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María, la de los cuadros
 
El emperador del cuero y su imperio de madera
Lunes, 5 p.m. Una extraña melancolía se apoderó de mí, con seguridad por la víspera de la partida y el fin del viaje. Caminé las calles principales, las secundarias, las terciarias… Por la carretera que viene del Parque Arqueológico se disponen varias tiendas de artesanías. Una de ellas, la de María Inés Gómez.
A María la conocí días atrás, en el atrio de la Iglesia principal. Me contó que tenía un lugar de artesanías, hace pocos meses inaugurado, y que se dedicaba, también hace poco, a la pintura. Y ya alcanzaba la docena de cuadros, un par vendidos.
Busqué el sitio. Cerca de la puerta descolgaban algunas ruanas de lana de ovejo y al interior, las cerámicas que la misma María fabrica. Y en la pared posterior, los bodegones que la hacen sentir feliz e irradiar un carisma enorme.

 
A un par de cuadras se levanta obstinado un imperio japonés. El emperador lo ha abandonado a su suerte, en lo alto de una vitrina. Ya no le interesa. Está decepcionado. Y así se derrumbara de un momento a otro, por mucho barrería los mil pedazos hacia la calle.
A pesar de que no tenga noble apellido, Jesús Antonio Arcos ostentó una gran fortaleza oriental: la maqueta en madera de una edificación japonesa, de casi un metro, cuidada en sus más mínimos detalles. Un preciado objeto que él avalúa en tres millones de pesos. Pero ya perdió los jardines, las fuentes y hasta la rueda hidráulica. “Todo funcionaba”, me dijo.

 
Su hobbie fue tallar y levantar sendas construcciones de madera. Pero luego de un par de intentos se dio cuenta de que no le iba a generar el dinero suficiente para vivir. Se quejó de que “en el pueblo no lo apoyaron”. Y dejó atrás cuchillas, seguetas, lijas y barnices para dedicarse de lleno a la marroquinería, en lo que ha trabajado toda la vida.
En el establecimiento oscuro donde cuelgan todo tipo de accesorios de cuero, cual si fuera una carnicería, el emperador Arcos cose con un cáñamo los refuerzos de unos pantalones de jinete. Instaló la tienda hace cuatro años y habla de su pequeño gran imperio con desdén y dándole la espalda. “Por ahí están las demás partes tiradas”, dijo al señalar una pila de inservibles retazos de cuero.
 
Arequipes en los cueros
Con cada brazo doblado y metido entre la agarradera de un canasto, María Teresa Carrasquilla irrumpió en el negocio de don Jesús Antonio, a quien se le notaba que no quería hablar más del imperio de madera. Ella, con una sonrisa tan amplia como su florido pañolón en la cabeza, canastos al piso, sacó dos recipientes de plástico y se los ofreció al dueño de casa.
No sé si quizá sería porque le alboroté la melancolía al señor Arcos, pero no le quiso recibir los arequipes a María Teresa. Con cierta culpa y no con menos antojo, le pregunté por el precio del dulce y sin dudar compré dos tarritos, que desaparecieron a lo largo de unas cuadras de admiración del cielo de San Agustín.
María Teresa prepara toda clase de dulces típicos y los vende cuando cae la tarde. En sus canastos lleva arequipes, espejuelos y dulces de mora, guaya, tomate de árbol, durazno, breva y fresa.
Salimos al tiempo del local de cueros, no sin que antes yo le echara un último vistazo a la majestuosa maqueta. ¡Cuánto hubiese deseado tenerla! Ella tomo dirección contraria y se perdió tras doblar la esquina, dejando un halo gitanesco. Yo emprendí de nuevo la caminata, untada la lengua de arequipe, y no transcurrieron diez segundos antes de que descubriera una Luna llena que parecía estrellarse en cualquier momento contra la Tierra.
 
Welcome to the paradise
“Welcome to the fascinating Isnos's Archaeological Park”, es el saludo con el que una docena de niños, entre los diez y trece años, recibe a los turistas que visitan las maravillas de Isnos, municipio situado a 27 kilómetros de San Agustín y poseedor de gran legado arqueológico.
Luego de la bienvenida viene también todo el carretazo en inglés de la descripción detallada y amena de los distintos atractivos turísticos de la zona. Los pequeños guías no son alumnos del Colegio Anglo Americano o el Gimnasio Británico de Bogotá. No. Son estudiantes de una modesta escuela rural en la vereda de Bordones, en lo alrededores de Isnos.
Son los orientadores pedagógicos, unos guías bilingües que hacen parte del programa “Recuperación, preservación y reconocimiento del patrimonio histórico y cultural de Huila, caso Bordones”, ideado por su profesor Hower Orjuela.
Él es un neivano “pilo” y comprometido con la causa del fortalecimiento turístico y con el desarrollo de la vereda. Bajo su programa también creó el Museo Etnográfico de Bordones. “Empezamos a comprar las piezas, la mayoría vasijas que utilizaba la gente para echarle comida a los marranos y como recipiente de huevos. Y muchas las he pegado yo mismo con supebonder (pegamento químico)”, cuenta.
Orjuela y sus pupilos viven en un paisaje esplendoroso, donde además del importante vestigio agustiniano se imponen sendas cascadas que, entre ambas, suman medio kilómetro. Una región para conocer en español y en inglés.
 
Una selva en un patio
En el patio de su casa colgaron un bejuco fuerte y largo e instalaron un tubo metálico como el que se usa en la sede de los bomberos. En este caso, también sirve para deslizarse desde el segundo piso al primero. Toda la estructura es en guadua y madera, la mesas, las sillas, la barra; e incluso una bicicleta de tamaño real pegada del techo.
Y al balcón del segundo nivel se accede tras rodar una puerta circular de más de dos metros de diámetro.
Es el Cinema Bar El Patio, pero todo el pueblo lo conoce como la Casa de Tarzán, por obvias razones. Es un recinto cargado de elementos rústicos pero moderno, abierto a un pequeño jardín donde un árbol se quiere meter entre el espacio de los clientes. No pensé hallarme en una de las calles de San Agustín con un lugar de estos.
Los gestores, Dolly Valdez y su hermano Jaime, quienes se encargaron del diseño y construcción del bar. La mayoría de piezas y recursos los encargaron a artesanos locales y otros más, Jaime los pulió y puso en su lugar.
Pero otra cosa depara la atención de Dolly: la Corporación para el Fomento del Turismo en San Agustín, de la que es coordinadora y con la que se pretende aunar esfuerzos en pro del desarrollo turístico del municipio Patrimonio de la Humanidad.
 
Explica que “está conformado por un gente de distintas áreas del turismo, turismo de aventura, empresas privadas, guías turísticos, hoteles, restaurantes”, con el objetivo de “rescatar el Patrimonio Cultural y crear sentido de pertenencia tanto en empresarios como los habitantes del pueblo”.
La Corporación nació en el “Plan de recuperación del destino turístico de San Agustín e Isnos y fortalecimiento microempresarial para el acceso a mercados y comercialización”, que adelantó por casi un año la Universidad Externado de Bogotá, con la investigadora Edna Rozo a la cabeza. El centro académico proyecta continuar con el trabajo por dos años más.
“Estamos próximos a legalizar la Corporación”, me cuenta, mientras nos divertimos al ritmo de la voz recia afroamericana de Petrona Martínez, de sus sabrosos bullerengues y más joyas del folclor colombiano. Música perfecta para la pequeña selva de Dolly y Jaime.