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De
lámparas de totumo y manillas de marihuana |
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San Agustín,
San Agustín, San Agustín…, es tierra de todos
y para todos. Sorprende al caminar por sus calles coloniales descubrir
tantos ojos y cabellos pertenecientes a otras zonas del país
o incluso de Latinoamérica o el mundo. A los extranjeros les
encanta y a los nacionales nos fascina. Cualquiera puede encontrar
una razón de peso para quedarse a vivir aquí.
Puede decirse que todo agustiniano es un artesano. Pero a su vez un
operador o gestor turístico. Muchas personas encuentran su
sustento ofreciendo distintos servicios de guía a todos los
atractivos turísticos de la zona, de alquiler de caballos y
transportes y hasta de hospedaje y alimentación.
He aquí algunas de sus historias. |
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Radiante
y fresco gracias a una buena ducha de agua fría, salí
del Hostal Anacaona por la ruta que va hacia el pueblo, cámara
en mano. Agradables sorpresas me depararían los siguientes
días, y lo sentía. Lo sabía.
Medio kilómetro adelante un artesano trenzaba tiras de fique
mientras otro pulía unos totumos. Entre juntos arman unas lámparas
originales, muy bellas. En San Agustín es característico
esta clase de oficio en el que se utilizan materiales autóctonos
para la fabricación de muebles, elementos para el hogar y diversos
accesorios. Los comedores de Anacaona, por ejemplo, son de mimbre
y en sus habitaciones reina la guadua. |
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Trabajaban en el recibidor de su humilde casa. A su lado, un gran
rollo de fique y otros retazos se hallaban dispersos. Uno de ellos,
un joven muy tímido, con las palabras suficientes me enseñó
la parte trasera de su vivienda donde se guardan decenas de metros
de fique en proceso de secado. Más tarde me enteraría
de que él hace parte de una casta de reconocidos artesanos
y que dos de sus familiares, también en el oficio, son ciegos.
Seguí mi camino.
Dos “locos” –o “parceros”, como llaman
en varias regiones de Colombia-, me interceptaron al notar que tomaba
fotografías. Los dos son de cabello largo y apariencia hippie,
y llegaron a San Agustín hace dos meses. Uno es peruano y el
otro paisa. Se conocieron en la carretera, “echando dedo”
–el famoso “auto stop”-, y ahora tejen manillas
y collares con todo tipo de materiales, principalmente de semillas
secas. |
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Conocí
su historia porque el peruano quería que le comprara un manilla
hecha de fibras de marihuana y de paso, conseguir unos pesos para
una botella de guarapo. Me sentí impulsado por su textura verde
y la idea tonta –para mí rebelde- de alardear de la manilla
en mi muñeca.
No lo hice. Preferí guardar el dinero de las compras para después
y por lo pronto me aguardaba la primera sesión del Congreso
Internacional de Turismo Arqueológico, en Hotel Yalconia. De
todas formas pensé que era muy temprano para beber. |
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A la salida
del Yalconia, un par de ancianas se encontraban sentadas en el andén.
A su lado exhibían varias artesanías mal organizadas.
Gerardina Hoyos estiró la mano y me ofreció una pequeña
piedra grisácea que lucía una lagartija hecha de algún
material maleable, parecido al plástico.
La secundó su compañera, María Aurora Cerón,
quien a dos manos desenvolvió con agilidad una tira de pequeños
figurines en yeso, réplicas del estatuario de San Agustín.
“Son como para un pesebre”, pensé. Una docena por
apenas cinco mil pesos, moneda corriente. Sin embargo, su talento
como negociante lo echó a perder cuando metió la cabeza
entre sus piernas al vérselas frente a frente con mi cámara.
Gerardina sí resultó muy fotogénica. Y una excelente
vendedora. Desembolsillé diez mil pesitos, moneda corriente.
Vender artesanías es una forma más de rebusque para
ellas, porque la vida no les es fácil. Viven en una casa pobre
a las afueras del pueblo. A veces trabajan el campo, que es mucho
decir. Más bien, una pequeña parcela. Sus sobrinos Jesús
Albán Jiménez y Pedro Nel Jiménez fabrican las
artesanías. O las consiguen por canje, o las compran y las
revenden. Todo se vale.
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A Pedro
Nel lo conocí en el Congreso. Aprovechó el evento para
hacer sus negocios. Se la rebusca con todo lo que tiene que ver con
turismo. Es propietario del modesto pero placentero Hotel Imperio,
a 500 metros del pueblo. En una charla inicial terminó obsequiándome
una figurita en yeso de una muñequita tocando una flauta, que
se encuentra originalmente en el Bosque de las Estatuas, a la entrada
del Parque Arqueológico de San Agustín.
Se pilló en últimas que no trataba con una persona pudiente.
Así que me propuso cambiarme algunas cosas por ropa, entre
ellas un CD ROM con información turística y una excelente
galería fotográfica de San Agustín. A Bogotá
regresé con unas vasijas de arcilla, un par de pequeños
llamadores –figuras con boquillas que funcionan como silbato-
y el CD. Y con un juego de chaqueta y pantalón de jean menos. |
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Es un
tipo de comercio singular pero normal en San Agustín, que también
acepté realizar con el hermano de Pedro Nel. Albán es
cuento aparte. En su apretada habitación y sobre una mesa de
madera grande, se posan en fila calabazos de formas estiradas, piezas
de alfarería, unas botellas de J. Walter y Buchanan’s
vacías, piedras donde él señala detalles que
hacen pensar que fueron labradas en algún momento de la historia
del Hombre.
En una rústica repisa, mantiene aguas de hierbas y me advierte
sigilo cuando tomo una en mis manos para observar su contenido. A
lado reposan unas hojas secas de frailejón, que trajo de la
Laguna de la Magdalena a donde fue como guaquero a ver que se “topaba”.
A la tía Gerardina le dio dos hojitas peludas y blancas para
que se pusiera sobre la rodilla, que le aquejaba fuertemente. |
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Tras “leerme”
el cigarrillo Pielroja que me fumaba y augurarme buen dinero en tiempos
cercanos -¿?-, procedimos al cambalache. Me interesaron unas
vasijas de barro que él mismo no sabía si eran auténticas
o réplicas, sólo que se las cambió a un conocido,
situación que aminoró en mí cierto cargo de conciencia
porque las piezas originales hacen parte del patrimonio histórico
y material del país.
Por unas camisetas, un pantalón y una gorra, Albán me
entregó también una piedra de menor tamaño, fina
y lisa que se asemeja a un cincel. Y por la simpatía que afloraba,
un par de piñitas recién brotadas que crecen en lote
trasero. |
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