El viaje
por carretera desde Bogotá es largo. Son 630 kilómetros
que una línea de transporte interdepartamental, o flota que
llamamos, tarda diez horas en promedio en recorrer. Pero la recompensa
a tal situación es el alimento del alma que se toma a través
de la vista: el esplendor del paisaje colombiano y su infinidad de
variaciones.
La cordillera se levanta, se esconde, se pierde en la curva, se cae
en profundos peñascos, se sumerge en las aguas del Magdalena
y surge otra vez como un monstruo de lagos encantados. |
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En plena
autopista pareciera que el que se mueve es el relieve, no el carro.
En el espejo retrovisor se ve algo muy distinto a lo recién
observado de frente, tras el vidrio parabrisas. De noche, el borde
de los cerros -el resto es silueta- adoptan formas desmesuradas. En
cierta ocasión, una montaña sirena, de perfil, me saludo
con su cola de pez. Lo hizo una vez más como a 150 kilómetros
más adelante. |