lejos, puede dar un parte de misión cumplida. Para su fórmula de trabajar, trabajar, trabajar, el presidente Uribe tuvo en él la horma de su zapato.

La noche que se confirmó la noticia de su partida, Lalo Martel cantaba en la radio que "al mundo le falta un tornillo". De nuevo tenía razón esa ráfaga, el tango, que nos recuerda que "el hombre dura menos que la liviana melodía", que "nadie es eterno en el mundo", para decirlo en letras de tango y de música de carrilera de las que tanto disfrutaba en sus mínimas bohemias.

Le tiene que faltar un tornillo a un mundo que madruga a quedarse sin Juan Luis. Bueno, nos deja su legado, la forma que escogió para alcanzar la inmortalidad. Por sus hechos lo conocimos.

Paz sobre la vida y obra de este espléndido exagerado y de sus compañeros de vuelo final y de sueños, que le hicieron la segunda con todas las de la ley. No han muerto. Como en el verso de Geraldino, quedaron encantados.