Actualización: Vie, 27 / Nov / 2015 6:20 pm
Viernes, 27 / Nov / 2015

Manuel: un vida entera de enseñanza

Archivado en Salud

Colombia.com publica cuatro historias sobre el VIH Sida en Bogotá. Esta es la historia de un profesor universitario que enfrenta vivir con Sida.

Manuel: un vida entera de enseñanza
Esta es la historia de un profesor universitario que enfrenta vivir con Sida.

Sobre la carrera séptima, apartado de la ciudad, encontramos las torres de edificios. La lejanía y lo escondido del lugar son un símbolo de lo que le ha tocado vivir durante los más de 10 años que ha vivido con la enfermedad.

Su nombre es Manuel y lo encontramos por causalidad en medio de una entrevista. A simple vista parece que tuviera una gripa o estuviera resfriado, pues siempre viste con bufanda, generalmente a cuadros. Pero no, su bufanda permanente es el resultado de una neumonía por la que estuvo hospitalizado hace unos tres años, cuando se rehusaba a seguir el tratamiento de su enfermedad. Manuel fue diagnosticado seropositivo en 1994 y desde entonces, tras superar un problema tras otro, ha podido volver a llevar la vida normal de una persona de 42 años. 

El proceso de su enfermedad no ha sido fácil. Su estilo de vida cambió un cien por ciento, pero no sólo por enterarse de que era portador del VIH. En 1994 las muertes de su padre y su abuela lo devastaron, tan sólo unos meses después aparecieron los primeros síntomas sospechosos y se realizó la prueba de Elisa. El resultado lo recibió en diciembre y el tratamiento lo empezó dos meses después.

“Al recibir mi diagnóstico, yo me quería morir. Con todo lo que pasó ese año yo me quería morir. Luego dijeron que habían muchos efectos secundarios, en ese momento no sabía a qué me estaba enfrentando”, dice Manuel mientras seca sus lágrimas con un pañuelo de rayas. Él se demoró mucho para asumir su enfermedad. Su primer tratamiento, a base de dos medicamentos, no funcionó, pues sus continuas depresiones lo encerraban en un mundo donde no tenían cabida tantas pastillas.

Con atenciones domiciliarias y terapias psicológicas se convenció, dos años después, de retomar su tratamiento. Sin embargo, su salud no dependía sólo de los medicamentos, pues los efectos secundarios empezaron a aparecer.

Una vez tuvo algo que los médicos llamaron un “episodio extraño”. Para estos el acontecimiento jamás sucedió. Para Manuel fue real. Una noche mientras estaba hospitalizado, sin televisión ni nada que lo informara sobre lo que acontecía, empezó a ver figuritas, con diablos y cachos, y escuchó que en el país el conflicto armado empeoraba. Dejó volar su imaginación al punto que a medianoche pidió la visita de un sacerdote que nunca llegó.

Él no recuerda si estaba despierto o dormido. Unas semanas después, cuando vio el “episodio” por todos los noticieros, supo que lo que le había pasado era más un déjà vu que una jugarreta de su imaginación. Que él no estaba loco sino que “todos eran una partida de desinformados”, dice Manuel.

En ese momento los médicos le repitieron lo mismo que meses atrás: tiene que dejar de trabajar. Manuel era asesor de presupuesto en el Ministerio de Hacienda y estaba expuesto a altos niveles de presión. “Según los médicos, se me cruzaban los cables con la información y me dijeron que era mejor que me pensionara. Ahí empezó el otro problema”, dice mientras muestra los papeles de la pensión y los exámenes en los que definitivamente los médicos lo diagnosticaron como incapacitado para trabajar.

Manuel hace parte del 33 por ciento de los hombres colombianos que viven con el VIH-Sida y de las más de 1.500 personas que ha tenido que recurrir a la tutela para poder pensionarse y recibir los medicamentos de su tratamiento. 

Cinco meses después, Manuel ganó la tutela y se pensionó. Lo que no aceptaba era el título de "discapacitado” y por eso se arriesgó.  Olvidó su diagnóstico e hizo una especialización. Pidió un préstamo en el Fondo Nacional de Ahorro y compró el apartamento en el que vive actualmente, el mismo que también puso a nombre de José, su pareja desde hace 14 años.

