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Parque Arqueológico de San Agustín
Lloviznó, a veces más a veces menos, la mañana del viernes que me dirigí hacia el parque. Tres kilómetros lo separan del casco urbano de San Agustín. Yo me hospedaba en la Hacienda Anacaona, que se ubica a dos kilómetros del pueblo, en dirección contraria a la del parque arqueológico. Gracias a un elemental ejercicio matemático, descubro que debí caminar –y por ende mojarme- bajo la lluvia cinco kilómetros.
 
Al coronar una pequeña colina, una imponente casona, de pilares anaranjados de madera y una cerca del mismo color, se hace distinguible a varios metros por entre los matorrales que se van abriendo al curvearse la carretera pavimentada. Pareciera ser la suntuosa vivienda de algún extranjero o un pudiente de la zona.
 
No es así. La construcción es la sede administrativa del parque, donde además se ubica un museo y una oficina del Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH). Me llama la atención de inmediato una tumba descubierta en frente de la casa, la denominada Mesita D, unos cuantos hoyos con piedras toscamente refiladas en su interior.
En una parte de su fachada se exhibe con orgullo la placa que informa que se está en un lugar privilegiado, Patrimonio de la Humanidad, declarado así en diciembre de 1995 por el Comité de Patrimonio Mundial de la UNESCO.
Por allí es el ingreso también al misterioso Bosque de las Estatuas, un ejercicio de valentía si se asiste en solitario porque desde el comienzo se siente la compañía de mil almas.
El parque es el principal centro funerario de la civilización agustiniana. Se divide en cinco puntos básicos: las mesitas A, B y C, la alucinante Fuente Ceremonial del Lavapatas y el Alto del Lavapatas, este último un aterrazamiento en la cima de una loma donde se observa buena parte de los valles y formas caprichosas del relieve colombiano.
 
Escurriendo gotas por la víscera de la cachucha y con las gafas empañadas por el vapor y la humedad, distinguí, tras cruzar una reja alta, también de vistoso color, un camino angosto como una especie de ciclorruta cubierta con gravilla.
Alcancé a escucharle a alguien que el sitio que pisábamos correspondía a un terraplén construido por nuestros sabios ancestros y comunicaba la región con el centro funerario que pronto me encargaría de conocer. En ese instante un temblor desestabilizó mis piernas y sentí un profundo deseo de pedir permiso para avanzar
Al fondo los destellos de sol se intercalaban por entre las hojas de los árboles y yo entendí que mi solicitud había sido aprobada.