Andrés Caicedo, el hombre que creía que después de los 25 años no valía la pena vivir

Andrés Caicedo Estela, creía que después de los 25 años no valía la pena vivir, pero a pesar de su pronta partida, dejó como su apellido, una estela de ansia, pasión y juventud en su obra.

Actualización • Mié, 30 / Sep / 2020 0:45 am

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El escritor caleño se fue en el año 1977 pero su obra quedará para siempre en el espíritu joven. Foto: Facebook Andrés Caicedo

El escritor caleño se fue en el año 1977 pero su obra quedará para siempre en el espíritu joven. Foto: Facebook Andrés Caicedo

Actualización • Mié, 30 / Sep / 2020 0:45 am

Andrés Caicedo Estela, creía que después de los 25 años no valía la pena vivir, pero a pesar de su pronta partida, dejó como su apellido, una estela de ansia, pasión y juventud en su obra.

Si el escritor vallecaucano estuviese vivo cumpliría hoy 69 años, este hombre que con su gusto por la música y el cine dejó un legado de precoz sabiduría en generaciones de jóvenes que encontraron inspiración en un ser que no era un rebelde cualquiera, era una persona aguda, inteligente, brillante y sensible, y sobre todo, caleño.

“Bienaventurados los imbéciles porque de ellos es el reino de la tierra, yo”, una frase llena de desencanto pero que desparramaba sinceridad y verdad en un mundo aferrado a lo material y vano, una frase que resume esa cualidad de escritor que, con su pluma bien afilada y su máquina de escribir bien aceitada, se fue con todo y de frente contra una sociedad tropical que no quería seguir siendo parroquiana, pero que no podía dejar de serlo por más que insistiera; una élite emergente con olor a sancocho.

Santiago de Cali, o mejor, Cali, era una ciudad que en los años setenta le dijo al mundo que tenía madera para ser cosmopolita así muchos se empeñaran en creer que solo era un lugar con mucho calor y habitado por mulatos que solo querían bailar y beber ron blanco.

Cali no quería seguir sufriendo de esa hipoglicemia que produce la caña de azúcar en algunos de sus habitantes, tanto dulce tenía hastiado a Andrés Caicedo, pero como él no era gringo, le tocó quedarse en su Cali de amores y odios para tratar de inventarse un mundo hecho a su medida, a la medida de sus sueños, gustos, aficiones y anhelos; un mundo que él también odiaba.

La obra de Andrés Caicedo es prolífica a pesar de que él mismo se mandó a dormir temprano con unas pastillas que recetan a quienes andan zafados de la cabeza, este hombre logró plasmar sus sueños, miedos y alegrías en el cine, el teatro y en libros que muchos consideran que con el paso de los años tienen más sabor, pero no uno dulce, sino, el de sabor a cholado al que se le pusieron especias y ají para ofrecerse bien apetitoso a unos y repugnante a otros.

Andrés Caicedo era del mismo combo del Caliwood, ese grupo de amigos cómplices que se fueron a estudiar cine a los Estados Unidos con la idea de echar a rodar el séptimo arte en Colombia y que encontraron que el único arte que existía y sigue existiendo en el país es el del culto a la corrupción y a mostrar lo que no se tiene, así como a ser lo que no se es.

Los Ospina, Mayolo, Romero, Arbeláez, Guerrero y otros, sucumbieron a la tentación de los 35 milímetros, y aunque a Caicedo, eso también parecía seducirlo, su desapego a la vida lo metió de cabeza en la alberca de una literatura mordaz, pero con una carga imaginativa sin parangón, porque leer a Caicedo es hacer que la mente se vaya a lugares a donde nunca se ha ido, no a esos sótanos mohosos que por siglos no obligaron a visitar.

El día que le entregaron su obra más conocida, “Qué viva la música”, en lugar de brincar en una pata y celebrar con la tinta de litografía todavía fresca en el papel, prefirió montarse en ese bus que conduce hacia quién sabe dónde y dejar a propios y extraños viendo un chispero.

Caicedo es sin temor o dudas, un autor de culto que cuanto más añeja sea su obra, más sabor a fresco manjar blanco adquiere y para la muestra están sus cuentos en calicalabozo, su obra de teatro Angelitos empantanados, sus relatos de El atravesado, calibanismo, calicalabozo, Patricialinda y Destinitos fatales, y su obra cumbre, Qué viva la música. 

Andrés Caicedo es un autor que siempre valdrá la pena leer y sentir, porque su obra jamás fue ni será letra muerta.

Juan Carlos García Sierra • Colombia.com • Mié, 30 / Sep / 2020 0:22 am

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