Por: Christopher Ramírez (@otrocachaco) • Colombia.com

Opinión: El Paro nacional no es vandalismo

Definir las manifestaciones en Colombia como actos vandálicos, sería aceptar que marchar es por naturaleza un acto inconstitucional.

Las protestas continúan este 3 de mayo en Colombia. Foto: EFE
Las protestas continúan este 3 de mayo en Colombia. Foto: EFE

Definir las manifestaciones en Colombia como actos vandálicos, sería aceptar que marchar es por naturaleza un acto inconstitucional.

Las ideas y opiniones expresadas en esta publicación son las del autor y no necesariamente reflejan la opinión ni posición de Colombia.com

Ya son seis días, mismos que han dejado, según la Policía y Fiscalía, al menos 17 fallecidos, de los cuales, de acuerdo con la ONG Temblores, ocho fueron víctimas de la brutalidad policíaca. Igualmente, la misma organización dijo haber "documentado 940 casos de violencia policial”, además de "672 detenciones arbitrarias contra manifestantes", y la escabrosa cifra de cuatro denuncias por abuso sexual por parte de miembros de la fuerza pública colombiana.

Eso es lo que se vislumbra en Colombia tras casi una semana desde que inició el Paro nacional en contra de la reforma tributaria expedida por el Gobierno nacional. Una reforma que, como se dice coloquialmente, “fue la gota que rebosó la copa”. Un pueblo indignado salió a las calles en busca de una reivindicación social de un Ejecutivo totalmente alejado de su realidad.

Ahora bien, ¿es el dolor y la violencia lo único que han dejado estas manifestaciones? Como periodista debo agachar la cabeza y reconocer el vergonzoso papel de la mayoría de mis colegas y medios de comunicación en el cubrimiento de este Paro, y de muchos otros en los últimos años; y ojo que no es la primera vez que hago esto.

Titulares como “Cali, la sucursal del infierno”, revisado (porque supongo yo que lo revisaron) y publicado por la Revista Semana, son algunas de las frases que reflejan la inmundicia de la prensa en Colombia; y créanme que me duele escribir estas letras porque hago parte de ese muladar.

En un país en que el dolor genera dinero, las muertes son la mayor mina de oro. Con cámara en mano, medios como RCN y Caracol tienen la facilidad de reportar un panorama completo de la situación. Sin embargo, en el proceso de edición se escoge con guantes quirúrgicos los momentos de violencia que sirven para tergiversar la realidad. 

Así, el pueblo crédulo y conformista termina reforzando en su mente la idea de que manifestarse es ilegal. Gracias a los irresponsables periodistas, los colombianos creen que todo marchante es vándalo, y que la exigencia de los derechos es, por naturaleza, un acto inconstitucional.

Qué diferente sería la percepción que tendría la gente de a pie, si al disparar nuestras cámaras, al enviar nuestro artículo o al hablar por nuestros micrófonos, nuestro mensaje no escupiese veneno sino que reconfortara el alma de los demás.

Como desearía ver en todos los medios de Colombia imágenes de manifestantes protegiendo a la fuerza pública de las piedras que parias sociales lanzan contra ellos, o de los policías del ESMAD que utilizan su escudo no solo para proteger su vida, sino también la de los marchantes que prometieron un día proteger.

Si no hubiese sido por las redes sociales, en los últimos seis días no nos hubiésemos dado cuenta de los chóferes en el Eje Cafetero que se manifestaron soltando los volantes de sus flotas y jugando un pacífico partido de fútbol en una de las Terminales de esta región del país. O de los policías que ayudaron a una mujer que entró en trabajo de parto durante las manifestaciones en Cali.

También hemos visto titiriteros, ancianos bailando al son de las arengas a mitad de las calles de Bogotá y hasta personas que agradecían con cánticos a un grupo de médicos en un balcón; héroes que por su papel en la pandemia no pudieron marchar.

Hay imágenes de bachilleres de la Policía marchando al lado de jóvenes universitarios, y trabajadores de famosos restaurantes apoyando el Paro desde el interior de sus instalaciones. Bailes, banderas agitadas, tractores circulando por la ciudad y hasta exnovios que aseguraron unirse en pro de lograr los cambios que necesita Colombia.

¡Eso es el Paro! Es fiesta y restitución. Es dignidad y humanidad. Es unidad y política ciudadana. Es canto, baile y gozo. Creo firmemente en que los buenos somos más y que la violencia, que sí ha estado presente en las manifestaciones, no puede definir a un pueblo que aunque dolido con sus gobernantes, en su mayoría ha apostado por la paz.

Colombia, no permitas que los medios obnubilen tu razón. La prensa hace mucho se vendió. Lo que en otrora fue el temido “cuarto poder”, hoy es la prostituta de un sistema corrupto y caduco que con educación y juventud podremos cambiar. ¡Adelante!

Dios bendiga a Colombia.