José, quien también es seropositivo y trabaja como profesor en un colegio distrital, ha enfrentado a su familia para defender su relación con Manuel, pues con él tuvo su primera experiencia sexual y por eso ellos lo ven como el culpable absoluto de su enfermedad. Sin embargo, ni Manuel ni José lo ven así pues ninguno de los dos sabía que aquel era portador.

Gracias a él, Manuel aceptó la ayuda psicológica que le brindaban en el Seguro Social. “Esta terapia resulta fundamental, porque lo apoyan a uno, le ayudan a salir adelante y uno ve y siente que por lo menos en el Seguro uno les importa a los médicos”, cuenta Manuel mientras recuerda las primeras veces que intentó ir a la terapia de grupo que los médicos le recomendaron para que lo convencieran de seguir con el tratamiento.

Como dejó de tomarse los antirretrovirales por dos años, creó resistencia a ciertos medicamentos. Así, cuando quiso retomar las pastillas, su cuerpo ya no reaccionaba y tuvieron que cambiarle el tratamiento para ver cuál funcionaba. 

Hoy, después de tantos cambios, Manuel se encuentra en terapia de rescate. Como él dice, “funciona o funciona porque no hay más. Esto ya es tal vez lo último, lo más reciente de los descubrimientos pero eso ya es una terapia de rescate. Normalmente la gente se toma hasta tres medicamentos, yo me tomo cinco”.

Aún así, Manuel como profesor de una universidad a distancia en Bogotá, donde contradice las sugerencias médicas que lo clasifican como “no apto para trabajar”, porque como buen profesor prepara sus clases y asiste puntual a su encuentro con los alumnos. A él no le gusta ese calificativo, pero luchó para que los médicos llegaran a esa conclusión en su último examen de CD4.

Este examen es el que le hacen a las personas que viven con VIH para saber cuál es el nivel de infección del virus de la inmunodeficiencia humana. Hace unos 6 meses, cuando se lo realizó, estaba esperando que lo pensionaran nuevamente con todas las garantías y necesitaba ese resultado en caso de una apelación.

Pero eso no fue necesario, pues lo pensionaron con razones justas y con la oportunidad de seguir haciendo lo que hace desde hace 15 años: ser profesor universitario. 

De vez en cuando, Manuel falta a clases. Su salud no es la mejor, las partes del cuerpo que el VIH ha atacado con más fuerza son su estómago y sus pulmones. Por eso no es raro que durante varios días, sus tres comidas diarias sean sopas con jugos de botella, de los mismos que les da a sus visitas. Alguna vez escuchó en el supermercado a una señora que decía que el SIDA también se transmitía por recibir comida o jugos hechos por ellos. Él ahora sabe que eso no es cierto, que la gente tiene conceptos erróneos de las personas que viven con VIH.

Desde hace unos cinco años, Manuel empezó a leer sobre el VIH-SIDA por consejo de su psicólogo. El aprendizaje por parte de los propios enfermos de las técnicas de autocuidado ha dado muy buenos resultados, disminuyendo los ingresos en los hospitales, consultas y urgencias.

El apoyo psicológico (grupos de autoapoyo), la coordinación con la red de salud mental y una mayor implicación de la misma en estos temas son esenciales para mejorar los resultados de la atención a estos pacientes.  Es así, como él ha leído desde el ABC del VIH-SIDA, hasta los folletos informativos que reparten en lugares como PROFAMILIA. 

Habla con una autoridad admirable sobre el CD4 y los linfocitos afectados, sobre el Sarcoma de Kapossi  y los cuidados necesarios para una persona que también se ha vuelto más sensible. Sus ojos se llenan de lágrimas cuando recuerda por todo lo que ha pasado en estos 12 años y se pierden en la vista del cuarto piso de su apartamento, al norte de la ciudad, cuando dice con voz entrecortada, que jamás le contó a su mamá,  pero que en el fondo ella siempre lo supo: que de heterosexual, pasó a ser homosexual, que vive con VIH-SIDA  y que así como ha perdido cosas a causa de ésta, ha ganado una nueva vida que ahora acepta y que vive en calma. 

Manuel sabe que quizás no vivirá hasta los 80 años, pero que por ahora hay una luz de esperanza que le dice día a día que todo va a estar bien.

'Tomado de 'Las Caras del VIH Sida en Bogotá'. Liliana Matos - Mayerly Sánchez.