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La Chaquira
No fue una cita a ciegas. Yo ya le conocía por los cientos de imágenes que promulgan su belleza en catálogos, guías turísticas, folletos, libros, mil publicaciones y la Internet. La impresionante figura labrada en una roca piramidal que eleva sus manos al cielo en signo de alabanza –o como si estuviese indicando a alguien una posición- ya no era de papel. Era real.
 
Es un ser extraño. Muestra los dientes y pareciera gritar algo. Fue esculpida
en una de las caras de la gran piedra y guarda rasgos que nos son comunes al estatuario de San Agustín. En ocasiones da la impresión de que danzara.
 
Mira al magno Valle del Magdalena, una depresión tan inmensa como encantadora. Sobre él reina La Chaquira que levita al borde del precipicio. Un cercado de madera encierra todo el conjunto de rocas que fueron congelados en algún momento de la historia pero que aparenta rodarse por la montaña escarpada en el momento menos imaginado.
 
Cruzo el cerco con la intención de asomarme al cañón conformado por el indomable río Magdalena y reconocer varias cascadas angostas que destellan al sol sobre el costado de la montaña de enfrente. La brizna me refresca y los vientos me generan reposo. Los tonos anaranjados de la tarde empiezan a explayarse a mis espaldas; por donde se me pierde de vista el río se asoma incipiente la Luna Llena. Y yo opino que este lugar es único, creo que incluso recibir la muerte aquí sería grato. Pero no quiero morirme y retrocedo el paso.
Muchas otras piedras también están labradas y los restantes dos lados de la roca piramidal de La Chaquira también. Las figuras son de estilo expresionista y muy expresivo permanecía yo, en un paraje con tantos elementos bellos: el Valle, abajo el río, las piedras labradas, La Chaquira, los saltos de agua, la puesta de sol, sus tonos naranjas, la Luna Llena. Sin planearlo, ese día era justo el solsticio de verano, que acaece sólo dos veces al año.
Y yo creo que he sido bendecido.