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El Purutal
Arriba, en las estribaciones de una lomita, construyeron una casa típica del campesinado de la región, que hoy día está abandonada. La usufructúa un lugareño que vende gaseosas y papas fritas aprovechando los turistas que por allí siempre asoman. Contigua a la construcción, dos tumbas alucinantes. ¡Sus chamanes milenarios conservan el amarillo, rojo, blanco y negro con los que fueron adornados!
 
Son las únicas dos estatuas policromáti-cas de la región arqueológi- ca de San Agustín. Custodian sendos entierros y no les asisten los peculiares guardianes característicos de las tumbas
del Parque Arqueológico. Sólo otras dos pequeñas estatuas
de tipo fálico complementan el cuadro.
 
El tendero, el cual merece toda mi confianza y respeto porque si alguien conoce en detalle el legado arqueológico es precisamente el nativo, me explica que uno es un sacerdote en pleno sacrificio. En efecto, sostiene con un brazo una niña; en la mano de la otra extremidad, un garrote puntiagudo. La pequeña reposa ya con los ojos cerrados y en su cabeza un hoyo concuerda perfecto con la terminación del arma.
En sentido opuesto, la otra belleza colorida representa la “maternidad”, según nuestro amigo. Mientras bebo a sorbos largo mi Coca Cola le escucho atento que al tocado o gorro de la diosa de piedra le sobresalen nueve “deditos”; son como adornos que viene a significar los nueve meses del período de gestación. Con sus manos sostiene y protege una nena de moñitas.
 
No se sabe a ciencia cierta si el origen de sus tonalidades es mineral o vegetal. En últimas, no me importa. Me basta con percatarme de que han pasado una decena de siglos y siguen ahí, tan campantes. Pero existe un grave problema: desde que fueron expuestas a la luz pública sus colores se han ido deteriorando por las manos tercas de extraños y propios que se empeñan en cogerlas.
No quisiera regresar y verlas pálidas y descoloridas. Por ello las retrato con muy buena resolución con mi cámara. Y con pesar, las abandono. Tomamos nuestro caballos y a buen trote nos acercamos al profundo e imponente Valle del Magdalena