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¿Una
institución monetaria?
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Cambiar
la maquina de guerra por un sentido más humano
de su función.
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No
se trata de rediseñar los programas del FMI chapuceramente.
La filosofía del desarrollo al completo, alimentada por los
gobiernos del G7, tiene que cambiar, del mismo modo que tiene
que cambiar la estructura institucional del Fondo. Según el
Director del FMI, Michel Camdessus, su organización es "una
institución monetaria" -no de desarrollo- Debería leer el
primer artículo del Convenio Constitutivo de la organización
que él dirige: se requiere del FMI que contribuya a "alcanzar
y mantener altos niveles de ocupación y de ingresos reales
(...) como objetivos primordiales de política económica".
Esto significa encargar al Fondo la responsabilidad de permitir
a los países responder a los problemas económicos "sin recurrir
a medidas perniciosas para la prosperidad nacional".
La visión del Director refleja precisamente el error del FMI
y de los gobiernos del G7. Se ha establecido una absurda división
del trabajo entre el FMI y el resto de la comunidad internacional
de desarrollo, incluido su vecino de enfrente de la calle
19 de Washington, el Banco Mundial. Se ha dado la responsabilidad
al FMI de diseñar y poner en marcha las reformas macroeconómicas,
en tanto que el Banco Mundial, junto al resto de la comunidad
de donantes, se preocupa de la reducción de la pobreza y de
las políticas sociales. El Banco Mundial ha dado importantes
pasos en su trabajo dirigidos a adoptar nuevos objetivos para
reducir la pobreza. Sin embargo, evaluaciones internas de
este año todavía reflejan que "la mayoría de los préstamos
no se dirigen directamente a la pobreza... Rara vez se considera
la adopción de esfuerzos directos para ejercer un impacto
a corto plazo sobre los más pobres. Este error del Banco Mundial
no hace sino complicar la negligencia del FMI con respecto
a su interés por la gente pobre.
Este enfoque está dañando el desarrollo de unas estrategias
efectivas para la reducción de la pobreza. Igualmente está
fuera del nuevo consenso sobre desarrollo, el cual hace hincapié
en la importancia de integrar los objetivos de desarrollo
humano en las políticas de reforma económica. El Marco Integral
de Desarrollo diseñado por el Presidente del Banco Mundial,
James Wolfensohn, refleja esta nueva aproximación. Sin embargo,
el FMI continúa diseñando y ejecutando estrategias de reforma
económica para alcanzar objetivos macroeconómicos al margen
de los objetivos compartidos por la comunidad internacional
para reducir la pobreza.
Esto no importaría si el FMI fuera sólo una agencia monetaria.
Pero no lo es. El Fondo ha sido dotado de una enorme autoridad:
es el guardián de la ayuda y del alivio de la deuda y el prestamista
en última instancia de los países que se enfrentan a una crisis
financiera. Sus programas cubren a dos tercios de la población
de los países en desarrollo excluyendo a China y a India.
Directamente controla billones de dólares y muchos más indirectamente.
Sus programas configuran el entorno político en el cual se
desarrollan las estrategias de reducción de la pobreza llevadas
a cabo por los gobiernos nacionales y los donantes. A pesar
de ello, el FMI no es, según su Director, una agencia de "desarrollo".
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Un
nuevo enfoque sobre la pobreza.
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Una
visión menos simplista y parcial para formular
remedios.
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En
cierta medida, Michel Camdessus tiene razón. Cuando el FMI
marca los parámetros de gasto público, apenas presta atención
al número de niños no escolarizados, o a si el sistema de
salud se colapsa. La decisión del Fondo para aprobar o rechazar
una ayuda depende de si el gobierno alcanza los objetivos
inflacionistas, y no si se está vacunando a los niños o si
se está dotando de acceso al agua potable a los ciudadanos.
De manera similar, cuando el FMI habla de la recuperación
asiática que se está llevando a cabo bajo sus programas, su
punto de referencia es el mercado regional, en vez del nivel
de salud y educación pública.
Un tema de frecuente discusión con los funcionarios del Fondo
ha sido el manejo del gasto social en las crisis. En esos
momentos, sube más que proporcionalmente el número de pobres,
y su recuperación posterior es más lenta. Algunos estudios
demuestran que por cada uno por ciento de caída del PBI, se
necesita después el 2,5 por ciento de aumento para volver
a la misma situación que antes en los sectores de menores
ingresos. Estas personas de menores ingresos sufren inmediatamente
el desempleo, se ven obligadas a liquidar prematuramente sus
escasos activos y hasta afectan el capital social de la familia
con el abandono temprano de la escuela por los más jóvenes.
Por
eso, y para evitar que se acumule el daño, el gasto social
debería aumentar o, al menos, mantenerse constante aunque
haya recortes en otras áreas del Estado. El FMI tuvo en este
terreno una posición tradicionalmente dura y sólo en 1997
pudimos negociar que las "redes de seguridad social" tuvieran
un tratamiento preferencial dentro del presupuesto. Pero su
posición en este terreno no es definitiva, como en cambio
sí lo es la del Banco Mundial, y sería bueno que el FMI tuviese
una perspectiva más cercana a la del Banco e incentivara la
creación de fondos sociales anticíclicos, como ya lo ha hecho
para el sistema financiero.
Otro terreno en el que el Fondo ha tenido una posición demasiado
superficial es el del mercado laboral. El paradigma de "ordenamiento
macroeconómico más flexibilización igual a crecimiento y equidad"
no ha funcionado así. El mercado de trabajo está fracturado
en dos mercados, uno "exitoso" y el otro marginal, que explican
en alto porcentaje la inequitativa distribución de los frutos
del crecimiento durante la última década. El paradigma simple,
entonces, no alcanza y requiere una mirada más compleja y
aceptar la posibilidad de intervenciones del Estado para compensar
las diferencias en productividad y capital humano que están
causando tanta pobreza.
Finalmente, el Fondo debería repensar sus propuestas para
la privatización y el ordenamiento de sistemas sociales, como
la salud y la previsión social. No hay duda de que la eficiencia
del sistema es vital y tiene de por sí un efecto social importante,
pero las reformas no pueden ignorar otras variables que resultan
relevantes para el equilibrio general, como la universalidad
y la solidaridad. En un marco de alto desempleo y problemas
sociales, estos sistemas deben asegurar acceso a todos y financiamiento
diferencial en función de capacidades, lo que implica mecanismos
de redistribución interna. Con estas características, contribuirán
a moderar las tendencias inequitativas que se han presentado
hasta ahora en nuestras economías.
Un modelo de apertura y globalización necesita instituciones
financieras multilaterales adecuadamente capitalizadas, entre
otras razones para disminuir la volatilidad de las economías,
que ha demostrado tener efectos devastadores sobre los más
pobres. Pero también es necesario que estas instituciones,
como el FMI, tengan una visión más compleja y cuidadosa de
los efectos de sus decisiones sobre la cuestión social.
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