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Historia
En el Alto Magdalena, donde nace el río que lleva su nombre, se desarrolló una civilización de escultores místicos y enigmáticos que utilizaron la piedra volcánica como materia de arte, y la mente y el silencio eterno para inmortalizar sus obras.
Su testimonio pétreo (se sabe que vivieron esplendor y decadencia desde el año 800 A.C. hasta el siglo XVI cuando se inició la Conquista) está disperso en una amplia extensión del departamento del Huila, principalmente en el Parque Arqueológico de San Agustín.
De ellos se sabe que eran artistas natos. Esculpieron estatuas hasta de cinco toneladas, con tamaños que oscilan entre 1,20 y 4,25 metros de altura, con una elaborada simbología hasta el momento difícil de dilucidar; mas, en todo caso, con evidente significado mítico-religioso. 
 
El pueblo de piedra con rasgos bestiales que vemos hoy es la creación suprema de una cultura genuina que representó con fuerza su visión del mundo. Recorrer sus caminos es tratar de adentrarse en su vida íntima sin comprender la reverencia que profesaban a sus sanguinarios dioses, sus temas abstractos de la trilogía jaguar-serpiente-águila o tan siquiera saber sobre sus sentimientos acerca del Sol y de la Luna, de los chamanes y sobre todo de los guerreros profusamente adornados, que con su fiera cara de piedra siempre nos asombran. Entre ellos había una clase guerrera, y también un pueblo de canteros, alfareros, agricultores, constructores, orfebres y comerciantes. Hicieron terraplenes, surcos verticales y drenajes con canales para regular el agua de riego y desaguar los terrenos inundados. Pero, al parecer, su principal ocupación fue el trabajo lapidario.
 
La materia de su arte les llenaba el mundo, con abundantes temas que plasmaron en santuarios como el del Lavapatas, tallado en el lecho de una quebrada con figuras humanas y animales que, gracias a un ingenioso trabajo hidráulico parecen animarse al paso del agua por encima de su intrincada red de contornos, canales y receptáculos.

Su filosofía de la muerte los llevó a construir necrópolis, con alguna jerarquización relativa a dignidad, oficio y sexo, con estatuaria acompañante que porta en sus manos objetos relacionados con artes y oficios.

 
Muchas veces enterraban a sus muertos en el piso de la casa, y una vez realizado el entierro la abandonaban. Sin embargo, tenían una compleja parafernalia de asuntos mortuorios y se han encontrado tumbas desde simples enterramientos hasta elaborados conjuntos funerarios conformados por dólmenes, cámaras y sarcófagos tutelados por esculturas.
La estética de las enormes figuras pétreas era bocetada y después procedían a desbastar las partes sobrantes con martillos, buriles y cinceles. Luego de decorarlas en colores amarillo, blanco, rojo y negro, las transportaban cuando no eran esculpidas in situ, con ayuda de troncos y sogas de fique.
 
Su arte se manifestó también en la alfarería, con diversas tonalidades de rojos, marrones y grises en arcilla. Fabricaron vasijas para ofrendas, copas, ollas, platos y los decoraron con granulado, acanalado, impresión digital, incisiones, corrugado y pintura negativa.
Los agustinianos, que vivían en bohíos de techo de palma y paredes de bahareque, nos dejaron su sangre, esta herencia y, quiera Dios, un poco de su genio artístico.
 

CD ROM. Cultura San Agustín. Patrimonio de la Humanidad. Pueblo de Talladores del Alto Magdalena. Colombia (200 A.C. – 800 D.C.).

Cortesía de Pedro Nel Jiménez
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