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Mesitas A, B y C
 
A
Las mesitas son una serie de aplanamientos artificiales realizados con un objetivo claro: servir de centro ritual funerario. La civilización agustiniana, así como tantas otras, demuestra con su herencia que la muerte fue un aspecto fundamental de su idiosincrasia. Lo que admiramos como arte, por demás impresionante, fue para ellos la materialización de su cosmovisión y sus creencias. Su propia religión.
En cada mesita, separadas una de otra por cerca de un centenar de metros, se alzan algunos montículos, también por obra y gracia del hombre, que sirvieron para instalar el complejo funerario. Para recorrer las mesitas y otros lugares, el parque cuenta con una muy bien cuidada red de caminos en piedra.
 
A. De piedra las estatuas, de piedra los caminos, de piedra las serpientes que indican con su cabeza el destino. Por entre los gruesos troncos de los árboles que se dispersan a lado y lado del sendero, una suerte de guardias imperiales, se asoman las estatuas de la Mesita A.
Una figura en piedra, de más de dos metros de altura, da la bienvenida con sus ojos rasgados y entre sus dientes de felino. Tiene narices anchas y un cubresexo escalonado. A su espalda y a su izquierda se levantan los dos montículos.
En cada uno se impone un dolmen compuesto por una figura central y dos guardianes simétricos armados de bate o hacha a los costados. La estatua principal ostenta el poder bien representando a una divinidad o un chamán.

Y en su parte posterior, los sepulcros. Se componen de una cadena de lajas de piedras paradas en rededor, formando el espacio donde se depositaría el cadáver. Para los entierros primarios, es decir para la alta jerarquía, otra laja labrada con la representación animal o humana se sobreponía sobre las demás lajas.
En los entierros secundarios se dejaba el cuerpo al descubierto.
 
B
B. Caí la tarde y sólo un par de personas más visitaban la Mesita B, una explanada amplia que pareciera cambiar al ritmo que la luna llena de la última semana de julio aparecía por el oriente. La creciente penumbra parecía trastocar los rostros de los monumentos y sus colmillos de jaguares se convirtieron en verdaderas fauces.
Centré mi atención en una estatua, la más alta del parque con más de cuatro metros, porque no lograba descubrirla del todo. Su parte superior corresponde a una figura antropomorfa y zoomorfa, con un gorro peculiar, que sostiene a un niño de los pies. Pero no identificaba del todo la inferior.
“Es El Partero”, me dijo uno de los guías del parque. “La mujer es la que se encuentra parada de cabeza y la figura de arriba le recibe el niño”, explicó con claridad. Claro, era un alumbramiento, me encontraba presenciando un parto y sólo lo supe cuando me detallaron la estatua. Me sentí ignorante y descuidado.
Así es si no todo, gran parte del arte escultórico agustiniano. Sus representaciones son fáciles de distinguir pero contienen una serie de elementos que la mayoría de los turistas pasan por alto. Me quedé un rato más honrando el milagro de la vida: el nacimiento.
Atrás y alineadas en una diagonal desde la izquierda de “El Partero” –otros lo llaman “El Obispo”, se alza una laja grande triangular que corresponde a una cara de ojos y colmillos enormes, y más allá, el característico dolmen de un chamán o divinidad y dos guardianes simétricos, similares a los de la Mesita A con enterramiento posterior.
La alineación evidente de los tres conjuntos parece no ser al azar. Un antropólogo detalló que “El Partero” mira al oriente, por donde sale el sol, dispuesto así porque representa la vida. Y al fondo, la tumba es la muerte. Algo de cosmogonía ancestral se extiende entre estas figuras pero nadie sabe con certeza de qué se trata.
Una estatua que no se puede quedar por fuera: la del águila que apresa con su pico y sus garras a una serpiente. Una similar se impone en el sitio conocido como La Pelota donde se descubrieron más monumentos.
La Mesita B cuenta con otras tumbas que se hacían más lúgubres al caer la noche y unos hermosos sarcófagos de piedra, con el agua lluvia empozada que reflejaba una inquieta luna gigante.


 
C
C. En dirección desde la entrada del parque hacia el Alto del Lavapatas surge la Mesita C, la más pequeña de todas. Se distingue un estatuario particular con representaciones de sacerdotes y figuras zoomorfas, además de unas pocas urnas funerarias sin los templetes que caracterizan a las mesitas A y B.
El trabajo realizado con los bloques es de gran calidad artística y las figuras de un alto estilo expresionista. Allí tropecé con dos micos que se unen por la espalda. Les llaman “Los Siameses” y la estatua en sí manifiesta la complejidad y desarrollo del arte agustiniano al transformarse en escultura tridimensional. La rodeo para profundizar en los aspectos de los simios y me percató que son simétricos. Impecables.
 
Un sacerdote con máscara, tocado y lazo en su brazo izquierdo se impone en la mitad de la mesita. Su brazo derecho fue desprendido y al parecer nunca lo encontraron. Los guaqueros que hallaron gran parte del legado arqueológico de San Agustín creían que el interior de las estatuas contenía joyas y metales preciosos, en especial oro. Entonces las rompían.
Quien se ganó mi completa admiración fue un chamán de grandes y redondos ojos. Expresivo. Poderoso. Investidura de alto jerarca religioso. Si se quiere, el Papa. Profundamente bondadoso. Exageradamente perverso. Un ídolo. Mi ídolo.