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Alto del Lavapatas
Abandonando la mesita C nace un sendero que se curvea de manera bastante inclinada hacia abajo. Luego, se descubre una rana de piedra de color terracota, pero salió roja en mi cámara digital. Era generosamente aplanada y con visión celestial. Después, la alucinante Fuente Ceremonial del Lavapatas y un camino serpenteante, buscando la cima de la colina, que no acaba jamás.
Arriba, una explanada muy fina, con el pasto cuidado. En el rincón, un grupo de muchachos tocan música andina y sus melodías alegres y divertidas, guitarras y cuatros. Las protagonistas del Alto del Lavapatas, unas preciosas figuras en piedra, talladas por humanos, solicitadas por los dioses.
Una de ellas, “El Dobleyo”, es una estatua que encarna –si se puede decir- la cosmovisión de la civilización agustiniana. Esta compuesto por cinco seres, dos de ellos claramente visibles. Con la práctica también se aprenden a descubrir los otros tres. Uno a la espalda del otro, como una maleta. Uno más boca abajo, en su espalda el quinto. Se dice que el verdadero “Dobleyo” se halla en el parque arqueológico del Alto de las Piedras, en Isnos, según lo reclaman sus propios pobladores. El “auténtico” tiene siete seres.
 
 
A su izquierda hay más estatuas. Una es un sapo, como el de la pronunciada curva, otro un lagarto. Y un arzobispo que se encontraba casi enfrente de la puesta de sol. A través de uno de sus brazos quebrados por algún guaquero que pretendió hallar fortuna dentro de la estatua, capté una bella foto con mi cámara digital: un arco iris se extendió por varios minutos donde el cielo se encuentra con la tierra. ¡Click!
Atrás del conjunto de monumentales piedras, que guardan identidad con los que se encuentran en la ruta La Pelota – El Tablón, se localiza el característico entierro de piedras refiladas delineando la tumba y algunas con una laja que se sobreponía a las demás.
Me tomé, obviamente, mi foto con el arco iris de fondo. Pero resulto mejor la de los indígenas líderes del resguardo Yacuas Yanacona con el arco iris de fondo. Como yo, venían por vez primera al sagrado sitio. A la voz de tres y frente de la cámara, alzaron sus bastones de mando. Uno era el gobernador; bueno, el encargado. El otro, un “cívico”. Las cintas de sus bastones eran de colores distintos. Me invitaron a su bazar, un encuentro de comunidades indígenas de la región. La cerveza allí no faltó, ni el marrano con morcilla y papita salada.
 
 
Cerros Alineados
Los Yacuas –aguas- Yanaconas –gente de la noche- son de la zona suroriental del departamento de Cauca. Fueron desplazados de sus territorios y ahora se establecieron en la Cueva de los Guácharos en el poblado de Palestina, también en el departamento de Huila y a una hora de San Agustín.
La vista es espectacular. El profesor Héctor Llanos, miembro del departamento de Antropología de la Universidad Nacional y allí iniciador del Programa de Investigaciones Arqueológicas del Alto Magdalena (PIAAM), plantea que esta cima, la del Alto del Lavapatas, se alinea con otros importantes centros de estatuaria monumental: La Pelota y El Purutal, donde se han encontrado las únicas estatuas policromáticas. Están pintadas de rojo, amarillo, negro y blanco.
Desde aquí, muy alto, se observa la montaña donde nace el río Magdalena, con una laguna del mismo nombre. Y la casa administración de pilares anaranjados y la cerca de madera de idéntico color, que luce una ondeante bandera de Colombia a plena asta.
El entierro de este sector es pequeño. Algunos documentos hablan de que sería un cementerio de niños. No sería extraño. En la mesita B impresiona la estatua de “El Partero”, quien recibe en sus manos un niño de una madre que está patas arriba. También se dice que se encuentra alineada con una enorme cara triangular y un dolmen de figura central y dos guardianes.
El sol ya caía por el occidente, a mis espaldas. Un tono anaranjado se adueño del cielo, en otrora azul, y de sus nubes, antes blancas. Yo me adueñé del paisaje en una foto. La puse de papel tapiz en mi ordenador.
Y me dispuse a bajar y retornar por la misma vía para salir del parque arqueológico. La tarde se hizo oscura y me alcanzó el aguacero. Escampé en la mesita C. Saludé a mi ídolo. Corrí hasta la mesita B, tomando otra diapositiva durante el recorrido. Allí me quedé porque la luna estaba a dos días de estar “llena”.
Y tomé una foto fantástica de un sarcófago cubierto en su exterior por una especie de hongo verde aguamarina y en su interior, agua lluvia empozada que reflejaba la luna inquieta.