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La
casona que en aquella época era una chichería que daba contra la Avenida
Jiménez, se convertiría en la primera Casa Vieja. No se pudo pensar
en un mejor lugar: al frente del Parque de los periodistas, el Hotel
Continental en diagonal y el edificio de El Tiempo un poco más abajo,
en medio de oficinas de políticos y abogados de la época. Allí, al
lado de Los Arrayanes, sitio de reunión de los bohemios del momento,
donde después de tanta tertulia, calmaban su apetito con platos de
la comida típica.
Doña Julia Mora de Durán llega con sus hijas proveniente del Tolima
a abrirse paso en Bogotá, lo cual no era fácil para una mujer sola
que había perdido a su marido hacía unos meses. Su cuñado le insinuó
lo del restaurante porque tenía la convicción que "a los bogotanos
se les podía conquistar por el estómago", en particular en una ciudad
donde el ajiaco o el cuchuco estaban casi en el olvido.
El problema inicial era hacerse a la casa, pero se dio sus mañas y
se la dejaron en arriendo. El restaurante se abriría con lo mejor
de las preparaciones heredadas de su madre, otras tantas aprendidas
con el tiempo de sus cocineras en la Bogotá de antes. Era la cocina
criolla llevada a manteles. Así abrió sus puertas el Restaurante casa
Vieja, el sueño de una oficinista, bogotana de adopción. Los clientes
de la zona encontraron el sabor de los olvidados domingos de ajiaco.
El primer día comenzó con el desfile de sillas vienesas, mesas, manteles
impecables y un trabajo de grabar a la manera francesa las paredes
en blanco. Pero el contraste lo marcó la vajilla de cerámica rústica,
compuesta entre otras cosas por los moyos de barro en los que se serviría
el ajiaco, uno de sus más apreciados platos. Fue catorce años después
cuando decidió vender el restaurante a sus actuales propietarios.
El romance de doña Julia con uno de sus colaboradores, a quien por
cuestiones de amor, tuvo de capitán del barco, fue lo que aceleró
su decisión de vender. Las sillas, las mesas y los moyos, siguen allí.
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Cuando
Doña Julia decide comenzar su restaurante de comida criolla, le
asaltan dudas: que en su época todos creían ser expertos en el tema,
y además, la gente aseguraba que en sus casas cualquiera de estos
platos se preparaba mejor.
Contando con la casa, las mesas, las sillas, a doña Julia le hacía
falta las recetas y las buenas cocineras. Ella soñando con el negocio
tomaba como referencia los clientes de los Arrayanes, restaurante
vecino de su futuro negocio porque entraban y salían con cara de
contentos y ella decía: "Así los quiero ver cuando prueben mi comida.
Dice la historia que un buen día decidió entrar al negocio del lado
a probar su famosa comida, pidió un ajiaco del que tomó nota hasta
del último detalle y en otras ocasiones hasta de la carta. Así que
al pasar los días ya había copiado hasta el último detalle, un día
se le acercó su dueño quien era todo un caballero y le dio carta
abierta para copiar las recetas. Ella entonces le sonrió.
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Una
de las características que reflejan el estilo de Casa Vieja es
su menaje, puesto que cualquiera de estas piezas recorren en su
descripción el país entero. Detalles como un almuerzo campesino
servido en moyo de cerámica, cuchara de madera y plato también
de barro ; unas alcaparras, una crema de leche y el aguacate del
ajiaco servidos en recipientitos de madera, el cual se ha servido
en una cazuela negra sobre un soporte de cerámica vidriada; o
mejor, los platos de cerámica pintados a mano con trazos sencillos
de flores, todo esto conlleva a un sentimiento de admiración por
parte de sus visitantes extranjeros y de desarrollo del sentido
de pertenencia en los visitantes locales.
De la misma manera, los moyos indígenas, recipientes de cerámica
para servir la sal, cocinar en el fogón o para conservar la chicha;
las vajillas españolas; así como calderos, cazuelas, cucharas
en barro o en madera son otros integrantes del menaje de Casa
Vieja, donde tanto las guascas como las ollas hacen parte de la
receta de la auténtica comida criolla que sólo allí se prepara.
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