Colombia.com Bogotá Miércoles, 15 / Nov / 2017

El municipio colombiano donde gobierna el miedo

A Pital de la Costa, una vereda de Tumaco, Nariño, no ha llegado la paz. Con la salida de las Farc, las bandas criminales tomaron control de la zona imponiendo la ley del miedo.

El municipio colombiano donde gobierna el miedo
Foto: AFP

La abuela yace en silencio sobre las tablas de madera. Lleva días postrada y no hay quién la cure. En la remota vereda donde vive, sobre el Pacífico colombiano, solo hay manglares y grupos armados que aterrorizan.

"Hace ocho días que mi madre está así. Se cayó", afirma con tristeza María Alegría, de 56 años. Impotente, clava la mirada en la mujer de 90 años que está sobre una colchoneta frente a un viejo televisor. A su casa de madera húmeda solo se llega a través de un puente precario.

En Pital de la Costa no hay dispensario ni dinero de sobra para trasladar a la anciana al puerto de Tumaco, en el suroeste de Colombia, en el departamento de Nariño. El caserío no cuenta con transporte público y el viaje de ida y vuelta en lancha, por el embravecido océano, cuesta 120.000 pesos (40 dólares). 

En esta zona fértil de Tumaco, la extrema pobreza podría ser menos agobiante si no se le sumara el terror que generan los hombres armados que acechan. Los pobladores temen hasta nombrarlos.

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"La esperanza que teníamos era que con el proceso de paz iba a ser mejor, pero es peor", lamenta Wilfredy Angulo, un profesor de 35 años. "Las Farc dejaron los territorios y enseguida vinieron otros grupos armados". 

 - Como en jaulas -

Desde cuando el conflicto armado se expandió al litoral pacífico, en los años 90, Angulo únicamente ha conocido la guerra.

Pero antes "había un solo grupo. Cuando ya son dos o tres, las cosas tienden a complicarse", hasta para ir a las fincas "toca andar con cuidado", relata. "Uno se siente como si estuviera en una jaula, encerrado".

"Hasta 15 grupos" se disputan el control, entre ellos disidentes de las Farc, paramilitares y guerrilleros del ELN, según Christian Visnes, director del Centro Noruego para los Refugiados (NRC) que ayuda a población desplazada.

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Tumaco es "estratégicamente importante para los actores armados porque está en (...) la frontera con Ecuador, en una zona selvática, difícil de controlar, donde hay una alta incidencia de la economía ilegal de la coca, pero donde hay muy poca presencia del Estado", describe a la AFP.

De 208.000 habitantes y mayoría afrodescendiente, este municipio concentra la mayor parte de las hectáreas sembradas con coca en el país y es uno de los puntos más apetecidos para tráfico hacia Estados Unidos.

Pero en Pital los narcocultivos -que esas agrupaciones resguardan con minas antipersonales- se están echando a perder entre la maleza. Y más ahora que nadie se atreve a ir hasta allá para comprar. El Estado está empeñado en erradicar los sembradíos, por las buenas o las malas, y eso ha atizado la guerra.  

Gracias al manglar los pobladores no mueren de hambre. Allí encuentran cangrejos, camarones y conchas, pero el miedo nunca deja de punzar el estómago.

En 2000 Pital tenía 1.500 habitantes, pero unos 1.000 huyeron de la violencia, incluido el sacerdote. Hoy, la humedad carcome los tablones de madera donde atendía la enfermera, y hojas de papel flotan en el agua estancada.

En enero aparecieron unos 80 paramilitares -los grupos que en el pasado combatieron a sangre y fuego a la guerrilla-, y 134 familias se fueron, según la NRC.

Dentro de las viviendas todavía se pueden ver dibujos infantiles clavados en tablones, y en las afueras sandalias o neveras de poliestireno abandonadas, que retratan el pánico.

El año pasado la cifra de homicidios en Tumaco triplicó el promedio nacional: 74,5 por cada 100.000 habitantes, es decir, 152 víctimas.

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La falta de refugios obligó a los más pobres a volver. Una de ellas fue Magali Vallejo, una madre de 37 años que se desplazó a Tumaco con sus dos hijos. "No había solución de nada, tocó regresar".

Desilusionada, denuncia "la negligencia del gobierno" hasta para proveer agua potable. Soldados muy jóvenes patrullan por los caminos de fango, aunque eso no impide que la muerte se siga enseñoreando. En octubre fueron dos los combatientes que cayeron.

Al profesor, entretanto, le preocupan las secuelas del miedo. "Los niños no pueden escuchar ningún tipo de golpe (...) porque se asustan". Más que de malaria, sentencia, "sufrimos de esta enfermedad: el temor".

AFP