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El
Estrecho del río Magdalena |
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Salí
con Héctor Ordóñez en su motocicleta rumbo al
Estrecho del Magdalena. El río es un viejo
amigo mío. Lo conocí por vez primera a la altura de
La Dorada, donde uno de sus brazos casi nos causa, a mí y a
cinco primos, el ahogamiento; lo respeté en su curso amplio
a su paso por Honda; lo observé tragarse chalupas enteras en
sus recias aguas en los brazos de Loba y Mompox, en el centro y sur
de Bolívar, y apoderarse de los dominios del Río Cauca
en Pinillos. |
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También
he atestiguado su muerte a merced del Mar Caribe bajo el Puente Pumarejo,
en Barranquilla. Pero este nuevo encuentro era distinto porque entrañaba
conocer su lado más flaco.
Es apenas una metáfora porque si bien ese “lado más
flaco” medía escasos 220 centímetros, la frase
no aplica si se pretende denotar que es su costado falible. No. Su
característica furia con la que impulsa sus aguas se multiplica
por mil. Todo su caudal se abre paso, como un titán, por entre
sendas rocas y la corriente se estrella salpicando con gotas como
agujas los alrededores. |
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las
piedras. El rugir del río se acrecienta y un retumbar se adueña
del cuerpo. A pocos metros de sus orillas se sabe que hay que tener
sumo cuidado.
“A varios se los ha tragado el río”, me contó
Héctor, porque muchas personas arriesgan su vida saltando el
Estrecho, en especial los jóvenes. En San Agustín existe
una campaña para advertirle al turista que no debe saltarlo,
así como un oportuno aviso al llegar al Estrecho anuncia que
es muy peligrosa la osadía.
Otros tantos se han suicidado. “Se botan desde la virgencita”
a la laguna pequeña que se forma una vez el Magdalena cruza
el Estrecho. Pero la corriente ahí es poderosa y se forman
constantes remolinos. “A veces ni siquiera han encontrado los
cuerpos”, dijo Héctor. No se conoce fondo.
Algunos grupos realizan rafting en estos tramos, pero deben ser mínimo
categoría cuatro. El máximo nivel para los profesionales
de tal deporte extremo es el cinco.
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No es
recomendable arrimarse demasiado al Estrecho. Un paso en falso podría
acabar con la vida del más valeroso. Yo lo hice, claro. Ya
dije que el Magdalena es un viejo amigo. Me acerqué con precaución
para acariciar sus aguas, para sentir los golpes de sus gotas en mi
cara.
El Magdalena no es ajeno al encanto inherente a este territorio de
sabios indígenas. Ejerce en mí un hechizo, su cuerpo
delicioso es un endemoniado espíritu que me atrae. Una invitación
amable a morir en sus brazos. Creo que el Magdalena tiene espíritu
de mujer. |
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